Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
 Hora punta. 
 La hora del cambio     
 
 El Alcázar.    22/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL ALCÁZAR / 22 mayo 1980

Opinión

La hora del cambio

SUCEDIÓ lo que tenía que suceder: el consenso ha caído, hecho mil pedazos, sobre

el hemiciclo del Palacio de la Carrera de San Jerónimo. La Moción de Censura

socialista sustituye a los pactos y a los enjuagues de ayer mismo. Felipe

González se yergue como candidato a la Presidencia del Gobierno y la amenaza de

Santiago Carrillo, en su intervención del martes, queda como una espada de

Damocles pendiente sobre la cabeza del pueblo felizmente liberado por las

operaciones del cambio y la ruptura:

«Antes de que caigan las hojas de los árboles esta Cámara será mayoritariamente

de izquierdas.»

Sucedió lo que tenía que suceder, lo que tantas veces se dijo desde estas

páginas. Las cartas están ahora boca arriba y nada nos alegra comprobar que

teníamos toda la razón: desde las elecciones mandó el marxismo y gobernó UCD.

UCD era un invento demasiado frágil para poder enfrentarse a una estrategia y a

una táctica —la marxista— que domina sobre los pueblos de más de medio mundo.

Toda la escandalera que se organizó cuando el PSOE «debatió» su línea marxista

corresponde a esa estrategia; como a esa estrategia corresponde, también, la

solemne declaración del PCE de renunciar a la conducta marxista-leninista que

tanto alegró a los más ilustres ingenuos del lugar.

He leído minuciosamente la Moción de Censura que se eleva contra el presidente

del Gobierno y estoy en condiciones de asegurar, sin titubeos, que la

suscribiría en su casi totalidad. Es más: brindo a los curiosos

un ejercicio, por otra parte harto sencillo: descomponer esa moción en

afirmaciones concretas y repasar la lectura de este periódico durante los doce

últimos meses. La coincidencia es milimétrica. Desde el incumplimiento de los

compromisos contraídos por la Presidencia del Gobierno («Puedo prometer y

prometo...»} hasta la inseguridad ciudadana y el terrorismo, pasando por la

caída vertical de la economía, de la tasa de crecimiento y el alza vertiginosa

del índica de paro. Lo único que diferencia la línea editorial de este periódico

de la Moción de Censura contra el presidente Suárez, es que para nosotros esas

afirmaciones constituían y constituyen afirmaciones de conciencia y no una

táctica de malabarismo político. Una táctica inteligente, ¡cómo dudarlo!, porque

ha consistido en obligar, mediante el consenso, al señor Suárez («tú presides,

yo mando») a cometer todos los errores y disparates que se enumeran en la

recitada moción. En esta hora de desorientación, a este periódico le cabe la

satisfacción de no haber sido cómplice, cosa que no podrán sostener

decorosamente otros colegas, acaso apesadumbrados en esta difícil coyuntura:

combatimos todo lo que hoy combate dialécticamente la moción socialista, pero no

participamos en los piquetes de huelga, en el desquiciamiento de la empresa, en

las amnistías y los extrañamientos, en la glorificación de la delincuencia o en

el crecimiento del paro. Las fuerzas parlamentarias, sí. Y algunos medios de

comunicación social, también. Todos colaboraron y con acento preeminente, los

grupos marxistas representados —quiéranlo o no en esta circunstancia de

escalada— por el PSOE y el PCE.

Las espadas no están en alto. No hay espadas. Hay una política menor que se

traduce en el Congreso de los Diputados o en el Senado cuando ha sido

premeditada, calculada y aceptada extramuros e intramuros del territorio

nacional. España va a vivir unos días expectantes. Suárez intentará otra vez el

milagro, pero si lo consigue será dramático para los españoles, pues consistirá

en obtener una prórroga del consenso y en concederlo todo a cambio de permanecer

en el Palacio de la Moncloa, o en el Palacio de El Pardo, según los últimos

rumores que circulan por los mentideros políticos. Si fuera tarde y no consigue

esa prórroga del consenso, mediante la entrega de esta feria de restos en que se

ha convertido España, gobernará el marxismo y entonces sucederá lo que tiene que

suceder, lo que Francisco Franco musitó un día en una conversación recogida en

un libro que dio mucho que hablar: «Si en España la Monarquía optase por una

versión liberal, al año tendríamos República; y, a los seis meses, comunismo de

forma irreversible.» No sé si los monárquicos viscerales o reflexivos habrán

valorado en su total dimensión la noticia difundida por ABC en su edición de

ayer, según la cual la masonería apoya al Rey de España para el Premio Nobel de

la Paz. Desde la intimidad de mi propio ejercicio intelectual, he valorado esa

noticia.

Como valoré en su momento la fractura de la unidad nacional, el hundimiento

económico, el crecimiento del terrorismo, la glorificación de la delincuencia,

la supresión de toda referencia divina en el texto constitucional y la abolición

del concepto de moral pública.

Hay que estar ciegos o ser demasiado cobardes para no advertir el camino que,

primero, confiado y alegre; y, después, atemorizado e inseguro, inició nuestro

pueblo hace ahora cuatro años y medio.

Quienes lo vimos y lo fuimos prediciendo con serena templanza, poco tenemos que

añadir. Lo mismo que la hoja del árbol no se mueve sin la voluntad de Dios; a

escala humana, en la gobernación de los pueblos y de las comunidades, nada

sucede por azar. Entre las muchas cualidades que ha de tener un político está la

de adivinar, por instinto, el futuro o la de conocerlo mediante un sistema de

examen y análisis. España va cuesta abajo. Se ha situado al borde del abismo.

Todos somos, de alguna manera, responsables: hombres e instituciones. Como son

responsables de las imputaciones que sé le hacen al Jefe del Gobierno quienes se

sentaron a pactar en la Moncloa o quienes participaron en la mesa, sucia, del

consenso. La caída de Suárez —que acaba de presentarse en el Parlamento como

enemigo del Régimen anterior— no es más que un paso. No tendrá otro valor,

porque, históricamente, sabemos que consumada la traición jamás es utilizado el

traidor.

Antonio IZQUIERDO

 

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