Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   El valor de los españoles     
 
 ABC.    14/06/1986.  Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ABC, póg. 30

SÁBADO

TRIBUNA ABIERTA

EL VALOR DE LOS ESPAÑOLES

Por Julián MARÍAS

EN estos últimos meses se ha hablado bastante del estado de «temor» de tos españoles; algunos han

llegado a emplear la palabra, más fuerte, «miedo». Ha habido un político que ha atribuido a otro, que

había hablado de miedo en España, el suyo personal, proyectado sobre el país; ocurre, sin embargo, que el

político a quien se supone amedrentado fue uno de los tres que permanecieron erguidos en el Congreso en

circunstancias que todos recordamos, mientras e! partido íntegro del acusador desaparecía bajo los

pupitres. Conviene cuidar lo que se dice, si no se quiere llevar a conclusiones que pueden ser

desfavorables.

Lo que me sorprende es que se haya hablado de temor o miedo, y nada, o apenas nada, de valor. Siempre

me ha interesado una peculiaridad de la lengua española; en ella, el sentido fuerte de «valor» es el de «va-

lentía»; lo «valioso» queda en segundo plano respecto de lo «valiente». Me parece muy justo, por una

razón elemental; todos los valores se hunden si no están sostenidos por alguna dosis de valor en el sentido

de valentía o coraje. En la Historia se ha asistido mil veces al derrumbamiento de muy altos valores -

desde los económicos hasta los culturales- por falta de un poco de valor que los haya respaldado y

defendido. Por eso interesa preguntarse por el valor de los españoles.

Hace un cuarto de siglo, en circunstancias bien distintas, me pregunté ya por sus caracteres. Hablaba de la

«apatía» que parecía advertirse entonces; la explicaba, primero, por el cúrnuto de decepciones y

desilusiones que gravitaba sobre el alma de cada español; en segundo tugar, por «el poder casi

incontrastable que hoy tienen los instrumentos de control estatal, cuando se usan sin restricciones»

(repárese en que esto se podía decir, si se quería); finalmente, recordaba un rasgo propio de los españoles:

su facilidad para jugarse la vida, unida a su pereza para jugarse algo menos que la vida. «Por esto -

concluía- en España no es frecuente el valor civil, cotidiano, lento, tenaz, mientras que es notorio el valor

agresivo, bélico» violento e instantáneo. El español está dispuesto a jugarse la vida de una vez, pero no «a

plazos», es decir, porciones de ella; un puesto, una ventaja, la comodidad, la "buena Prensa", alguna

seguridad, un privilegio».

Si no fuera por este carácter, difícilmente modificable, vería con confianza el panorama de las próximas

elecciones. Porque estaría seguro de que los españoles iban a votar lo que les parece bien, lo que

realmente desean, iban a procurar que España tuviese una figura en la cual la reconocen, que les parece

suya; no iban a consentir que la desfigurasen, que la enloqueciesen, que la lanzasen hacia atrás. Se dirá

que los españoles quieren cosas muy distintas, y los votos irían en diversas direcciones. Naturalmente,

pero como estoy persuadido de que la mayoría desea una España razonable y no maniática, activa y no

pasiva, libre y no sometida, unida y no discorde, universal y no provinciana, si las elecciones

respondieran efectivamente a esos deseos, estoy seguro de que el 22 de junio tendríamos una España

atractiva, matizada, con variedad, pero coherente, llena de posibilidades.

No estoy seguro de que ocurra así. Es probable que muchos ciudadanos, en lugar de preguntarse qué

quieren, qué desean, qué estiman, qué los atrae, y obrar en consecuencia, traten de averiguar qué va a

pasar, según los sondeos, sin darse cuenta de que los sondeos dicen qué van a hacer los ciudadanos, y que,

digan lo que quieran, eltos podrán hacer lo que se les antoje. Otros echarán una ojeada a lo que «se dice»

que es el porvenir, y procurarán que (legue, aunque les produzca aversión o temor. Habrá muchos que

echarán cuentas para ver qué inconvenientes puede traerles votar a su gusto, y si encuentran algunos,

renunciarán a ese gusto para incorporarse a cualquier rebaño.

