Autor: Medina Cruz, Ismael. 
 Crónica de España. 
 La revolución moncloaca     
 
 El Alcázar.    22/05/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Crónica de España

La revolución moncloaca

Ayer titulé «Tartufismo moncloaca», pero alguien en talleres, respetuoso con las

formas, estimó más apropiado «Tartufismo en la Moncloa». El raciocinio del

bienintencionado corrector me parece lógico.

Pero no es lo mismo decir una cosa que Otra. Moncloaca es un neologismo que

hube de inventar para resumir plásticamente, fiando a la sonoridad y a la

intuición del lector, muy viva en los españoles, según confirmó recientemente un

sociólogo francés, la descripción de lo indescriptible. El estilo moncloaca de

desgobernar, de confundir, de trajinar, de consensuar, de ir tirando, es una

creación peculiar del débil faraón de la Moncloa. Pero no cabe duda que tan

peculiar y aselador entendimiento del quehacer político impregna por completo al

sistema político. Se ha convertido en el ánimo constituyente, sobré todo a

partir de la firma de los Pactos de la Moncloa, que lo hicieron suyo, lo

abrazaron y lo exaltaron a principio de comportamiento.

La segunda jomada de la comedia parlamentaria iniciada el martes, a las 16,30

horas, me ratifica del todo en la convicción de que el ánimo moncloaca impregna

hasta los tuétanos el armazón chirriante del despotismo partitocrático. Si

penosa fue la primera jornada, más expresiva aún resultó la segunda, respecto a

la inviabilidad de la nueva experiencia constitucional. La historia de las

Constituciones españolas, iniciada con la de Bayona, dictada por Napoleón en

1808, configura una abrumadora antología de fiascos. Ninguna de las diez

Constituciones consiguió proporcionar a los españoles un sistema estable

de´convivencia. Se tradujeron en graves enfermedades políticas, a través de tas

cuales el Estado sufrió progresivas degradación es y la Nación

sucesivosdecaimientos.

Pero acaso ninguna de ellas haya fracasado con tanta velocidad y estrépito como

la de 1978.

Debían haberse preguntado los políticos del cambio por qué resultaron inviables

y desastrosas todas las precedentes experiencias constitucionales. El estudio de

la historia es asignatura básica para los políticos.

Tito se lamentó hace años ante Bernardo de Holanda de haber aprendido historia

demasiado tarde y descubierto que el factor sustancial de la estabilidad europea

fue el imperio austrohúngaro. En el curso de la mascarada parlamentaria a que

asistimos, los políticos españoles confirman de manera desoladora que ni tan

siquiera conocen la historia de España. Y olvidan, por ejemplo, que el factor

permanente de inestabilidad nacional durante los dos últimos siglos han sido las

Constituciones liberales.

El lamentable espectáculo proporcionado por el artificioso debate parlamentario,

puso ante los ojos de los españoles, gracias a la televisión, la imagen de un

sistema inviable, distante, indigerible, artificioso y ajeno por completo a la

realidad nacional. Creo, sinceramente, que Blas Pinar fue el único de los

oradores que lo percibió. Por ello no necesitó ocupar los cinco minutos de que

disponía ni apoyarse en papeles.

Dijo lo justo: que no tenemos Estado. Es la gran verdad que emerge de muchas

horas tediosas, intolerables, de rupestre retórica política.

El proyecto constitucional de 1873, abortado por Pavía, proponía la división de

España en 17 Estados y en varios territorios convertibles en Estados «a medida

de sus progresos». No merece la pena entrar en mayores precisiones para

demostrar que el Estado de las autonomías, propuesto por Suárez y tácitamente

aceptado por el despotismo partitocrático, reproduce con fidelidad alucinante

las tesis y hasta los tópicos de la I República o República Federal. Lo había

advertido Ferrando Badía («Estudios sobre el proyecto de Constitución». Centro

de Estudios Constitucionales. Pag..498), al confirmar que «en virtud del

principio de las nacionalidades, toda Nación tiene derecho a convertirse en

Estado. Principio arraigado de la revolución francesa; se trata, en efecto, de

un principio revolucionario». Este criterio revolucionario de la creación de

Estados nacionales en el ámbito del Estado de las autonomías fue comúnmente

aceptado en el curso de la mascarada parlamentaria, salvo por Blas Pinar. El

Estado de las autonomías supone, ciertamente, la muerte del Estado español y de

la Nación española.

Como resumen de la consumación política de la catástrofe vale perfectamente la

nueva espantada de Calvo Serer, quien descubre ahora que España necesita con

apremio un hombre, es decir, un estadista, tardíamente, angustiado, Calvo Serer

reconoce «las peculiaridades de la vida pública española y la impotencia del

régimen parlamentario». Por ahí podíamos haber comenzado. España necesita otra

democracia. Su propia democracia, acorde con la peculiaridad de su cultura y de

su historia. En su búsqueda nos movíamos a la muerte de Franco. Pero en vez de

proseguir el camino, se prefirió el revanchismo y la subordinación a los

intereses antiespañoles. Las funestas consecuencias del despropósito histórico

las estamos viviendo en forma sangrienta.

Ismael MEDINA

 

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