Autor: Rodríguez, Pedro. 
   La Corona     
 
 Hoja del Lunes.    19/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

HOJA DEL LUNES DE MADRID

La Corona

Escrito en España

POR fuera se le ve, a lo lejos, más delgado, más moreno, más enjuto. Debe ser la muñeca de Santana. Por dentro, dicen, mucho más vital, optimista, animado, casi, dicen, feliz. Sigue sin fumar, dicen, y ha dejado las corbatas de animales, aquellas que fueron como las banderas permanentes de la transición. El castellano de !a Reina se ha hecho perfecto; las dos niñas, mujeres, y, bueno, Felipe, et grumete de este barco, el que algún día será rey Felipe y podrá tener un presidente que se llame Felipe, sube al helicóptero sonriendo, después de doce horas escuchando discursos, alcaldes e himnos, y murmura: «Jo, qué día, papa.» LA Corona. La Corona, cuatro años y medio después. Se les ha atascado el carro a los políticos profesionales y todos hemos vuelto los ojos a la Corona. Invitaciones, insinuaciones, artículos, cartas, me imagino, planes, tentaciones para que la Zarzuela meta Id cuchara en el puchero político. Para que saque las castañas del fuego. Para que se encienda la lucecita. Para que comience el baile finisecular de los

presidenciables. «No es esto, no es esto.» Nos van a volcer a suspender en !a asignatura pendiente de la democracia un siglo más. La Corona terminó su oferta al país echando la firma al pie de la Constitución.

Creo yo. Al día siguiente tenían que haber sido los políticos quienes hicieran sus ofertas a la sociedad española. Hayan su Juego. Busquen sus clientelas. Redacten sus programas no sobre metafísica, sino sobre ef precio de los crudos o la OTAN, por emjeplo. No esperen a 1983 para tomar cuatro notas en la solapa de su sobre, hacer tres frases, sacar un dossier y presentarse, «pret-a porter», a las urnas. Este es un país mesiánico: es más fácil esperar, esperar, esperar día y noche a que alguien se cargue a un presidente y ponga a otro y volver a empezar et juego. No, mire usted. La francología, con Franco. La democracia es un invento diseñado con palancas de sobra, al alcance del Gobierno, del partido en el poder, de la oposición, de la prensa, de los sindicatos y de tos grupos de presión para corregir los errores sobre la marcha. No me diga usted que la democracia se ha atorado, cuando está prácticamente sin usar. Cuatro años y medio después no se puede pedir a una Corona, a la que los propios políticos han amputado no pocas atribuciones, que saque el cetro con el dedo índice enhiesto, baje a la arena a cortar cabezas y a armar caballeros. Oiga, no. Otra cosa es que un partido de los que forman el espectro del Estado se quede sin líder o sea .incapaz de sacar un líder. Entonces, probablemente, la Jefatura del Estado no tenga más remedio que tutelar el nacimiento de un presidenciable. Estoy seguro que para esa hipotética situación, para otros varios tipos de situación, incluyendo las de «shock», la Corona tiene en sus cuadras desde hace mucho, previsoramente, varios biotipos de políticos y estadistas que probablemente nunca tengan que tornar la salida.

O E supone que la Corona tuvo desde el principio una agenda, un «timing» y un «planning» del cambio. Que no hemos llegado en cuatro años y medio a los límites calculados de resistencia. Que si se hubieran detectado grietas graves en el Estado había preparadas fórmulas inmediatas. Que si en 1976, cuando se levantó definitivamente la tapa de aquella olla expres, se le tira de las riendas al país o se le tasca el freno, estoy seguro, hubiéramos salido todos por las orejas. Ah, si el gran cambio se hubiera podido pactar antes de la muerte de Franco... Pero el toro que está en el ruedo es de los políticos. Nadie tiene, pienso yo, el monopolio de la vida española. La tremenda soledad de los atardeceres de la Zarzuela es la soledad del corredor de fondo: el joven Rey, muy, muy profesional, que sabe que tendrá que convivir con diez, doce, quince presidentes de aquí al año 2000, y que unos tomarán café, y otros harán la venía a su manera, y otros no querrán gobernar en la Moncloa, y otros provocarán debates, follones, polémicas, crisis, y a los españoles, después de cuarenta años de nunca-pasa-nada, nos parecerá, como ahora, que el mundo se viene abajo porque el economista Paco Ordóñez discuta con el abogado

Adolfo Suárez. Supongo que ése es el drama de la Corona, de todas las Coronas democráticas: no poder estar con nadie, ni siquiera con los hombres jóvenes con tos que se ha hecho durante cuatro años la travesía del desierto. Los restaurantes madrileños se estremecen cuando en la tenebrosa bolsa del rumor sube o baja la relación Corona-Moncloa, sin querer aprender ni admitir que aquí no hay, repito, más

carisma, ni más fuente de poder, ni más favoritismo, ni más caídas en desgracia que la ley D´Hondt y la religión de la Mitad-Más-Uno. La política, y la cirugía, y el boxeo hay que dejarlo para profesionales only, y el poder no baja ya, gracias a Dios, de los palacios, sino de las urnas.

I A Corona. Una de las pocas cosas que han quedado sin deteriorar en este tremendo «túrmix» de los cuatro años. Ha pasado el hermoso tiempo en que la Zarzuela era, al atardecer, un país chiquitín, por el que circulaban todos los españoles, vinieran de donde vinieran, «con tal que tengan pasaporte», y que hacía quejarse, no sé si respetuosamente, al ministro de la Gobernación. Fracasó el intento de secuestro político de don Juan Carlos de Borbón precisamente porque siempre ha huido del encastillamiento y del agujero y ha sabido coger la moto o hacer la ciaboga a tiempo. Ahora, allí, dicen, la información es buenísima, y la comida, regular. Desde allí, dicen, se ve la democracia como desde la torre de un apagafuegos: como un inmenso bosque por el que vagan, en emboscadas, los políticos, como niños que no se atreven, aún, a explorar, a usar, a vivir, a fecundar la democracia, esa sirena varada.

Pedro RODRÍGUEZ

 

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