Autor: Dávila, Carlos. 
 Campaña electoral 22-J. 
 El debate que no quiso ser     
 
 Diario 16.    20/06/1986.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

NACIONAL

ORDENA UNA INVESTIGACIÓN INMEDIATA

CRÓNICAS ITINERANTES

El debate que no «quiso» ser

Carlos Dávila

Madrid CUANDO el lunes pasado, el negociador de la Coalición Popular, Rogelio Baón, llamó al

negociador del PSOE, Guillermo Galeote, éste ya no se puso al teléfono; es decir, que el Gobierno y

Felipe González habían decidido ya en ese día no celebrar ningún debate «en la cumbre»; antes de que la

Junta Electoral de Andalucía considerara «no equitativa» una discusión, solamente a dos, entre Rodríguez

de la Borbolla y el «outsider» popular, Hernández Mancha.

El dato es importante porque una de las coartadas presentadas por los socialistas para evitar cualquier

debate, cualquier debate en el que participara su líder, Felipe González, ha sido ésta: el dictamen de la

Junta Electoral en Andalucía. Los políticos de la oposición expresaban ayer su sorpresa por el «clavo

ardiendo» a que se agarró listamente el Gobierno para cancelar toda posibilidad de debate.

Y es que, en efecto, resulta por lo menos chocante que Felipe González, que ha permanecido

artificialmente toda la campaña esperando que la oposición le designara un contrincante para el debate, se

quede mudo cuando la Junta Electoral andaluza dice, genéricamente, que un debate a dos bandas no es,

sencillamente, justo. El caso resulta chusco.

Fraga ha dado mil facilidades; incluso a última hora renunció explícitamente a la única condición que

antes había puesto: que la convocatoria del debate se hiciera con setenta y dos horas. Incluso estaba en

disposición de formalizar esta renuncia cronológica. Y los demás también; los demás como Roca y

Suárez, convocados a discutir no con González, sino con Guerra, y que no fueron representados

debidamente el martes, cuando el lenguaraz vicepresidente denunció su ausencia. En fuentes del Partido

Reformista se decía ayer: «Fue una lástima que, por ejemplo, Sainz de Robles no le contestara así: "Roca

es un número uno y por eso no debate con usted que, por concesión felipista, sólo por eso, es el número

dos".»

Tampoco Miguel Herrero y Fernando Castedo reaccionaron a tiempo. Ninguno, pues, se puede lamentar

por ello. En el país hay un triunfador y un simpático oficial: Butragueño, y un desabrido público: Guerra.

Cada quien cumple el papel que le asigna la madre naturaleza. ¿Cuál ha sido la razón que ha aconsejado

al PSOE la cancelación siquiera de la idea del debate? Simplemente una doble: la certeza de que el

susodicho acto ni serviría para aminorar el porcentaje de abstención, el «coco» electoral que parece

asustar tanto al PSOE, ni sería, tampoco, arma decisiva para consolidar el bipartidismo. Sé perfectamente

que estos argumentos podrían volverse del revés; es decir, utilizados para concluir en todo lo contrario,

pero así de confusa, de enrevesada, ha estado una campaña electoral, que se define, sobre todo, por una

carencia radical: no ha habido tal campaña.

Guerra la ha hecho por su cuenta: es un maestro en el arte de la prestidigitación, del ocultamiento, y en él

han tenido los socialistas al hombre, al ariete, capaz de negar, teatral-mente, la evidencia.

 

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