Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Seguridad Social, tercera etapa española     
 
 ABC.    22/06/1986.  Página: 28. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ABC. pág. 28

TRIBUNA ABIERTA

DOMINGO 22-6-86

SEGURIDAD SOCIAL, TERCERA ETAPA ESPAÑOLA

Por Manuel FRAGA IRIBARNE

LOS primeros pasos de la etapa Inicial de la construcción de los mecanismos españoles de previsión

social se dieron hace ahora un siglo. Un Gobierno liberal Posada Herrera y la capacidad política de

Alfonso XII comprendieron que la solución a la problemática social no debía ser partidista. Por eso, el

mencionado Posada Herrera encargó la presidencia de la recién nacida Comisión de Reformas Sociales al

conservador Cánovas del Castillo en 1883, y al llegar éste poco después al poder, cedió la presidencia a

un republicano reformista, Gumersindo de Azcárate. A partir de Cánovas comienza a avanzarse, quizá

con más lentitud que en otras partes, hacia la construcción de sistemas de ayuda a tos pensionistas, a tos

enfermos y accidentados, a las familias numerosas y a los parados. Concretamente en 1900, Dato da un

primer paso, todo lo incipiente que se quiera, en el mundo concreto de los accidentes de trabajo. Poco

tiempo después, la clarividencia de Maura está detrás de la fundación del Instituto Nacional de Previsión.

No se trata de hacer ahora una historia de los seguros sociales que poco a poco se implantaron y

desarrollaron. Sí conviene señalar que en estos momentos iniciales se procuraba con ellos mejorar Ja

situación del mundo de los trabajadores, buscando la financiación adecuada a través de la técnica del

seguro que se ha convertido, para todas estas prestaciones, en obligatorio. Desde un punto de vista técnico

casi siempre las prestaciones se derivan de la constitución de capitales gracias a importantes aportaciones

de empresarios, más algunas de los propios trabajadores, con el añadido de minúsculas ayudas del Estado.

Esta situación española, por supuesto análoga a la universal, se complicó pasado el primer tercio del siglo.

En primer lugar, al generalizarse, se inició un aspecto bien poco querido por tos dirigentes de la política

económica. Las cotizaciones de tos empleadores tenían el comportamiento de impuestos indirectos, con lo

que se trastornaba el proceso de distribución de la renta. De paso se encarecían mucho tos costes de

producción. La constitución de capitales para atender las necesidades era un peso financiero notable.

Ciertas necesidades sociales eran susceptibles de un buen tratamiento actuarial, como sucede con los

accidentes de trabajo; pero en otras ocasiones, sobre todo en el paro, cualquier previsión resulta

sencillamente ridicula.

Además de todo esto se aprendió, en el terreno de la ciencia económica, a moverse el político con más

desenvoltura en el mundo de la macroeconomía. Así quedó bien claro que el modelo más útil para España

no era el tradicional proteccionista, o si se quiere decir de modo más sofisticado, de «sustitución de

importaciones». Era, por el contrario, e! formulado por el profesor Perpiñá Grau, que reactualizaba en

cierto modo e) viejo modelo aperturista al exterior de Laureano Figuerola. Para facilitar la competencia

de nuestros empresarios con los del exterior, inherente a este proceso, era evidente que convenía abaratar

sus mecanismos de costes, especialmente en lo referente a las llamadas cargas sociales.

Por eso, entre otras cosas, el Plan de Estabilización de 1959 mantiene e incluso aumenta las prestaciones

sociales gracias a una revolución en el mundo de la previsión social. Se pasa del sistema financiero de

capitalización al de reparto, y además se organizan las prestaciones de este tipo en un conjunto llamado

Sistema de Seguridad Social.

Así España pasó a aceptar el modelo que había proclamado el economista liberal Beveridge, con general

aplauso, en los sombríos días de finales de 1942. Al mismo tiempo, el Estado se hizo presente, ayudando

cada vez más en el conjunto de la financiación del nuevo sistema. Mirado en su conjunto, resurta evidente

que hasta 1974 (a Seguridad Social impulsó y no frenó al conjunto del desarrollo económico español.

A partir de ahí las cosas fueron diferentes. Por un lado surgió el estancamiento productivo. No es el

momento de hacer un análisis pormenorizado de la crisis económica desatada a partir de la subida de los

precios del petróleo, pero concretamente en España esto significa un rápido y fuerte hundimiento de

sectores hasta entonces clave de nuestro progreso material. Se vienen al suelo la siderurgia, los astilleros,

la industria de la auto-moción, la de electrodomésticos, y por supuesto la de la construcción. Así surge un

problema extraordinariamente grave: e) del paro.

Además, en España la crisis ha venido de la mano de un encarecimiento muy fuerte derivado de las

subidas en el precio del barril de petróleo. Con el paro, la inflación constituye desde entonces el otro

problema central.

