Autor: Alonso-Castrillo, Álvaro. 
 De España y Europa a España en Europa. 
 Nivel de vida y reservas espirituales     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

NIVEL DE VIDA Y RESERVAS ESPIRITUALES

LA necesidad de aumentar por todos los medios a nuestro alcances e1 nivel de vida de los españoles se ha convertido en una auténtica y necesaria obsesión nacional. Constantemente oímos los aldabonazos con que ciertos espíritus golpean las puertas de nuestra conciencia, invitándonos a cooperar en esta inexcusable tarea colectiva. He podido comprobar, sin embargo, que, en algunos casos, dichas personas compensan nuestro atraso material con una alusión a las cualidades espirituales de los españóles. Tal opinión merece ser analizada con cuidado, pues uno de los problemas más importantes que tenemos hoy planteados es e1 de las futuras relaciones de España con otras naciones europeas de recursos económicos muy superiores a los nuestros.

E1 punto fundamental alrededor del cual gira toda la cuestión es, indudablemente, «1 de la conexión que pueda existir entre nivel de vida y cualidades morales o espirituales de un determinado pueblo. Mucha gente estima en España que los pueblos ricos han acabado por materializarse con exceso por lo que el cuchillo de su conciencia ha perdido el filo cortante de una concepción ética de la vida. Ha surgido, como consecuencia, la noción del español "pobre pero digno" que, si bien cede al extranjero la primacía en lo que a recursos económicos se refiere, sabe, sin embargo, adornarse con una serie de virtudes que empiezan a faltar en Europa: religiosidad, sentido caballeresco de la vida, respeto a la vida familiar, hospitalidad... No puedo ocultar la sorpresa que me ha producido siempre tal interpretación, pues encubre una evidente contradicción. De ella se deduce, sin error posible, que según vaya aumentando el nivel de vida de los españolea disminuirán progresiva e inevitablemente nuestras cualidades morales. Ahora bien, como los defensores de esta concepción proclaman al mismo tiempo la superioridad de las últimas, resulta que abogan no per el aumento de nuestro nivel económico sino por el mantenimiento del mismo.

De lo anteriormente dicho se desprende que, en mi opinión, nivel de vida y cualidades morales no son, ni mucho menos, dos conceptos contradictorios: es necesario considerarlos, según se mire la cuestión, o absolutamente independientes o claramente complementarios. Por un lado, mi experiencia como estudiante en cinco países extranjeros, donde he podido convivir con «entes cuya renta media anual expresada en dólares iba, según las naciones, desde 300 dólares a 2.000 dólares, me ha enseñado que todos los pueblos tienen sus defectos y sus virtudes, sea cual sea el nivel de vida alcanzado. Ahora bien, no puede negarse que existe entro ambas nociones una relación de tipo complementarlo: se necesita un mínimo de bienestar económico para plantearse y resolver problemas de orden espiritual. Este mínimo ha variado a lo largo de los siglos, pero no ha dejado nunca de ser un elemento determinante en la aparición de nuevas formal de vida espiritual; basta para comprobarlo repasar la historia y observar cómo un solo elemento vivificador, el agua, ha tenido una importancia decisiva en los destinos de la Humanidad: a orillas del Nílo, del Eufrates y del Ganges surgieron culturas milenarias. Los arqueólogos franceses acaban de encontrar en el Sahara vestigios de una antiquísima civilización que sitúan cronológicamente en e1 Paleolítico: como no podía ser por menos, dichos restos han aparecido al borde de un rio désecado.

En segundo lugar, no es menos cierto qué existen unos pueblos cuyas cualidades —amor al trabajo, capacidad para hacerlo en equipo, civismo, espíritu emprendedor...—les permiten abordar con mejores posibilidades de éxito que otros el esfuerzo colectivo que implica todo intento de mejorar el nivel de vida de una nación.

En relación con mis afirmaciones anteriores quisiera comentar una pequeña experiencia personal, En un colegio donde reciben Instrucción gratuita muchachos cuyos padres no posean recursos suficientes para pagarles los estudios, tengo a mi cargo la clase de literatura. Be trata de cuarenta chicos que reciben en este curso su última oportunidad para educarse; el año próxima estarán ya en talleres y oficinas; serán, por lo tanto, cuarenta nuevos hombres Incorporados al latir cotidiano de la España activa. Pues bien, en una redacción que escribieron no hace mucho sobre el tema "Cómo pasamos el domingo", treinta, de cuarenta, confesaron la asistencia de todo el clan familiar a dos espectáculos, cine y fútbol; cuatro, a tres, y uno, a cuatro; sólo tres hablan practicado un deporte y dos aprovechado el día con una visita a un museo y un paseo por la Casa dé Campo Pero más curioso aún resulta el hecho que, interrogados en una segunda redacción acerca de "Cómo desearíamos pasar el domingo", la mayor parte reconoció que su gran ilusión consistiría en mejorar las condiciones materiales de su día festivo: ir al fútbol en coche y sentarse en tribuna, ver las mismas películas, pero en cines de la Gran Via. Sólo la pequeñísima minoría, que ya había demostrado tener Un mínimo de actividad espiritual, soñaba con viajes a Toledo, El Escorial... Seria aventurado generalizar sobre una experiencia de alcance tan reducido, pero si se pueden tacar ciertas conclusiones sobre la filosofía de la vida de estas cuarenta familias españolas: en primer lugar cabria preguntarse cómo padres que pretenden no diaponer de dinero suficiente para enviar a sus hijos a un colegio de pago pueden asistir los domingos a dos espectáculos. Resulta bien claro, a su vez, que casi todos los muchachos quieren Ir al fútbol y muy pocos practicar este deporte. De la segunda redacción «e deduce bien claramente que la mayoría de estas familias utilizarían gran parte del dinero puesto a su disposición por un aumento de la renta nacional en mejorar el aspecto material de sus actuales diversiones sin apenas pensar en actividades de orden espiritual superior.

Esta experiencia tiene para mí un doble valor: demuestra, en primer lugar, que el pueblo español está pasando una etapa de su crecimiento económico—de país subdesarrollado a país desarrollado—en que las motivaciones de orden económico priman sobre las de orden espiritual. No hay que rasgarse las vestiduras ante tal hecho, pues esta actitud no prejuzga nada en relación con las posibles reservas espirituales del pueblo español, que, insisto, son independientes de su nivel de vida. Pero no ofrece duda, a su vez, que el conjunto de nuestros defectos y cualidades ayudarán considerablemente a acelerar o retardar el proceso de nuestro crecimiento económico. Por eso es de preocupar la línea del mínimo, esfuerzo ea que se colocan estas cuarenta familias españolas y que creo podría predicarse de otras muchas. Para hacer una España mejor tenemos todos que dar patadas al balón y no mirar cómo otros las dan.

Alvaro ALONSO-CASTRILLO

 

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