El debate parlamentario     
 
 Mundo Obrero.    22/05/1980.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Jueves, 22 Mayo 1980

revista de prensa

El debate parlamentario

La prensa, sus editoriales y comentarios son en cierta medida un reflejo de la

situación en que se debate el Gobierno tras la primera sesión del Parlamento. Se

podría, inicialmente, sacar una conclusión. Dejando a un lado la prensa «ultra»,

como «El Alcázar», que quisiera hundir el templo con todos sus filisteos y no

filisteos, sólo han apoyado, aunque con matizaciones, al Gobierno los periódicos

derechistas de Madrid «Ya» y «ABC». Curiosa-menre, Abel Hernández, en «Ya», ha

empleado la calificación de que la exposición de Adolfo Suá-rez «ha resultado a

veces tediosa, y el estilo literario, deplorable».

Claro que en este aspecto son muchas las opiniones coincidentes. «El Pais»

titula su editorial: «El discurso del tedio». Y dice —seleccionamos el párrafo

inicial y el último— lo siguiente:

«En política, muchos acontecimientos sólo se revelan cuando ha pasado largamente

el tiempo en que se produjeron; con respecto a la intervención presidencial de

ayer, quedará en evidencia dentro de unos meses, de un año, antes de 1983 en

cualquier caso, que la derecha española necesita aceleradamente reconvertir sus

líderes. La habitual y mágica capacidd de seducción y de resurgimiento de sus

propias cenizas de Adolfo Suárez naufragó ayer en un tedioso discurso, en su

mayor parte más digno de un político del antiguo régimen que del presidente de

un Gobierno democrático. Aunque bien es verdad que la • sociedad española, la

oposición parlamentaria, el propio partido del señor Suárez, no esperaban nada

espectacular. Sin duda, el apagamiento de Suárez se debe en buena parte a su

conocimiento de que la derecha española le está buscando sustituto. Este

presidente, irritado con la prensa, «nixonizado», recluido entre una guardia de

fíeles, puede encontrar, sin embargo, todavía el coraje preciso

para plantear al país con claridad sus auténticos problemas y sus verdaderos

propósitos. La sociedad le hubiera agradecido ayer a Suárez el valor moral de

haber ofrecido un programa de sangre, sudor y lágrimas, en lugar de los viejos

latiguillos del imperio de la ley, la fragilidad de la joven democracia y las

llamadas a la paciencia y al trabajo. Hoy quizá será todavía el tiempo. El

partido del Gobierno y su presidente necesitan borrar en la sesión parlamentaria

de este día la sensación de acoso y tedio que ayer produjeron.»

En «Cinco Días», su columnista, Federico Abascal, hace un comentario sobre el

debate en el que resalta, no con muy buena intención, el color azul —en toda la

gama de azules— del atuendo del presidente del Gobierno:

«Y resurgió Adolfo Suárez, estimulado por la cámaras de televisión, al iniciarse

ayer el gran debate parlamentario. De azul gamado —es decir, ataviado en gama de

azules: temo azul natié, corbata azul marino y camisa azul pálido—, el

presidente del Gobierno leyó durante muchos minutos —al gentío le parecieron

muchas horas— un discurso programático elaborado por su equipo de pensamiento.

En el discurso, enormemente largo, hay atisbos de coherencia y farragosidad

inconcebible. Una primera Impresión lo califica de "speechz" de investidura, de

defensa propia -la defensa de su gestión política desde el 15 de junio—, de

exhibición de buenas intenciones, con objeto de empedrar el Congreso de

proyectos de ley, de invitación al consenso... Santiago Carrillo, al final de la

sesión —que fue suspendida a las nueve y media, antes de que pudiera tomar la

palabra Felipe González, quien tendrá asi muchas horas para estudiar su

respuesta al Gobierno-, vino a decir, en escueta y acertada frase, que el señor

Suárez trata de endosar al Parlamento —refiriéndose a la nueva política

autonómica de la Moncloa— una decisión que ya ha tomado la UCD.»

«La Vanguardia», de Barcelona, en su editorial, tras señalar que todos los

líderes, desde Fraga a Carrillo, «aconsejan para esta hora un Gobierno de

mayoría más extensible», termina su columna con la siguiente afirmación:

«Pero, aún así, las soluciones a nuestros problemas sólo podremos encontrarlas

en nosotros mismos, tal como propone en esencia el señor Suárez, pero siempre

sobre la base de un entendimiento general de una gran mayoría que fuera deseable

saliera de este gran debate de duras y necesarias sinceridades, encaminadas a un

idéntico objetivo patriótico: salvar al país y su democracia de las difíciles

circunstancias en que se encuentra.»

Es interesante, y no nos resistimos a recoger el tema, que Jaime Campmany —

¿quién ha olvidado lo que fue, que es lo mismo que es ahora?—, en su crónica

sobre escenas parlamentarias, con que satisface a los más fascistas lectores de

«ABC», trata de sintetizar la intervención de Santiago Carrillo con la siguiente

frase: «Sobre todo, el hecho de que hace algunos años un capitán, de no se sabe

qué cuerpo, entró en no se sabe qué domicilio, de no se sabe qué militante

comunista para hacer no se sabe qué cosas.» Parece mentira. Al señor Campmany le

parece extraño y poco trascendente lo que dijo el dirigente comunista.

Claro es que él estaba acostumbrado a que ocurriese eso en la época en que él

escribía loas, más o menos cursis, a la situación y a los personajes que en

buena parte ya han desaparecido. Pero el señor Campmany debe comprender que su

ideología está desfasada y que también está desfasada la actitud de los que

creen que se puedan hacer hoy día esas «no se sabe qué cosas». Y que hoy existe

una Constitución, aunque no le agrade al señor Campmany.

 

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