Autor: Gómez Ortiz, Manuel. 
   Mercadillo del pueblo     
 
 Ya.    29/05/1980.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

nacional 29-V-

1980

El tragaluz

MERCADILLO DEL PUEBLO

Le quieren desmantelar los grandes almacenes a la UCD y montar un mercadillo

del pueblo al aire, con la clara y legítima intención de asfixiar a don Adolfo

Suárez, quien a la manera de un microorganismo anaerobio parece que no puede

soportar el oxígeno y se halla más a gusto en las madrigueras de los pactos

secretos, desde donde hizo una transición prodigiosa, que luego no ha continuado

con igual fortuna.

Primero había que poner en la picota al Gobierno y el encargado fue don Alfonso

Guerra, vicesecretario del PSOE, que asumió, una vez más, el papel de malo y

desde el podio se arrancó con unos tanguillos, tras aclarar que la moción de

censura «es un mecanismo para juzgar al Gobierno», además de servir para

cambiarlo y colocar otro en el banco azul, amén de proclamar que se había

acabado el desencanto en este país, en el punto y hora que sonó el clarín del

debate.

Allí fueron de oír los jipíos del señor Guerra, jaleando al señor González, poco

menos que gritando «hele, Felipe», y los quiebros de entonación para proclamar

que «mal, Suárez», cosa, por otra parte, compartida por buena parte de la

opinión pública. Que si para Suárez «la democracia es un mal a soportar», que si

la mitad de los ucedistas se entusiasman con Fraga y la otra mitad con Felipe,

que si el presidente del Gobierno no cumple, que si «Rosón es un teórico galante

del orden público». Y así todo unos juegos florales de indirectas, más o menos

venenosas, un tanto inanes en sus efectos. Más hondo se clavaban las denuncias

contra Televisión, que según el diputado socialista paga hasta el cacao de

Guinea en sus facturas de programación; las referencias a la reforma fiscal que

pesa sobre los más débiles, según sus palabras; las «rebajas» que busca para los

empresarios la CEOE en los pasillos del Ministerio de Hacienda.

Y seguía y seguía el señor Guerra, con cara de fraile ayunador y humor más bien

bilioso, mientras señalaba los defectos, la mercancía adulterada que ofrece la

UCD. Para rematar, en fin, que el señor Suárez es incapaz de dirigir los

destinos de España.

De «incapacidad argumenta!» tilda don Rafael Arias Salgado a la intervención del

señor Guerra, y de «supina ignorancia» en crítica constructiva, mientras cita el

mayo francés, y sitúa a la

moción no en los campos del gesto moral, si no llanamente en los de la

confrontación política, aunque precisando que esta moción de censura «no es

seria». Y lo argumenta con cifras, datos y consideraciones, más ciertas

acusaciones al PSOE sobre el secreto de la Cámara, que no respetan los

socialistas, a su juicio. Apunta algunas contradicciones en los planteamientos

del señor Guerra. Da la impresión de que el señor Arias Salgado ha estudiado los

datos y que el señor Guerra, en cambio, ha picoteado; claro que éste en los más

sabrosos y llamativos y el otro en estadísticas, siempre plúmbeas, y expedientes

nada ligeros; mientras el socialista ironiza con pinchazos, el ucedista ironiza

con informes de realizaciones. Lo que resalta claro es que el señor Arias

Salgado no contesta, eso sí, a los asuntos más vidriosos planteados por el

socialista. Y concluye que don Felipe González quiere ser presidente del

Gobierno sin pasar por las elecciones generales.

El señor Guerra replica con palabras como «cinismo», «pesebre político»,

«mentira», alusión a Fuerza Nueva, con saludo de don Blas Pinar desde su escaño.

Y ahora se muestra el socialista más aburrido, ya que ha abusado del aguijón y

ya apenas hace pupa, pues jugar al ogro gracioso desgasta mucho, aunque nunca

pierde cierta gracia del lodo. Apuntilla que la moción de censura no daña al

país, sino al Gobierno.

Y contesta el señor Arias Salgado que la corrupción y el robo hay que

demostrarlos. Le pide al señor Guerra que controle su lenguaje. Y sentencia que

«en este país el franquismo ha muerto».

Hace mucho calor y pesa este lenguaje chato que se practica. La cosa se anima

cuando el señor Carrillo —aludido por el señor Arias Salgado el partido

comunista— toma la palabra y asegura que UCD estuvo dispuesta a gobernar con los

votos del PCE y da pelos y señales. El señor Abril responde que se confunde.

El señor Suárez matiza. El señor Carrillo se reafirma. Y ahí queda eso. Un

contragolpe de la izquierda para quienes sacan a la luz los temores al

frentepopulismo. Duro martillazo comunista a los grandes almacenes de la UCD.

Luego, casi dos horas del discurso de don Felipe González, con una exposición

que huele a honesta, a quererse bajar a detalles para que no le acusen de

vaguedades, a pormenorizar en todos los graves poblemos de España y las

soluciones que trae en su cartera; pero intervención premiosa, aburrida —pidió

perdón por la lentitud y la pesadez—, muy germánica, quizá por sus buenas

relaciones con la gente socialista alemana. Nada de brillantez. Quizá era

necesario y oportuno. De todas maneras, uno no entiende por qué se confunde la

seriedad, y basta la densidad, con la necesidad de aburrir, porque en caso

contrario se entiende que no vale nada el asunto.

Mañana seguirá la oferta y contraoferta de los restantes grupos para apoyar o no

la moción de censura, y se cerrará este mercadillo del pueblo —por esta semana,

al menos— con la votación.

Veremos quién le moja la oreja a quién.

Manuel GÓMEZ ORTIZ

 

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