Autor: Burgos, Antonio. 
   Pio, feliz, vencedor     
 
 ABC.    16/06/1986.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

El recuadro

PIO, FELIZ, VENCEDOR

CUANDO Hernán Ruiz concluye en 1568 el remate renacentista de la Giralda sevillana, el canónigo

Pacheco moja la péñola en sus mejores latines humanistas del siglo para redactar la inscripción que habrá

de ser grabada en rico mármol al pie de la torre, a fin de que los siglos venideros recuerden que siendo

Pío V pontífice y Felipe I! augusto y católico Rey, fue concluido aquel monumento del triunfo de la

Contrarreforma. Escribe Pacheco sus más ampulosas palabras para dejar claro que han triunfado unas

ideas: «En éi mandaron poner el coloso de la Fe vencedora, noble a las regiones del cielo, para mostrar a

los tiempos la seguridad que tenían Jas cosas de la piedad cristiana, vencidos y muertos los enemigos de

¡a Iglesia de Roma.»

Fuera de la Iglesia no había salvación, y Pacheco, redactados los latines, dedica unos adjetivos finalmente

al augusto señor «del gobierno de las cosas». Dice de Felipe II: «Pío, feliz, vencedor, padre de la patria.»

Viendo estas noches por televisión las triunfales actuaciones de Felipe González por las plazas de toros,

me decía: -Este clima me suena. Esta victoria proclamada y este anuncio de que fuera del Partido

Socialista no hay salvación, y que Felipe es el triunfante, el victorioso, el Zeus Pantocfátor del Olimpo

electoral, me suena... ¿Dónde he leído yo un texto antiguo que viene a ser como este resumen filmado,

pero puesto en mármol?».

Estas preguntas me hacía, hasta que me fue leal la fidelidad de la memoria y encontré en un viejo libro el

texto en latín que el canónigo humanista Pacheco puso al pie de la Giralda. Probablemente cualquier

tarde, cuando paseaba con una novia, Felipe González lo leyó en su juventud sevillana. De otra forma no

puede haber tal similitud. Porque en estos mítines, González se aparece como Zeus en el Olimpo o como

Moisés en el Sinaí. Pío; esto es, benigno, blando, compasivo. Feliz: sonríen hasta sus gafas transparentes,

la plata de tango de sus sienes. Vencedor: está ya por encima del pueblo. En anteriores campañas, cuando

el pueblo aplaudía, él aplaudía también, al modo chino, o con un gesto apacentaba y hacía acallar los

aplausos. Pero esta vez no. Lo más inquietante es que hay tal distancia entre González y el pueblo que él

sigue hablando. Moisés mostraba sus tablas en el Sinaí sin cuidar qué hacia el pueblo errante. González,

cuando aplauden, sigue hablando, habla, continúa hablando, no echa cuenta a los aplausos, es como si no

aplaudieran, sigue diciendo que hay que votar, que hay que ir a votar, que el 22 de junio el pueblo tiene la

palabra, que España y España, y que libertad, y que España y libertad.

Esas palabras de González mientras el pueblo aplaude son ias que preocupan. Es el ejercicio previo de la

mayoría parlamentaria. Se hace lo que se tiene que hacer, haga la gente lo que haga. Los aplausos no lo

acallan. Si los apfau-sos no lo callan, ¿qué podrá callarlo? Aplauden, se levantan, agitan las banderas,

gritan, saltan, y él sigue hablando, España, libertad, libertad, España. Y la distancia. Solo habla ante dos

micrófonos. No hay galletas con nombres de emisoras. La voz sale por donde tiene que salir y como él

quiere que salga. Y lejitos, leji-tos de ta gente. Hay siempre una como rampa gris, una tierra de nadie,

sobre la que, soto, se alza al ambón de pastor protestante de película del Oeste, de candidato americano en

cena del Waldorf Asteria para recaudar fondos. Pío, feliz, vencedor. Ese ambón es el monumento al

triunfo sobre todos los enemigos, torre tortísima como la Giralda de su tierra natal. Fuera de su sonrisa no

hay salvación. Por eso todos le apluden. El sigue hablando mientras saltan, gritan, aplauden; sigue

hablando, España y libertad, libertad y España. Estas noches se vuelve lápida de mármol triunfal la

pantalla de la televisión.

Antonio BURGOS

 

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