Una fecha grande para la democracia     
 
 ABC.    23/05/1980.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

OPINIÓN

VIERNES 23-5-80

UNA FECHA GRANDE PARA LA DEMOCRACIA

Pensamos que la de anteayer fue una fecha gránele para la democracia. No porque

deseemos ver salir triunfante la moción de censura presentada por Felipe

González ni porque hayamos quedado prendidos en la emoción y el morbo de su

primer careo directo con el presidente, sino porque por primera vez en la

transición hemos visto materializarse de forma plena ese difícil ideal del

Gobierno del pueblo, para el pueblo y por e) pueblo, en el que tan

acendradamente creyeron quiénes primero utilizaron este mismo seudónimo

colectivo.

En más de una ocasión hemos reivindicado el concepto de «democracia formal», tan

despectivamente zarandeado desde posiciones totalitarias, porque creemos que la

esencia de la democracia está en sus formas", en ese entramado procedimental que

siempre provee equilibrios y contrapesos frente a .todo posible abuso de Poder.

De ahí nuestra alarma ante la pervivencia de hábitos, usos y maneras propios del

antiguo régimen que había dejado traslucir la dinámica política de las últimas

semanas. Muchos de quienes atacaban al presidente lo hacían con la íntima o

declarada esperanza de influir en un designio digital superior con supuestas

capacidades taumatúrgicas. No menos providencialistas eran casi todos los

defensores del jefe del Gobierno, pues se han obstinado —inverosímilmente— en

presen-tárnolo cual turgente azalea en medio del lodazal.

El ansia de paternalismo seguirá anidando en sus conciencias, pero esperamos que

en adelante sean más cautos al exteriorizarla. Lo ocurrido el miércoles en el

vetusto palacio de la Carrera de San Jerónimo ha abierto los ojos de los

ciudadanos a una nueva realidad: la- realidad de que el sistema constitucional

es capaz de proporcionar siempre instrumentos de racionalización y clarificación

de la pugna política.

Cuando el jefe del ejecutivo puede ser criticado, replicado, interpelado,

asediado y censurado ante las cámaras de la televisión es obvio que por mucho

que se empeñen algunos de los allí empleados y algunos de sus vates el arcano de

la Moncloa jamás podrá llegar a ocupar en nuestro subconsciente colectivo el

lugar asignado al arcano del palacio del El Pardo.

Al servicio de esta idea consideramos imprescindible que los españoles les

tengan la misma oportunidad de seguir a través de la pequeña pantalla el debate

en torno a la moción de censura en el que e! gran protagonista no será ya el

presidente Suárez, sino su sucesor en potencia. De la misma manera que el pueblo

tenía derecho a saber cuáles eran los propósitos del Gobierno, el pueblo tiene

ahora derecho a saber qué propone en su lugar la oposición.

Algunos pusilánimes en las formas, grandiosos déspotas de corazón, han insinuado

ya o están a punto de hacerlo que una democracia joven como la nuestra no puede

soportar espectáculos con tantas aristas como los violentos choques del jefe del

Ejecutivo con los señores Carrillo y González a propósito de temas tan

escabrosos como la actividad de los servicios secretos o la negociación con ETA.

Todo lo contrario. La única terapia para que nuestra democracia-supere su

adolescente crisis de identidad pasa por la posibilidad de tirar siempre de la

manta e ¡luminar hasta los más recónditos rincones de la Administración, en

radical contraste con el escaso margen de transparencia hasta ahora vigente.

Esta vía de análisis nos hace conectar y concordar con uno de los más señalados

aspectos del brillante discurso de Felipe González, Si exageradamente el propio

líder socialista ha advertido que la democracia se pudre y a nadie le ha

parecido descabellada la idea, es entre otras razones porque el Gobierno está

dejando pudrirse algunas de las libertades básicas de la persona y en especial

la de expresión. Sin entrar en casos. particulares, es cierto que en las

Redacciones de los periódicos, en los ambientes artísticos y creativos vuelve a

respirarse el tufillo de la autocensura que durante una década siguió, en la

última etapa del franquismo, a la censura plena.

Muchos nos tememos, en cambio, que difícilmente podremos sintonizar con algunas

de las definiciones que el lider del PSOE eludió anteayer, pero no tendrá más

remedio que encarar en lo que será su propia investidura. Desgraciadamente, el

proceso de adaptación de las ofertas socialistas, en materia económica, de

política exterior o de defensa a las necesidades reales de los españoles está

resultando mucho más lento que el de Felipe González a sus demandas éticas y

estéticas.

Ese mismo «si, pero...» es el que no nos queda otro remedio que proyectar sobre

Adolfo Suárez. Aquí las luces y sombras se invierten. ¿Cómo no vamos a estar de

acuerdo con la mayoría de las buenísimas intenciones catalogadas en los casi

noventa folios que leyó el martes? ¿Por qué vamos a creer, sin "embargo, en su

capacidad de llevarlas a la práctica cuando su trayectoria hasta hoy y la propia

Ineficacia exhibida ahora al presentarse ante la opinión públicas habían

apabullante-mente en su contra?

Nuestras reservas ante cuanto hoy por hoy representan las dos grandes figuras

del retablo no implican, a diferencia del análisis que hubiéramos tenido que

hacer la semana pasada, una ausencia de horizonte. La gran virtualidad de lo

ocurrido en estas dos jornadas inolvidables y en especial del gesto del líder de

la oposición, radica en el hecho de que la clase política y el pueblo español

han quedado situados al comienzo de un proceso de sinceridad y reflexión. Pocas

cosas pueden suceder en las ciento veinte horas de tregua abierta ahora por la

Constitución. Confiamos, en cambio, que el paréntesis de ciento veinte días que

en seguida nos impondrá un verano qué los meteorólogos anuncian especialmente

seco y caluroso, sirva para determinar esa mayoría, ese programa y ese líder que

en distintos momentos se ha reclamado con esta firma. PUBLIUS.

 

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