Al reaccionar contra esto pocas veces se atinó, y más de una vez se cometió el gran •error de no entender

toda la complejidad del entresijo económico nacional. Por ejemplo, para atender el paro se incrementó

vertical-mente el gasto público. Esto, inmediatamente, generó aumentos en la oferta monetaria, con lo que

se impulsó la inflación. Desequilibrada así, porque toda inflación lo hace, la balanza por cuenta corriente,

se creaban situaciones insostenibles, salvo cuando se adoptaban medidas contractivas que generaban

nuevas oleadas de paro. Tuvo que aceptarse, con todas sus consecuencias, el llamado efecto expulsión.

Esto es, al aumentar el sector público disminuía su papel el privado, sobre todo a través de subidas en los

tipos de interés.

Dos circunstancias adicionales terminaron por complicarlo todo entre nosotros. A pesar de las denuncias

de tos estudiosos más serios, las subidas de salarios sobrepasaron cualquier magnitud razonable. Como

resultado, el excedente empresarial se derrumbó. La economía privada quedó asi sin posibilidades de

inversión, con el fruto inmediato de un nuevo incremento de) paro. Ante el miedo de que apareciese un

clima social insoportable, se hacía progresar el gasto público, y como un mal menor para equilibrarlo, no

se contempló otro remedio que el del incremento de los impuestos. Estos crecieron en España, como ríos

han demostrado tos estudios comparativos de los países miembros de la OCDE, a mayor velocidad que en

ninguna otra parte de este conjunto. El incremento de la carga tributaría comenzó a disuadir planes

productivos más allá de todo lo razonable. También por esta vía aumentó el combustible dirigido a la

hoguera del paro. A pesar de ello, tampoco se consiguió frenar el aumento del déficit del sector público.

El sistema financiero que sostenía a nuestro Estado Providencia no aliviaba nada de esto. Como su ámbito

iba más allá de tos trabajadores industriales, se exigían fondos que

acababan siendo pagados por los empresarios de forma mucho más alta, en cifra relativa, que en el resto

de la OCDE. Por otra parte, la opinión pública comenzó a rechazar, cada vez con mayor energía, los

incrementos en nuestra carga fiscal. El sistema económico español estaba enfermo, como se apreciaba por

los síntomas de paro, inflación y estancamiento, pero también yacía postrado el conjunto de las

prestaciones sociales. De pronto comenzó a preocupar a todos que éstas creciesen más rápidamente que el

conjunto de la producción. No se atinaba con descarga al guna para el mundo empresarial. Por mucho que

se le enmascarase, el déficit del sector público se agazapaba también detrás del que existía en la

Seguridad Social.

El reto para el político era evidente. En primer lugar, no era decente ni lícito que el Estado abdicase de

sus responsabilidades ante sus ciudadanos. Libremente había asumido garantizar ciertas prestaciones

sociales -por ejemplo, pensiones o asistencia sanitaria-, y no era admisible pensar en rebajar estas

promesas. Por otro lado, era necesario no perturbar la transmisión hacia España de la salida de la crisis

que tenía lugar en el mundo occidental a partir de 1983. Esta mejora pasó a ser muy fuerte cuando en

1985 se inició una baja importante del dólar y de los precios de tos crudos del petróleo. Para conseguir

esto es preciso tener un sistema financiero muy sano, y ello obliga a una lucha casi feroz contra excesivos

gastos públicos. Además resultó necesario tener en cuenta el impacto de exigencias derivadas de la

llegada a la vida económica de la generador), abundantísima en número, nacida en tos años sesenta, y al

hecho, concatenado, de la actual caída de la natalidad. Los problemas de las transmisiones de costes

intrageneracionales hubieran debido merecer también la más cuidadosa atención. Sin embargo, lo cierto

es que hubo algunos intentos torpes de resolver el problema a través de intentos de rebaja de pensiones o

de reducción de la asistencia sanitaria. Se crearon así tensiones sociales, pero no se resolvió nada en serio.

He de decir en este sentido que sería ridículo no manifestar que la situación es difícil, pero de ninguna

manera insoluble. El reto es armonizar eficacia y equidad, y conseguirlo en pleno momento de inserción

de la economía española en el área comunitaria. Operación tan delicada exige mucha atención estudiosa y

un alto grado de colaboración social. Por lo primero creo que debe impulsarse -yo lo estoy haciendo- todo

un conjunto de análisis serios sobre la Seguridad Social que necesitamos, teniendo como frontera el

horizonte del año 2000. Al mismo tiempo, es absolutamente preciso no olvidar angustias diarias que se

derivan del mal gobierno desarrollado aquí desde hace ya bastantes años. Ciertos ajustes, a poca

sensibilidad política que se tenga, es evidente que soto se pueden resolver con acuerdos entre tos

interlocutores sociales, planteándolos en el ámbito de mutuas generosidades en favor de la salida de la

crisis.

Estudio muy a fondo del problema, y pragmatismo y acuerdo en temas de solución urgente, constituyen el

preludio de la tercera etapa de la Seguridad Social española. Como ocurrió con la primera, a la que dio

paso Cánovas del Castillo, y con la segunda, creada por el Impulso del Pían de Estabilización, la tercera

debe también empujar, y no frenar, el armónico desarrollo de la vida de tos españoles.

 

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