Autor: Júcar, Raul. 
   La tarde en que pudo caer el Gobierno de UCD     
 
 Mundo Obrero.    22/05/1980.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Al vuelo

RAÚL JUCAR

La tarde en que pudo caer el Gobierno de UCD

Felipe González, en la tribuna, avanzaba hacia los cincuenta y cinco minutas de

discurso. Adolfo Suárez, en el banco azul, impecable y grave, fumaba. Con el

lenguaje cadencioso del Sur, el secretaría general del PSOE, bajando el tono,

con un suave temple, canto un susurro, dejó caer en la Cámara las siguientes

palabras: «Ustedes no lo han hecho bien. Ustedes han perdido la credibilidad del

pueblo. El PSOE va a presentar un voto de censura.»

Santiago Carrillo, después de tragarse el humo del cigarro, miró con atención al

presidente, que en este momento estaba ligeramente verde, como los toreros en el

portón de cuadrilla. Hubo revuelo en ¡os pasillos del Congreso. Ante las cabinas

telefónicas, los periodistas leían la moción de censura, apenas cinco folios, en

la que el Grupo Socialista, acogiéndose al articulo 113 de la Constitución, y

«constatando que el presidente Suárez y su Gobierno, tras un año de poder

constitucional, han incumplido los compromisos», exigía la responsabilidad

política mediante la presentación de censura e incluía como «candidato de la

presidencia a Felipe González».

La tarde pesaba en los pasillos del Congreso como una manta mojada. Es la

primera vez, en la historia de la democracia del 15 de junio, en la que se pide

la destitución de un Gobierno. Entre un cuento de la lechera y una posible y

bella utopia; periodistas y parlamentarios cuentan escaños para una posible

mayoría de apoyo. Los cinco folios en que se procesa políticamente al presidente

Suárez y a su Gobierno buscan un efecto moral y una hipotética mayoría de votos

para construir un nuevo Gobierno.

«A los nacionalistas — dice Guerra en la puerta del hemiciclo— les va a costar

trabajo no apoyar la moción después del corte y recorte del techo autonómico.»

Fraga Iribarne, que moqueó de un derechazo en parte al Gobierno de UCD, se

convierte en uno de los arbitros de la situación. Posiblemente busque una

entrada en el Gobierno como precio al apoyo a Suárez.

«¿Habrá carteras, en caso de un casi imposible nuevo Gobierno al de UCD, para

los comunistas»?

«Es pronto — dice Guerra— para contestar. Estamos tanteando a los diferentes

grupos.»

«¿Con Fernández Ordóñez?»

«Hablaremos con todos», dice Guerra.

Simón Sánchez Montero se muestra favorable a la moción de censura, pero echa de

menos en el discurso de González una alternativa política de Gobierno.

La cálida tarde de mayo, en la que los socialistas pidieron el fin del Gobierno

de UCD en el Congreso, fue la del día 21 de mayo de 1980. En el escaño, Jiménez

Blanco, como un Solís tardío, mirando al pálido Gobierno que se sentaba en el

banco azul, despotricaba con bravuconería: «El PSOE no tiene más alternativa que

la crítica, desde una perspectiva ridicula de partido. Incongruencias del PSOE,

las que quieran ustedes.»

«Alguien tiene que dar en este país una lección de que puede haber una salida a

la situación de desencanto y de desgobierno», dice Yáñez en ¡a sala de prensa.

Cuando escribo está reunida la Junta de Portavoces.

«El Travolta está acojonado», dice Gutiérrez, de «Cambio 16», refiriéndose al

presidente Suárez.

No ha caído la Bolsa, porque la Bolsa estaba en la siesta. Han repiqueteado los

telex. Las golondrinas hicieron su ballet estrellándose suavemente en la esquina

del palacio de San Jerónimo. La izquierda parlamentaria no esgrime la utopía,

sino un alegato moral, casi desesperado, contra un Gobierno que se muestra

gastado, viejo, decrépito, para gobernar a un nuevo país que quiere temblar su

historia. Pero, al fin, la tarde en la que pudo caer el Gobierno de UCD sólo era

un agradable sueño en la siesta nacional.

 

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