Editorial. 
 El PSOE pierde votos pero no tiene alternativa     
 
 Diario 16.    23/06/1986.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

OPINIÓN

23 de junio-86/Diario 16

El PSOE pierde votos pero no tiene alternativa

Y A falta de una alter-nativa clara al Partido Socialista Obrero Español, la obtención de una nueva

mayoría absoluta por este partido que ha gobernado durante los últimos tres años y medio —aun

perdiendo más de un millón de votos—, el aumento de la abstención con respecto a la registrada en 1982,

el ascenso del partido de Adolfo Suárez y el fracaso de la «operación reformista» de Miguel Roca son las

notas más sobresalientes de las elecciones generales celebradas ayer en España, cuartas desde el

restablecimiento del sistema democrático.

La abstención fue 10 puntos superior a la de 1982; se situó en torno al 30 por 100. Eso significa que algo

más de ocho millones de españoles no acudieron a depositar su voto. Con un censo que ha crecido en casi

dos millones y medio de ciudadanos en cuatro años, el número de votantes es muy similar a la registrada

en 1982. En estas cifras habría que ver un reflejo del desencanto o de la frustración causados por algunas

características del sistema electoral español, entre ellas, en primer lugar, la votación mediante listas

cerradas y bloqueadas, que resta capacidad de decisión a los electores.

Un aviso al Partido Socialista

El verdadero triunfador de las elecciones es, sin duda, el Partido Socialista Obrero Español, que ha vuelto

a conquistar mayoría absoluta. Ha perdido un millón de votos y 18 escaños, pero ha obtenido todavía una

cuota parlamentaria suficiente para gobernar sin necesidad de recurrir a pactos electorales con ningún

partido. El Gobierno que forme Felipe González tendrá asegurado el apoyo parlamentario por otros cuatro

años.

Este resultado electoral va a permitir que afloren de nuevo los riesgos ya advertidos en la anterior

legislatura, riesgos de abuso de poder e intento de control de todos los mecanismos del Estado. El PSOE

tiene la responsabilidad de administrar su victoria, casi sin más control que el suyo propio, y de hacer el

esfuerzo necesario para gobernar en beneficio de todos —cosa que prometió González anoche, como hace

cuatro años—, no sólo de sus votantes.

No obstante, la pérdida de 18 escaños tiene que ser suficiente como para llevarle a recapacitar sobre sus

métodos de Gobierno. Continuar por el camino de la arrogancia le costaría al PSOE una pérdida mayor en

próximos comicios. El PSOE tiene que ver en este descenso un aviso del electorado y una invitación a un

cambio en su estilo de gobernar.

Dos intentos de crear alternativa al PSOE han fracasado espectacularmente: la Coalición Popular de

Manuel Fraga y el Partido Reformista Democrático, de Miguel Roca y Antonio Garrigues.

La prueba final para Coalición Popular

La coalición fraguista ha demostrado una vez más que sus posibilidades han tocado techo. En 1982

obtuvo el 25,7 por 100 de los votos, lo que le supuso 106 escaños. Tras casi cuatro años de oposición, ha

visto mermada su presencia en el Parlamento en dos escaños. Después de haber hecho una campaña

publicitariamente aceptable, este resultado debe ser considerado como la prueba definitiva de que el

liderezgo de Fraga ha ofrecido ya todo lo que podía dar de sí. La coalición derechista tiene ahora ante ella

el difícil trance de la remodelación de su cúpula.

Coalición Popular, no obstante, tendrá la tentación de presentar los resultados electorales a su favor y de

definirse como la única alternativa al PSOE, dada la distancia que separa de ella a la siguente formación

política. Las primeras declaraciones de Fraga así lo indican. Pero la realidad es que el PSOE no tiene

alternativa. El PSOE ha perdido escaños pero, aunque en menor medida, también lo ha hecho la

oposición. Para que la esperanza de una alternativa clara fuera posible, la oposición tendría que haber

incrementado su peso en el Parlamento, en el cual, por lo demás, dominan en conjunto las fuerzas de

izquierda.

Partido Reformista: El mayor fracaso

El fracaso más rotundo ha sido, sin duda, el del PRD, que no ha obtenido ni un solo escaño. El PRD se

presentó a las elecciones con un programa atractivo para la sociedad española, el único programa que

planteaba un liberalismo progresista de entre la variada oferta electoral. Pero Miguel Roca, que fue objeto

de sucios ataques desde la televisión pública durante toda la campaña, no logró conectar con el

electorado.

La fórmula elegida por Miguel Roca para liderar el PRD —en el que no ha llegado a militar— y eludir la

comparecencia por Madrid ha sido un rotundo error, tal y como ya advirtió Diario 16 durante la campaña.

La primera confirmación poselectoral de esta inconveniencia ha venido del mismo Roca, quien ayer, en

declaraciones a TVE, ofreció «solidaridad» a sus «compañeros reformistas» como si hablara de ellos

desde otra formación política.

El propio Federico Carlos Sainz de Robles ofreció ayer por TVE otra prueba de la provisionalidad con

que se construyó la operación. Queriendo hacer frente a la derrota, prometió afiliarse al PRD, pero dejó

asi al descubierto este aspecto cuando menos chocante de su candidatura. No es fácil de explicar al

electorado que el líder nacional y el número uno de la lista de Madrid no pertenezcan al partido por el que

se presentan.

