Autor: Gutiérrez, José Luis. 
 Especial: Balance electoral. 
 Adolfo Suárez: Ahí está...     
 
 Diario 16.    25/06/1986.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

COMO la puerta de Alcalá,

Adolfo Suárez resiste impertérrito el paso del tiempo, incólume, con apenas algún desconchón en la

fachada a causa de los obuses de la pasada conflagración.

Su campaña y el apoyo recibido por parte del Gobierno a través de la televisión hicieron el milagro de los

diecinueve escaños y casi dos millones de votos.

Nada más iniciarse la pre-campaña, las espadas estaban en alto. El segmento electoral del centro, de

dimensiones ciertamente limitadas, sólo permitía la existencia de un claro representante, tal como había

ocurrido en las elecciones gallegas, donde el reformismo dejó sin un solo escaño al CDS de Suárez.

Pero la amenaza del duque —«nos veremos en las generales»— se materializó y el PRD quedó

literalmente barrido, con apenas doscientos mil votos.

Conscientes de la amenaza de un partido de centro, los socialistas optaron por potenciar a Adolfo Suárez

frente a Roca. Los gruesos errores estratégicos del reformismo y la inteligente campaña de Adolfo Suárez,

Adolfo Suárez: Ahí está junto a su gran atractivo personal, hicieron el resto, «o he traído la democracia a

España; a mí me expulsaron del poder las fuerzas económicas, y el único que ha dado muestras de

valentía personal aquí soy yo.» Estos fueron los tres mensajes principales, sencillos pero eficaces, de su

campaña.

Medios conservadores estiman que la postura de Adolfo Suárez de oposición al PSOE fue pura

simulación, pactada entre Alfonso Guerra y Suárez, y que la virulencia de los ataques no fue debida a otra

cosa que a la necesidad de destruir la imagen de dependencia del PSOE que el CDS tenía.

¿Fue involuntaria la alusión de Benegas al 23-F, que disparó la cadena de acusaciones y hasta de insultos

entre Guerra y Suárez, o fue algo previamente calculado como suele ser habitual en el PSOE?

Lo que no fue, desde luego,

José Luis Gutiérrez

habitual fue la comparecencia ante las cámaras de Suárez, durante ¡más de una hora!, en el programa de

Mercedes Milá. Ahí se inició la ascensión del CDS a los escaños.

Las bases de la sospecha de connivencia entre Suárez y los socialistas las establecen los conservadores en

el itinerario de Suárez a lo largo de estos cuatro años de travesía del desierto.

Adolfo Suárez votó la investidura de Felipe González, gesto nada habitual en las democracias, con el

vencido apoyando a quien le pulverizó políticamente. Asimismo, el recorrido legislativo del CDS ha sido

de colaboración con los socialistas. Adolfo Suárez llegó a desautorizar al catedrático Jiménez de Porga,

miembro del CDS, cuando éste se opuso a la reforma judicial del Gobierno socialista y sus intervenciones

en los debates sobre el Estado de la nación nunca han sido críticos hacia González.

Suárez respaldó también el decálogo y aunque González le pidió su apoyo en el «sí» y no lo obtuvo,

tampoco llegó a pronunciarse a favor del «no» como exigían algunos dirigentes del CDS. Si Suárez

hubiera dicho «no» a la OTAN, el Gobierno muy posiblemente hubiera perdido el referéndum. Y,

finalmente, los conservadores añaden otro dato que, según ellos, prueba la colaboración secreta de Suárez

y el PSOE: en todos los Ayuntamientos, Diputaciones o Comunidades Autónomas en los que el CDS

tiene algún concejal, diputado o parlamentario con capacidad de ser «bisagra», los suaristas han apoyado

en todas las ocasiones al PSOE.

Sin embargo, para todo esto tiene explicaciones el duque. En primer lugar, su silencio y falta de critica

puede venir impuesto por ese mal entendido «sentido del Estado», que afecta muy especialmente a los

políticos del régimen anterior, que les impide intensificar las críticas para «no desestabilizar el sistema».

El PSOE nunca ha tenido tales complejos.

En segundo lugar, su propia insignificancia frente al inmenso poder del PSOE. Y en ciertas ocasiones,

Suárez, ha recibido algún aviso serio por parte del poder, como aquella extraña «confusión» de un

denunciante de UGT, del despacho del Duque con el de su cuñado, Aurelio Delgado. O la información

filtrada a una revista sobre las deudas del duque —procedentes de los créditos obtenidos de bancos de

Rumasa— con el -Estado como acreedor.

Sin embargo, quienes conocen a Adolfo saben de su indes-mayable condición de luchador, muy

escasamente acorde con el pactismo secreto y vergonzante del que le acusan, aunque haya sabido

aprovechar con habilidad las ventajas que se le han ofrecido.

Y, en cualquier caso, su conducta parlamentaria se desvelará en breve.

Un caballero regresa a la política.

 

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