Autor: Correal, Francisco. 
 Escenas electorales. 
 Caravana de mujeres con Carmen Romero     
 
 ABC.    20/06/1986.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

20 de junio-86/ Diario 16

Caravana de mujeres con Carmen Romero

Francisco Correal

Cádiz

CASI todas las candidatas que el PSOE presenta en Andalucía para los comicios autonómicos y generales

estaban preparadas para la foto. Rodeaban a Carmen Romero todas las mujeres de la mujer del presidente,

la Carmen de España y no de Mérimée, consorte del puño y la rosa de España, y no de Luxemburgo. El

marco era espléndido: la terraza del hotel Atlántico. Futuras diputadas, futuras senadoras y futuras

derrotadas en la pugna por el escaño aguardaban impacientes la explosión de los «flashes». «Aguantar un

poco, que falta la alcaldesa de Palomares, que se está duchando».

Los carteles con el rostro de Felipe González que jalonaban la zona franca de Cádiz eran como las

miguitas de pan que Pulgarcito habría seguido para encontrar a la media naranja del Ejecutivo español.

Carmen Romero, siempre sonriente, vestía chaqueta verde y veraniega, a juego con una falda blanca

salpicada por figuras japonesas.

Esto no es Noruega, con ocho ministras en el gabinete, en la historia española solo Federica Montseny y

Soledad Be-cerril han asistido de pleno derecho a un Consejo de Ministros. Las diecinueve candidatas

andaluzas intentan corregir este vicio y vivieron durante horas la ilusión de un matriarcado, exponiendo

sus planes y pidiendo el voto a quinientas mujeres. Cádiz es la patria de la Pepa, alias de la primera

Constitución. Su tataranieta, la aprobada por Solé-Turá, Herrero de Miñón, Roca y compañía, consagró la

no discriminación por razones de sexo. También es la tierra de Hortensia Romero, la fulana de Quiñones

que en su segunda aparición novelesca se plantaba en un congreso feminista.

«La historia nos ha marginado», decía desde la tribuna Josefina Junquera, delegada de Asistencia Social

del Ayuntamiento de Cádiz y maestra de ceremonias del multitudinario acto. Carmen Romero estaba de

oyente, recibió un ramo de flores y un rosario de besos, aplausos y puños de las más convencidas. «Yo he

sido más sindicalista que política», diría a Diario 16 Andalucía. «He sido candidato en otros menesteres,

cuando fui delegada de curso en la Universidad de Sevilla o en el sindicato ugetista de la enseñanza».

Sabe que una derrota electoral del PSOE, partido en el que milita desde hace casi veinte años, la obligaría

a una engorrosa mudanza y, en todo caso, una victoria pírrica y por mayoría «relativa» supondría llenar el

palacio de la Moncloa de biombos y mamparas para defender la intimidad familiar de los rigores de la

cohabitación.

En la mesa presidencial, doce candidatas, como los apóstoles. La primera ponente, Angustias Contreras,

candidata al Senado por Córdoba, habló del grupo de Contadora, la matanza de Soweto y el peñón de

Gibraltar. La onubense Amalia fue explícita: «Les pido a ustedes no que voten socialista, sino que

reflexionen, porque si reflexionan no votarán otra cosa que socialista». Y también habló de dos hospitales

y otras conquistas recientes. A los socialistas andaluces les han salido varios «granos» femeninos: las

mujeres de Guadix, las musulmanas de Melilla, las jornaleras de Marinaleda. El voto femenino fue

originariamente de derecha, un invento de Sabino Arana y Gil Robles, pero ahora «las mujeres sabemos

lo que votamos», sentenciaba una candidata. En el Congreso y en el Senado hay mucho hombre,

constatación numérica, y también allí estaban en primer plano el bigote de Rodríguez de la Borbolla y la

tez pausada de Felipe, destinatarios simbólicos de los secretos de la urna, como si la asamblea gaditana

fuera una caravana de mujeres que le sacará las castañas del fuego a los tiones de Plan que se convertirán

en señorías, ministros y portavoces.

Allí estaban la señora de Vargas Machuca, la señora de Manuel Chaves, la señora del alcalde Carlos Díaz

y la señora de Rafael Escuredo. Ana María Ruiz Tacgle no dejaba de mirar el reloj. Cuando anocheciera

tendría que estar en Villa-nueva del Ariscal por compromisos de la campaña electoral. Es una candidata

reincidente: diputada en 1977, no obtuvo escaño en 1979 pero accedió al Congreso cuando su marido

renunció para asumir la presidencia de la Junta, senadora en 1982 y ahora otra vez aspirante a ocupar un

sitio en la Cámara Baja.

En el turno de las preguntas, la primera cuestión planteada fue la actualización de las leyes contra los

delitos sexuales. Le siguió una interpelación sobre la inseguridad ciudadana, y hasta a Carmen Romero se

le encogería el corazón socialista cuando se produjo una intervención de esta guisa: «Tengo un mesón y la

única pena es que lo tengo que cerrar todas las noches a las diez porque entran y se llevan las cuatro

gordas que tengo, mi marido tiene mucho miedo, y ése es el único miedo que tengo.»

El lenguaje político ha conseguido si no la igualdad, sí la igualación: las candidatas hablan como los

candidatos, las electoras aplauden como los electores, y es que la política, que también genera

Maquiavelas y Bodinas, la domina el sexo de los ángeles. Carmen Romero fue aclamada en el mismo

hotel donde Rafael Alberti veló las armas del estreno teatral de «La lozana andaluza» del padre Delicado

según su particular ejercicio de adaptación. Allí estaban las candidatas, con algunas ausencias, tan

lozanas, tan andaluzas: Amparo Rubiales, que es para los comunistas la Judas de estas doce «apóstolas»,

la alcaldesa de Palomares, lacónica, duchada y con mirada de Petra Kelly.

 

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