Autor: Amón Hortelano, Santiago. 
   El candidato y la escoba     
 
 Diario 16.    25/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Santiago Amón

El candidato y la escoba

HECHO ya el recuento de los votos, valdría la pena hacer el de las frases, que los propiciaron con un

común denominador de malsonancia y un ganador indiscutible: Alfonso Guerra. Suyos han sido los

gestos más despectivos y las voces más destempladas. Suyo, sobre todo, el cepo en el que han caído

muchos de sus contrincantes. Nadie, sin embargo, quiera confundirlo con aquellos que tiran la piedra y

esconden la mano. A lo largo de la campaña ha actuado Guerra a cuerpo gentil, diciendo hoy lo uno y

mañana lo otro... en la seguridad de que por éste y aquel lado iba a picar (y a picarse) el rival de turno.

Sirva de botón de muestra el que a seguido se cose (no sé bien) o descose.

Luego de haber llenado de procacidad verbal el ambiente «electorero», decidió Alfonso Guerra recurrir a

la imagen de la pulcritud sin que tardara Manuel Fraga en morder el anzuelo y blandir la fregona. «Hemos

limpiado el patio de la economía española», declaraba en Utrera el peregrino «vice». Horas después, el

fogoso candidato aliancista requería en La Coruña el voto a tenor de este pregón: «Vais a colocar en

nuestras manos la escoba que hace falta para limpiar a España.» ¿A qué viene empeño tal de uno y otro

bando en dejar reluciente el suelo español? ¿Tantas son las capas de cieno que lo cubren como para no

reconocer, si alguna vez lo hubo, el firme originario?

Conocida es la fábula de la ciudad sucia y el gobernante limpio, y nada difícil de desprender la moraleja.

Cuentan que en una ciudad de la India, distinguida por su suciedad, hubo un gobernante dispuesto a

adecentar sus calles. Y, así, ordenó al vecindario levantar el barro secular que las cubría para luego

adoquinarlas debidamente. Meses y meses emplearon los vecinos en la tarea..., hasta que al fin, y ante su

propio asombro, apareció un adoquinado perfectamente mantenido... gracias al lodo históricamente

superpuesto. Consultado el archivo municipal —concluye la historieta—, se descubrió que en tiempo

remoto había existido otro gobernador, preocupado por la limpieza urbana.

¿Aspira alguien de por aquí a tan pulcra labor de gobierno? «Hemos ¡impiado el patio», predicó don

Alfonso a las gentes de Utrera para al punto advertirles del peligro de inmundicia: «Si ahora llegan al

poder los Fraga, Suárez, Roca o Garrigues van a ensuciarlo otra vez.» Y don Manuel, que lo oye, va y

espeta al electorado coruñés: «Vamos a ganar en España, y en Galicia vamos a barrer, porgue barriendo

en Galicia vais a colocar en nuestras manos la escoba que hace falta para limpiar a España.» ¡Feliz

coincidencia de fin sobre tanta discrepancia de principio! Pues a barrer; a ver si entre todos descubren el

substrato de la patria y la candida mano del que la fundó.

¡Quién diría, tras lo oído en la arena del mitin, que «elección» y «elegancia» responden a una misma raíz

etimológica y que «candidato» deriva directamente de «candidez». En la antigua Roma le era preceptivo

al aspirante a cargo público usar túnica blanca (y lenguaje digno) como signo externo de decencia. El

«candidato» (el ataviado de blanco) tenía que dejar a la vista el indicio, al menos, de pulcritud interior.

¿Se imagina usted a Alfonso Guerra luciendo albo y simbólico ropaje? Ni a él, ni a ninguno de los que de

él tomaron mal ejemplo en la «refriega mitinera». Escoba, pala y cubo por todo o mejor adorno... y a la

busca del subsuelo patrio (que a lo mejor hay petróleo).

 

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