Autor: Moya, Aurora. 
 Campaña electoral 22-J. Antiguos militantes comunistas pasan al PSOE. 
 La cena de los conversos     
 
 Diario 16.    21/06/1986.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

21 de junio-86

CAMPAÑA ELECTORAL

NACIONAL ANTIGUOS MILITANTES COMUNISTAS PASAN AL PSOE

La cena de los conversos

Aurora Moya

Madrid La luz de la ver-dad les golpeó en la frente a la altura del 307 de Bravo Murillo. A algunos de

ellos como a Saulo cuando cabalgaban en su coche oficial. Una voz en off retumbó en sus mentes que aún

albergaban recuerdos comunistas. En la intelectual de Cesar Alonso de los Ríos, en la de José Luis Martín

Palacín, preocupada por la próxima operación retorno, en la feminista de Pilar Brabo, en la cabeza llena

de planos de Eduardo Mangada e incluso en la torturada imaginación de José María Mohedano. «¿Por qué

me persigues? Debes avanzar por buen camino....»

Trescientos militantes del PSOE y un par de ministros les recibieron con los brazos abiertos en el salón

Ducal de un restaurante especializado en bodas, banquetes y bautizos y situado milagrosamente en el 307

de Bravo Murillo. Fue entonces cuando maravillados, mientras alguien hablaba de matar un cordero, se

reconocieron unos a otros y humildemente supieron, en el fondo de sus corazones, que era Felipe

González quien les llamaba prometiendo recompensas, más o menos espirituales, a todos aquellos que

cejan en su error y siguen su mensaje

Lo ratificó por todos ellos Eduardo Mangada afirmando: «Yo no he caído. Me han levantando.» En

conjunto, los cinco conversos aseguraban que todo había ocurrido por su propia voluntad y con

reminiscencias aún de sus antiguas y erróneas ideas, equivocando el mensaje y explicando: «Hace falta.»

Grandes arañas de cristal iluminaban el salón Ducal reflejando el goce de aquellos buenos alcaldes,

concejales, cargos públicos de la región, sus señoras y algunas de sus secretarias aplaudiendo en torno a

sus mesas esperando la cena a la que habían contribuido con un óbolo de 2.000 pesetas

Los neófitos humildemente intentaron mezclarse entre sus nuevos compañeros en vez de subir a la

enorme mesa de presidencia. Sonriente y bondadoso, el presidente de la Federación Socialista de Madrid,

José Acosta, como patriarca de más rango, les llevó de la mano hacia el lugar de honor, uno a uno.

Emocionado, el presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, Joaquín Leguina, expresaba a los

periodistas testigos de la felicidad del momento: «Se alegra más el pastor cuando vuelve la oveja des-

carriada que por las otras 100 seguras en el aprisco.» Alguien aplaudió aquella cita matizando que los

cinco homenajeados se descarriaron en 1921.

Muy serios, extremadamente serios, con expresión de seriedad absoluta, los nuevos socialistas empezaron

a comer. Al final no se había matado el cordero y el banquete no fue excesivamente bueno. En realidad

fue muy malo. El padre del hijo pródigo probablemente jamás hubiera agasajado a su ingrato retoño con

aquellos calamares rígidos ni con un vino tan infame. Alguno de los ilustres ex comunistas confesaría más

tarde que la cena en sí le había desalentado e incluso hecho dudar del paso que estaba dando.

Afortunadamente miró hacia atrás a tiempo y vio el enorme cartel con el lema electoral. Eso le reconfortó.

El ministro Javier Solana llegó allí tarde, perdiendo el aliento en su afán por respaldar a sus nuevos

compañeros a los que manoseó convenientemente. Posiblemente para no molestar, pidió un poco de

jamón y queso tras observar los denodados esfuerzos de Mohedano hurgando con el meñique en un molar

para extraer sin fortuna una raspa momificada del pescado que le acababan de servir.

Habló Acosta. Expuso las cualidades de todos y cada uno de ellos. Dijo que compartía sus ideas y que

eran como él. «Son como yo», explicó y los 300 militantes aplaudieron aliviados. Si ellos eran como él,

todo era correcto y bueno y así debía ser.

Luego hablaron algunos de ellos agazapados detrás de un enorme ramo de rosas que obligó a Pilar Brabo

a ponerse de puntillas para que la pudieran ver. Por ejemplo, Mangada, arquitecto al fin y al cabo, habló

de construir España. Solana aseguró: «No quería perderme esta cena», mientras miraba de soslayo a

Mohedano que seguía luchando con la raspa para poder hablar con soltura. Y también les puso muy bien,

como gente excelente y encantadora.

Bueno, al final todos aplaudieron, se besaron unos a otros y se hicieron muchas fotos. Se fueron

transformados, radiantes, y al salir del 307 de Bravo Murillo, en sus mentes continuaba presente la voz en

off. El mensaje había cambiado: Era un ronroneo de satisfacción sobre el fondo musical del Buen

Camino.

 

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