El cuarto Gobierno Suárez     
 
 ABC.    03/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. SÁBADO, 3 DE MAYO DE 1980. PAG. 2.

EL CUARTO GOBIERNO SUAREZ

Con la publicación de la «lista», con el anuncio oficia! de la composición del

nuevo Gobierno —el cuarto—del presidente Suárez, se ha cerrado, en principio a!

menos, una parte de la crisis política que tanto UCD como la Administración

arrastraban desde hace aproximadamente un mes. Ha sido la crisis más larga

padecida en los últimos años, despertando expectativas y esperanzas

espectaculares —pese a los deseos de sus auténticos protagonistas, el presidente

Suárez y el vicepresidente Abril— que se han traducido, de momento, en un simple

cambio de nombres. Bien pudiera decirse, sin necesidad de subrayar

peyorativamente la definición, que la tensión engendrada en las últimas semanas,

con amplias repercusiones en todos los terrenos, se ha resuelto como un

auténtico parto de los montes. Ni pactos políticos —con vascos y catalanes, por

ejemplo—, que podrían ayudar a la estabilización parlamentaria del Gobierno, ni

movimientos de importancia —por la relación y funciones de los nuevos miembros

del Gabinete— en la estructura del mismo; apenas una remodelación ligera con la

que, según todos los indicios, se piensa aguantar los temporales por los que ha

de atravesar la nave del Estado, hasta llegar al Congreso de UCD, previsto para

él próximo mes de octubre.

Socialdemócratas y liberales de UCD han quedado prácticamente apeados de

responsabilidad de Gobierno; continúan mandando los «hombres del presidente» y

se adivina tormentosa la sesión parlamentaria del 13 de los corrientes, fecha en

la que Adolfo Suárez habrá de dar consistencia y explicación de su política,

traducida hoy más por esos nombres que permanecen que por esos otros que se

incorporan a las tareas de Gobierno.

La crisis de partido, por otro lado, continúa abierta, con la esperanza de una

consolidación de las fracturas producidas últimamente, representada por el

cambio en la Secretaría General, por la prevista incorporación de Rafael Calvo,

ex ministro de Trabajo, a la misma.

Empresa llena de dificultades será, para el prometedor y nuevo secretario

general, reducir distancias y conseguir la necesaria homogeneización del

partido.

En el sector económico, las cosas permanecen prácticamente como estaban.

Continúa asumiendo la vicepresidencia del mismo el señor Abril Martorell, con

las cantadas sustituciones de los titulares de Comercio y Turismo y de Industria

y Energía, señores García Diez y Bustelo —que dieron medida, especialmente el

primero, de sus brillantes condiciones para sus respectivos puestos—, por los

señores Gamir y Bayón. Con ligero bagaje administrativo el uno y con más amplio

«curriculum» de actividades, políticas y empresariales, el otro, acaso no quepa

aguardar demasiadas novedades por parte de ambos, habida cuenta de que

permanecen los esquemas de actuación y los criterios que a tantas críticas

dieron lugar en el pasado más inmediato, y de que resulta difícil imaginar que,

de los mismos responsables del sector, puedan derivarse planteamientos distintos

para la solución de los problemas, que continúan sin variaciones sustanciales.

En el área del orden público y de la seguridad ciudadana se ha producido,

asimismo, un cambio que mantiene una expectativa de mejora, la posibilidad de

acciones más directas y efectivas —siempre que lo permita el difícil equilibrio,

entre lo político y lo policial, que el Gobierno ha de mantener—, al suceder en

el Ministerio del Interior, al teniente general Ibáñez Freiré, el hasta ahora

gobernador civil de Madrid, Juan José Rosón, Cuando se vislumbra una intención

definida de profesionalizar la acción de los Cuerpos policiales, la presencia de

un elemento civil de la brillante ejecutoria del señor Rosón Pérez resulta

oportuna y coherente. Su nombramiento puede considerarse uno de los pocos

aciertos en la solución de la crisis.

El proceso autonómico, que debe ser estructurado con decisión y congruencia, sin

derivación de las competencias de la cartera correspondiente hacia otros

terrenos de la Administración, ha sido encargado a quien, hasta hace unos días,

parecía ocuparse de ello simultáneamente con otros cometidos. El señor Pérez-

Llorca, uno de los hombres más afines al presidente Suárez, conocido por sus

dotes de duro negociador y por sus saberes jurídicos, puede ser quien consiga

del Gobierno que éste adopte una postura clara en tan trascendental asunto,

hasta el punto de despejar las numerosas incógnitas que presenta.

La duplicación de los ministros adjuntos —los señores Ortega y Díaz-Ambrona y

Martín Retortillo— no parece responder, en puridad, más que a una distinción

personal para quienes venían desempeñando tareas análogas a las que habrán de

desempeñar, con menor categoría administrativa. Aunque con su existencia se

reduzca aún más el contenido del Ministerio de la Presidencia, a cargo desde

ahora de Rafael Arias Salgado, quien, también teóricamente, asciende al pasar de

ministro adjunto a ministro a secas. Los demás cambios o permutas no resultan

especialmente significativos en el nuevo concierto gubernamental, aunque algunos

nombres, como el de José Luis Alvarez, sí lo sean por sí mismos, ya que el ex

alcalde de Madrid dio cumplida muestra de sus capacidades y aptitudes en el

citado cargo.

Con todo, el cortejo de confusión, de desorientación que ha rodeado a la crisis,

entre rumores interesados, titubeos presidenciales y desmentidos

vicepresidenciables, se ha mantenido hasta el último momento.

Hasta ese minuto postrero, antes de la comunicación oficial, se han prolongado

las incógnitas de los nombres o de los cargos. Esa sensación de indecisión, de

falta de seguridad, es uno de los lastres más graves con los que nace el nuevo

Gobierno, del que sólo podrá desprenderse —cabe aquí la reiteración— a base de

claridad y de firmeza.

 

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