Autor: Chueca Goitia, Fernando. 
   Encuesta, que algo queda     
 
 ABC.    13/06/1986.  Página: 34. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

ABC, pág. 34

TRIBUNA ABIERTA

ENCUESTA, QUE ALGO QUEDA

Por Fernando CHUECA GOITIA

VIERNES 13-6-86

DON Gonzalo-«Excusado es que he vivido lo bastante para no ser arrogante donde no puedo». Don Juan-

«Idos, pues.»

En la severa apostura de don Gonzalo de Ulloa o de don Diego Tenorio cifraba hace muchos años, en mi

mocedad, la imagen de un político grave, austero y comedido como don Antonio Cánovas del Castillo,

don Segismundo Moret, don Francisco Silvela, que se acariciaba la barba, blanca, cuidada y sedosa, con

gesto meditativo y displicente. En hombres como Disraeli, Gladstone, Sadi Carnot o Raymond Poincare

encontraba la vera encarnación del político, que, casi en nuestros días mantuvo su pureza tipológica con

don Antonio Maura.

Pero hoy, cuando nos acercamos a los frenéticos días electorales, vemos a los políticos desprenderse de

todo lo que quedará de solemnidad en su apariencia externa y consuetudinaria.

Las elecciones son un juego, y juego duro, y como los hombres que apuestan su dinero en un local

sofocante y lleno de humo, alumbrado por una tulipa que concentra la luz sobre la mesa y deja en

penumbra las caras para ocultar los gestos reveladores, los políticos también se sienten más puestos a

resistir los embates del contrincante en mangas de camisa, lo que les hace adquirir un cierto aspecto de

gladiadores. No cabe duda que la palabra combativa fluye mejor con la camisa abierta y !as mangas

remangadas.

¿Por qué este «deguissement» que parece contagiarse, inevitablemente, sin perdonar a los más sesudos

varones, incluso cuando sus años más floridos han pasado? Sin duda por varias razones. En primer lugar

porque a la política de hoy lo que te fascina es la juventud. Cuando don Diego o don Gonzalo

contemplaban lo que era el torbellino procaz de don Juan, jamás hubieran pensado que un mozo así

tuviera otro cometido que empuñar la espada y conquistar lo conquistable a fuerza de denuedo arrojo y

valentía, pero, ¿cómo convertirlo en consejero real, prebendado, canciller, embajador, magistrado y no

digamos comendador de Calatrava? Pero ahora estos supuestos han cambiado totalmente y para subir a

las más altas magistraturas conviene ser joven arriscado y procaz» o, al menos parecerlo.

La vida política se mide con un cronómetro cruel y lo que más perjudica a los líderes, no es su falta de

talento, no son sus errores, ni tampoco su balbuciente oratoria, sino sus años, que se declaran, si son

pocos en el pelo negro, los ojos centelleantes, el talle espigado de atleta, la sonrisa de seductor, si es

posible un poco más amplia, porque a la seducción hay que unir algo así como la suma felicidad del

triunfo. Si los carteles fueran audiovisuales oiríamos la carcajada de quien ha burlado a la dama más

arisca o ha hecho saltar la banca arruinando a sus fieros contendientes.

Las canas no pueden pasar de unas niveas pinceladas en las sienes, pero muy estrechamente controladas.

El tiempo se mide puntualmente en todos estos signos y se mide también a golpe de confrontaciones

electorales que son la carrera de obstáculos del político. «Si en esta olimpiada no vence, no le llevaremos

a la siguiente, no obstante lo que haya ganado en madurez, experiencia, conocimiento de los hombres y

de la vida.» Pero ya ¡qué lo vamos a hacer! sus ojos no echan chispas, como los de un felino, se inflan sus

párpados, se arruga el cuello que no es de mármol, sino de blanda piel, se desdibuja el talle, aumenta el

arca del cuerpo y adelgazan las columnas que lo soportan.

