Autor: Arrarás Iribarren, Joaquín. 
   La mano tendida     
 
 ABC.    08/12/1959.  Página: 53. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA MANO TENDIDA

Por iniciativa protestante, y con el nombre de "La mano tendida", funcionan en cuatro ciudades suizas, y desde el próximo año en otras tres más, unas estaciones de socorro, en alerta día y noche, similares a los puestos de salvamento de náufragos instalados en algunos lugares de la costa donde son frecuentes las tragedias marítimas. Claro es que aquellas estaciones de socorro suizas no pueden ser para auxiliar a las víctimas de una galerna o de un temporal, lian sido, ideadas en favor de los desesperados a punto de perecer en las vorágines y tempestades de la ciudad. A todas lloras pastores protestantes, secundados por voluntarios laicos, esperan junto al teléfono oír el grito angustiado del náufrago para confortarle, acompañándole en su desamparo hasta rehacerle. Y como el número de llamadas crece en pasmosa proporción, "La mano, tendida" ha acordado aumentar el número de estaciones de socorro y reclamar la ayuda de los directores de conciencia de otras confesiones religiosas.

Pero a todo esto, ¿qué pasa en Suiza? En Suiza sucede algo increíble para cuantos hemos recorrido aquel país satinado y perfecto como un cromo, con su pompa de verdores y blancuras, bello entre los más bellos de la tierra, sede de los refinamientos, arca del oro del, mundo, paraíso de los turistas, con el aire más puro y mejor cotizado del globa. Pites en este edén brota con sorprendente profusión esa flor de locura llamada desesperación, que suele impulsar o las personas a fatales resoluciones. En Suiza cada ocho horas se suicida un hombre o una mujer. En total, más de mil al año.

A primera vista no resulta fácil explicar tan enorme contrasentido, y mucho más difícil de entender si damos en creer que la desesperación únicamente se incuba o tiene su raíz en un ambiente de miseria y penuria, circundados por muros sin salida. Si fuera así, los desahuciados de la vida quedarían como gentes exclusivas de países pobres y atrasados, de vida dura y áspera, mala alimentación, peor vivienda y vestido, sin horizontes prometedores. Y no ocurre esto. Según leemos, la afortunada y confortable Suiza figura en el sequndo lugar en la estadística europea de la desesperación, establecida con arreglo al número de suicidas. La primera es Dinamarca. La segunda, Suiza. Dos países de muy alto nivel de vida, arquetipos de orden y de ciudadanía, envidiables por los muchos privilegios y ventajas que gozan sus naturales.

Sin embargo... Ni la felicidad ni el equilibrio y sosiego espiritual nacen del bienestar material o de una superior civilización, sino de atrás virtudes y poderes Las atracciones y beneficios, de una vida ríca y brillante no bastan a inspirar fe y confianza. Y esto nos lleva a la conclusión de que no todo se soluciona con mejor nivel de vida y satisfacciones puramente Humanas, pues en la misma flora, tropical de la opulencia se esconde el áspid traicionero.

No acaban las sorpresas con el descubrimiento bajo esa superficie amable y fascinadora del país donde la naturaleza y el hombre colaboran en la más acabada y feliz armonía de esa vena de pesimismo e infortunio corriendo caudalosa por el subsuelo.

Segun una revista médica, Suiza es el país, en proporción a su numera de habitantes, de mayor consumo de medicamentos estimulantes, tranquilizadoras, analgésicos, hipnóticos y "pildoras de felicidad", estas últimas cada día mas en boga, conforme aumenta el censo de los melancólicos, angustiosos y deprimidos, de sistema nervioso desarticulado y de geografía, cerebral alterada. Los laboratorios farmacéuticos se esfuerzan por dar alcance a las nuevas dolencias hijas del ritmo inhumano a que se desarrolladla vida, calificadas como males del siglo. En la carrera entre los calmantes o preparados eufóricos y las depresiones o pertúrbanos frenéticas, el mal siempre lleva ventaja.

Además, al buscar remedio para recuperar la salud por caminos anormales, los aplacamientos son momentáneos y ocasionan nuevos desórdenes; los hospitales y sanatorios suizos son insuficientes para contener el número de intoxicados que abusaron de los medicamentos, entregándosela ellos sin prudencia ni ¡a debida autorización médica.

Los enfermos nerviosos se multiplican, son ya plaga. Se recetan mutuamente, y iodos se convierten en curanderos de todos. "¿Ha experimentado usted la pildora X?" "La tableta Z produce unos efectos inhibitorios prodigiosos. No deje de probaría." "He pasado un día di» gran optimismo gracias a las pastillas R." La lista de tranquilizadores y vigorizantes crece sin cesar; los preparados son buscados con avidez, como amuletos poéticos y paradisíacos, para aplacar la ansiedad, la fatiga o la instintiva tristeza.

Pero las promesas de salud y bienestar son falaces, pues ya hemos dicho que las casas de salud no bastan para acoger a tantas víctimas como acuden a ellas. Precisamente por ser insuficientes han surgido esas estaciones socorro de "La mano tendida" puestos de urgencia para hacer la respiración artificial a los desesperados y restituirles la serenidad y equilibrio mental arrebatados por el huracán de la existencia moderna, tan insoportable que cada ocho horas un suizo renuncia a ella, con perdición para su alma, en el país preferido por el turismo, donde se han dado cita todas las amabilidades y seducciones de la vida.

Joaquín ARRARAS.

 

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