Por cierto, es muy posible que, por no haber superado internamente las condiciones de vida del régimen

que imperó en España hasta 1975, se equivoquen al hacer esas cuentas. Quiero decir que piensen en las

desventajas que se les seguirían si se supiese que habían votado según su voluntad y a su gusto, y, en

cambio, no se les ocurra imaginar las desventajas reales que podrá acarrearles el resultado de haber

contrariado sus deseos por no exponerse a ser mal visto o caer en desgracia.

Pero no es esto lo que me parece más importante. Dejando de lado el desenlace de las elecciones, y sea el

que sea, hay un aspecto decisivo en que debería intervenir ese modesto valor civil que me parece

imprescindible para vivir con decoro y evitar los desastres. Hablo de los españoles, porque son lo que

directamente me atañe y lo que mejor conozco; pero, por supuesto, habría que generalizar, aunque no de

manera uniforme. Si se echa una ojeada a la Historia reciente, en ambos hemisferios, se encuentra que

muchos países, aunque no todos -y esto es lo interesante- han pasado por gravísimas crisis muchas de las

cu han significado fa de desastre exterior interno, es decir, envilecimiento. P bien, si se examit de cerca

las cosas, se ve que de cada o casos en ocho ha sido la faita de un mfníi de valor la que ha hecho posible

esas situaciones lamentables y destructoras. Si no h biese habido complacencias indebidas, si í hubiera

defendido a los demás cuando ers. atropellados o amenazados, no hubiera habido la tendencia anticiparse

a las presiones, pie gándose de antemano, si no hu biese existido lo que Ortega llamaba la

«hiperadaptación». las actitudes inconvenientes no habrían prevafecido.

Y en esos casos no se habrían perdido los recursos que permiten la defensa; por ejemplo; la vigencia de la

democracia. Tengo la convicción arraigada de que e! consentimiento es decisivo para explicar ta mayoría

de ios males. La teología católica ha enseñado siempre que la tentación, por sí sola, no es pecado, porque

no es voluntaria, no está en nuestra mano no sentirla; la concupiscencia no es pecado, como cree el

calvinismo; solamente si es consentida. Se consiente a la maldad; salvo casos extremos, se consiente a la

locura o a la depresión. Casi siempre se consiente a la opresión, que es apoyada y sostenida por muchos

que dicen renegar de ella, mientras aprontan su hombro para apuntalarla. Me he pasado varios decenios

diciendo que el régimen verbalmente condenado se podría sustituir con relativa facilidad: no es cuestión

de divisiones, solía decir, sino de dimisiones.

Mientras la democracia impera -y aun sin ella-, un país puede resistirse a la manipulación, a ser llevado

adonde no quiere ir. Aun en el caso de que las próximas elecciones fuesen contrarias a los deseos de

muchos ciudadanos, aunque el Gobierno no representara su verdadera voluntad política, la sociedad

podría hacer valer sus derechos permanentes y obligar al poder público a reconocerlos.

Quiero decir algo muy preciso: la sociedad puede obligar al Estado, al Gobierno, al Parlamento, a

reducirse a su esfera propia, a no extravasarse y penetrar en lo que no le corresponde. No es difícil hacer

una lista de las intromisiones que el poder hace en zonas de la vida en las que nada tiene que hacer ni

decir. Eso es to verdaderamente destructor, lo que debería ser intolerable y, por tanto, no tolerado. Una

sociedad alerta, despierta, celo-sa de sus prerrogativas, no se deja manipular; puede sufrir casi indemne

hasta una mala política.

Hace falta una sola condición: un mínimo de coherencia de tos grupos sociales, con la entereza

indispensable para evitar la entrega. A veces hace falta que algunas voces despierten a la sociedad

dormida, para que caiga en la cuenta de )o que le va en ello.

 

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