Todo esto nos deja perplejos porque estamos acercando indebidamente la lucha del político a la del atleta.

No se si será por esta inflación deportiva que padecemos y, sobre todo, del deporte como competición,

que se cifra, fundamentalmente, en el fútbol. Existe un cierto paralelismo entre las campañas políticas y

las ligas o campeonatos de fútbol por influencia de éstos en aquéllas. Me han dicho que en el Brasil se

eligen los jugadores que han de alinearse en los equipos nacionales por votación entre el pueblo. Yo no sé

si en caso de seguir los socialistas interviniendo en todo, tos componentes de nuestro equipo nacional los

elegirá el Parlamento, como los miembros del Consejo del Poder Judicial.

Mientras tanto, todavía en el fútbol tos entrenadores son tos que hacen las listas de los equipos y sabe

Dios con cuántas presiones y problemas. Me figuro que pasarán las mismas angustias que los presidentes

de los partidos. Se decía que en tiempos de Franco el fútbol se utilizaba como narcótico para adormecer

las multitudes, especie de opio del pueblo; pero aquello, al lado de to de hoy, es un juego de niños. Hoy

no es que el deporte se utilice para distraer a la gente de la política, es que, en muchos aspectos, la política

toma sus modelos dei deporte lo que es diferente y no sabemos si más grave.

Muchas frases, muchos esloganes que utilizan los expertos que planifican las campañas políticas tienen

un marcado tufillo deportivo. «Vamos a ganar», «Estamos en forma», «Somos los mejores», etcétera.

Hoy en día tiene mucha más importancia para los expertos una frase afortunada que un buen programa.

Estos últimos se han desdibujado de tal manera que se han convertido en piadosos deseos que ni siquiera

comprometen. Porque nadie creo que se quiera coger los dedos con afirmaciones categóricas como la de

los 800.000 puestos de trabajo.

Es curioso, pero no veo entre los comentaristas políticos que se analicen los programas de los partidos y

se saquen consecuencia de ellos para orientar el voto del ciudadano. Total ausencia. Se habla mucho más

de la fortuna de los líderes, de sus virtudes o defectos, pero menos como políticos, que como seres

humanos, con sus veleidades, temperamento o carácter, y, por supuesto, de las expectativas que tienen

delante, que al parecer se basan también en el mejor o peor carácter, en el tipo más juncal o en la mejor

sonrisa, pero muy poco en su talento o experiencia política.

Todos aquellos que están comprometidos en este campeonato y lo excitan con fórmulas publicitarias, han

descubierto de un tiempo a esta parte un arma formidable que son (as encuestas. Estas eran impensables

hace años, cuando no habían florecido las técnicas sociológicas, los muéstreos, las tipificaciones

extrapolables y tartas cosas que parecen haber acabado con la indeterminación de las reacciones humanas,

hasta el punto de que, como científicamente, todo está predeterminado sobraría el gran trajín y esfuerzo

de las elecciones.

Pero lo grave de las encuestas es que no son las pitonisas o casandras que nos anticipan el porvenir, sino

armas arrojadizas que, so capa de tecnicismo, se preparan para engañar al electorado de una manera sutil

y gravemente perniciosa. Se podrá argüir que se trata de un juego inocente y que, si no sale luego lo que

el encuestador ha preparado, es él quien puede caer en ridículo. Bueno, pues no es así. La encuesta se

filtra en la mente de quien la consulta, y gota a gota la va erosionando. Cuando esto sucede, piensan

algunos y se ha probado, con medios científicos, porque voy a ir en contra de la realidad, es lógico que la

siga y así podré ufanarme, cuando vote, de que yo estaba en lo cierto. Esto es evidente que se produce

más o menos subliminalmente y que ejerce una gran influencia, que es precisamente lo que se busca. Al

indeciso le empuja de este modo el fervoroso: «Lo ves, no dudes, vota malva, lo dicen las encuestas.»

En fin, terminaría diciendo: encuesta, que algo queda.

 

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