El fracaso del PRD sólo tiene parangón con la derrota que sufrieron en las primeras elecciones

democráticas Joaquín Ruiz-Giménez y José María Gil-Robles, con la diferencia de que el intento

reformista ha costado mucho más dinero. Por el momento, el único beneficiario de la operación parece ser

Convergencia i Unió, que ha sumado seis escaños a los doce que obtuviera en 1982. Y, a fin de cuentas,

lo que aparece de momento desbaratado es el intento de recomponer la alternativa de centro derecha

desde un planteamiento liberal y progresista. En un margen del camino queda un hombre honrado,

Antonio Garrigues, que lo ha intentado todo por construir esta opción.

Adolfo Suárez, la sorpresa anunciada

El CDS, que compareció por primera vez, a poco de su fundación, en las elecciones del 82, y compitiendo

aún con los restos de UCD, ha dado finalmente la razón a la mayoría de las encuestas preelectorales y ha

subido desde un 2,8 por 100, cosechado en aquella ocasión, más de un 9 por 100, ayer, o, lo que es lo

mismo, de dos a 19 diputados.

El éxito del suarismo se ha debido, primero, al prestigio político de su líder indiscutible, pero también a la

magnífica conducción de la campaña electoral, en la que Adolfo Suárez ha mostrado un coraje, una

agresividad y un sentido crítico que no exhibió a lo largo de la pasada legislatura.

Corresponde, pues, al ex presidente del Gobierno la responsabilidad de sacar adelante en el Parlamento la

idea centrista, y cabe imaginar que este hecho equilibre una actitud que hasta el momento no ha estado

demasiado clara, y que debe encontrar una ubicación política de síntesis en el eje de simetría real del

espectro ideológico.

Por el momento, el programa mostrado por el CDS plantea serias lagunas, algunas utopías irrealizables y

no menores indefiniciones, de forma que al observador objetivo le acaba pareciendo que se sitúa a la

izquierda del PSOE. Todo ello, junto a la desconfianza que provoca en la clientela moderada, permite

dudar de que estemos ante una verdadera opción de poder. Más bien parece que el PSOE y el CDS habrán

de disputarse, desde posiciones parejas, aunque con un lenguaje distinto, al mismo electorado.

La izquierda reaparece en el Parlamento

Aunque con menor fuerza de la que cabía imaginar, la izquierda, representada en esta ocasión por la

coalición Izquierda Unida —el experimento de Santiago Carrillo no ha fructificado al fin—, ha mejorado

sensiblemente los pésimos resultados del PCE en el 82, pasando de un 2 por 100 entonces a un 4,6 por

100 ahora, y de cuatro a siete escaños. Con toda evidencia, la intención de aglutinar en torno a la

coalición los votos negativos del referéndum ha fracasado, puesto que ni siquiera se ha logrado la fuerza

electoral que, en solitario, obtuvo el Partido Comunista en el 79.

En cualquier caso, el PSOE habrá de bregar, aunque sólo sea dialécticamente, con dos grupos

parlamentarios situados a su izquierda o en su mismo espacio, IU y el CDS; de algún modo, ello servirá

de freno a cualquier tentativa de impunidad por parte de la mayoría.

El nacionalismo en Cataluña y el País Vasco

El nacionalismo catalán, siguiendo la tendencia ascendente que ya demostró en las elecciones autonómi-

cas, ha crecido desde el 3,6 al 4,8 por 100, y de 12 a 18 diputados. Pero si, en Cataluña, este hecho no

significa otra cosa que un cierto retroceso de las opciones estatales en la región, en Euskadi la situación es

muy otra: el Partido Nacionalista Vasco ha sufrido un ligero descenso, que le resta dos diputados —del

1,8 al 1,5 por 100, y de ocho a seis diputados—, en tanto Herri Batasuna, que ha pasado de 1,0 a 1,2 por

100, gana tres diputados, con lo que obtiene cinco en total, uno de ellos en Navarra por primera vez en su

historia.

Es difícil no sentir preocupación por la evidencia de que la fuerza que defiende el nacionalismo más

radical, y que respalda abiertamente la violencia de ETA, reciba inusitado apoyo de la ciudadanía, aun en

aquellas comunidades en que su escasa implantación anterior no le había otorgado hasta ahora

representación. Pero de nada sirven las lamentaciones: las fuerzas políticas tienen que constatar el hecho,

y que entenderlo en su dimensión política real, como consecuencia clara de que no se ha abordado

convenientemente el problema vasco.

La autonomía andaluza, de izquierdas

De los 105 escaños andaluces, seguía los datos facilitados a la hora de cerrar esta edición, sólo 30 han ido

a fuerzas del centro y de la derecha. El PSOE ha obtenido 60 y la fuerte personalidad de Anguita ha

otorgado a Izquierda Unida un resultado sin parangón en las demás comunidades: 19 escaños.

Nuevamente se advierte en esta región una total ausencia de alternativa, que es aún más acentuada que la

que se ha producido en las elecciones generales.

 

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