Autor: Pérez Abellán, Francisco. 
 Campaña electoral 22-J. 
 El día de la victoria     
 
 Diario 16.    20/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

El día de la victoria

Madrid Los edificios de la ciudad estaban encendidos como si fuera por la tarde-noche, en una

prolongada jornada de labor. Había ventanas alumbradas en las viviendas, en las oficinas, en los bares.

Madrid era un hervidero. Las familias y los amigos se concentraban ante el televisor. Empezó el España-

Dinamarca con nervios y tensión. Los jugadores no daban una. Y llegó el penalty de Gallego. Se mascó el

sabor acre de la derrota.

Todos suponían que la selección de Dinamarca era mejor, aunque se confiaba en la furia española. Pero

después del primer y único gol danés hubo un instante de desánimo. Los jugadores bordeaban la histeria

protestándole al árbrito en el césped del estadio La Corregidora de Querétaro, allá en México. Aquí,

frente al televisor, por todo el país, se desbordaba un pronto derrotista que hacía el mismo ruido que un

enorme globo pinchado: «Somos unos pupas», «la maldición de Moctezuma», «no podía ser». Pero,

milagrosamente, los seleccionados se crecieron. Después del golpe, levantaron la cabeza y empujaron

hacia el campo contrario. Y llegó la jugada de Butragueño —que el comentarista llamaba invariablemente

Buitragueño— y todos los españoles frente al televisor dieron un bote en sus asientos. Empezábamos a ir

por buen camino. En el segundo tiempo, la otra forma de hacer España: aluvión de goles. Y la respuesta

eufórica en los hogares, los bares y las oficinas con televisor: nos van a oír. Hace falta. España se había

apercibido

Pérez Abellán

del valor del centro, del medio-campo hacia la portería contraria, para salir adelante y estaba

considerando la unidad de todos para salir a la calle en la mayor jornada de autocomplacencia y orgullo

nacional que recuerdan los tiempos. Se oían gritos de júbilo, los comunistas, seguro, que habían salido a

celebrarlo de los primeros. Y ya toda la nación había hecho que las calles aparecieran resplandecientes,

como si la actividad del melodía hubiera interrumpido en plena madrugada.

En Cibeles había banderas españolas y descamisados bañándose en las aguas salutíferas de la diosa. En el

barrio de Salamanca, la gente bien vestida, con camisas de seda había perdido las formas y se saludaban

con un tuteo repentino. En los barrios obreros, la cerveza se consumía por litros. En Mala-sana —jo, tío—

, los punkies se despistaban viendo la repetición de las mejores jornadas. La ciudad y el país eran un

clamor: «Buitre, Buitre, Buitre». No se pudo conciliar el sueño en el nuevo día de la victoria. La jornada

histórica que se acogió con tantas ganas, como si en pleno periodo electoral fuera preciso un pretexto para

salir gritando a la calle. Como si hiciera más falta que nunca un motivo para abrazarse, entusiasmados.

Embutidos en el bombardeo de slogans y razones de partidos políticos, otro partido, éste de fútbol, nos

levantaba la moral. Los nervios se desbordaban. El locutor de la televisión dijo aquello erróneo, al calor

del triunfo de y precisamente en un 18 de julio. Hombre, no. No vale. Es junio glorioso y además, esos no

se presentan.

La ciudad, con las ventanas abiertas, los ciudadanos con las sonrisas radiantes. Cerveza en «litronas» para

los punkies y champán para los asalariados y clases pudientes. El gran escalofrío desbordante recorría las

calles y plazas. Espectadores recalcitrantes se quedaban junto al televisor para ver —una vez más— los

cinco goles, como cinco soles. Del rey abajo, todos contentos. El anuncio de que el partido contra Bélgica

coincidirá con la noche de las elecciones, el día 22, da paso a una próxima jornada con la esperanza de

celebración doble. Las calles ya son de todos hasta de madrugada.

 

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