Autor: Gutiérrez, José Luis. 
 Campaña electoral 22-J. 
 La jornada de reflexión     
 
 Diario 16.    21/06/1986.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

La jornada de reflexión

Madrid En el Estadio La Corregidora, de Querétaro, cuando los goles de España convertían sus gradas en

una apoteosis rojo y gualda, destacaba entre el delirio de las enseñas el júbilo insólito de una gran bandera

de Mac Donald´s. Todo servía para festejar la gesta.

Aquella noche, en Madrid, los automovilistas acudían a la calle de Narváez, al domicilio de Butragueño,

corno los que van a Fátima, en acción de gracias por los cuatro favores recibidos.

La noche del miércoles, una extraña nube de fraternidad telúrica cubrió Madrid, y, súbitamente, las

caravanas y banderas de la campaña electoral se fundieron en en un afán único y solidario: festejar en

común la alegría de la victoria.

Dos «jeeps» cargados de falangistas del barrio de Salamanca, con grandes banderas —con el escudo de la

«gallina»— tremolando al viento, confraternizaban con un R-8 de Unidad Comunista.

En España no parece confirmarse ese presunto axioma según el cual las democracias son aburridas, pero

sí, en cambio, su condición pacífica, sosegada y solidaria, incentivadora de la confraternización entre

disímiles y del respeto al adversario.

Este ha sido, quizá, el perfil más reseñable de esta campaña que ayer se cerró, con multitudinarias,

dionisiacas, lúdicas fiestas electorales a cargo de los principales partidos. La confrontación pacífica de

programas e ideas, tan sólo rota por la «campaña» sangrienta de ETA.

Y también la vaciedad de contenido, la pobreza expositiva demostrada ante el ciudadano por los partidos,

y muy especialmente por el del Gobierno, que se refugió en los aspectos más externos de la compa-

recencia ante los ciudadanos, en un juego expositivo de sobrevaloración de la imagen de las cosas, en

detrimento de los contenidos.

La televisión ha sido, una vez

José Luis Gutiérrez más, protagonista, como lo fue en el pasado referéndum OTAN. El orwelliano

principio de «reescribir» la realidad cuando ésta no resulta placentera al mando, ha estado presente en la

campaña televisiva, que nos ha proporcionado dos «perlas» que hubieran hecho las delicias del

mismísimo Goebbels. La utilización de un publirreportaje, pagado por el Gobierno de la revista

americana «Newsweek» como si fuera información, y la sobreimpresión del logotipo del PSOE sobre una

filmación de los goles de Butragueño, quien, paradójicamente, es simpatizante de Alianza Popular. La

excusa del «error», usada hasta la saciedad por TVE, no sirve.

La manipulación televisiva ha sido, en esta campaña, mucho más sutil e imperceptible que en el

referéndum OTAN. El ejemplo más orwelliano de aquélla fue, sin duda, la información acerca de la gran

manifestación anti-OTAN en Madrid. El acto, con cerca de un millón de personas en la calle, tuvo un

tratamiento «informativo» de mucho menor relevancia que el que recibieron tres ministros del Gobierno,

«programados» para tal fin, hablando ante tres auditorios, con doscientos ancianos en cada acto,

trasladados en autobuses desde asilos cercanos.

En la campaña, TVE ha utilizado incluso la realización para «afear» a los líderes de la oposición con

tomas poco favorecedoras o buscando el dedo en la nariz, por ejemplo, mientras que a González y Guerra

se les «embellecía» convenientemente con primeros planos de frente.

Ha habido, sin embargo, trabajos muy bien realizados, como el reportaje humano de los líderes de María

Antonia Iglesias, o un desternillante montaje de los dirigentes besando a sus seguidoras, o el de las

«pidas» de las enviadas especiales de TVE, atrapadas por la cámara en actitudes divertidamente

espontáneas.

Lo más notorio de los informativos ha sido, sin duda, el «Punto y aparte» de Manuel Campo, aunque

tuviera algún lapsus de grueso calibre (confundir decreto legislativo y decreto-ley) y con Felipe González

y Fraga no hiciera gala de las mismas dosis de sana agresividad informativa que con los otros candidatos.

Y estimable también el trabajo de Paco Lobatón, aunque en el debate con Guerra apareciera

auténticamente aterrrorizado.

Hoy es la jornada de reflexión, ese acto íntimo, en soledad, ante el cual los políticos necesariamente han

de guardar respetuoso silencio. Es el instante, grandioso y casi sobrecogedor, que Montesquieu define

como «el momento en el que el pueblo está poseído del poder supremo». Mañana hablará con voz

inapelable.

 

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