Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
 Escenas parlamentarias. 
 Los vencidos y los derrotados     
 
 ABC.    31/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

OPINIÓN

ABC / 3

Escenas parlamentarias

Los vencidos y los derrotados

O sea, que a don Adolfo le han dejado solo, y a don Felipe, mal acompañado. A

las ocho y media de la larde del día de San Fernando (felicidades, señor Abril),

don Landelino Lavilla, presidente del Congreso de los Diputados, resolvía en

unos cuantos números los tres largos días de debate de la moción de censura. Al

final, ya se sabe, la democracia se resuelve en números. Los números cantan, y

los discursos se apaciguan. La verdad es que los números estaban cantados de

antemano, y sólo la pirueta tardía de los socialistas andaluces —¡oh, milagros

lejanos del «ayatollah» Jomeini!—, introdujo una pequeña sorpresa en las habas

contadas de la votación. Los censores socialistas alcanzaron todos los votos que

podían alcanzar en este Congreso: socialistas más comunistas, con la añadidura

del voto sibilino del seño Bandrés y el voto esperpéntico del señor Sagaseta. Y

los centristas lograron los menos votos que podían lograr sin romperse como

partido: ni uno más de los propios. Los unos quedaron vencidos y los otros

salieron derrotados.

Lo dijo don Felipe González: «Suárez se ha quedado solo. Solo con su propio

partido. Que no es poco.» Porque, quizá con la amargura de la derrota, don

Felipe González se consolaba soñando en el día en que don Adolfo Suárez se quede

más solo todavía. Es decir, se quede sin los votos de su propio partido. Si ésa

era la intención de los socialistas, si el propósito del candidato a presidente

era el de dejar sola a la UCD, en medio del ruedo ibérico,, para que se las

entienda sin ayudas con los toros de esta difícil y brava corrida; si se trataba

de demostrar que los votos que sumó el señor Suárez para llegar a la mayoría de

su investidura ya le han abandonado, si era eso, y sólo eso, lo que pretendían

los socialistas, hay que reconocer que lo han conseguido. Los cinco votos de los

socialistas andaluces han pasado de Suárez a González —donde quizá tengan su

lugar y acomodo más lógico y natural—, y los nueve votos de Fraga se han

convertido en las banderillas críticas más dolorosas de todo el debate.

En todo lo demás, el gozo en un pozo. Parte, buena parte de las piedras con que

lapidaban los bancos del PSOE al Gobierno y al partido en el Gobierno cayeron su

propio tejado, que, hasta ahora, es un tejado de cristal. Los grupos

minoritarios a los que pidieron apoyo y con los que buscaron alianza, se han

mantenido alejados de esa posibilidad. Ni los vascos han vuelto al Congreso ni

los catalanes han entrado por uvas. En el grupo mixto no han encontrado otros

aliados que los menos deseables compañeros para cualquier empresa seria. Y, eso

sí, han engullido al grupúsculo de los socialistas andaluces. Pero, sobre todo,

se ha demostrado que los únicos aliados incondicionales —yeso de incondicionales

es un decir— con que pueden contar son los comunistas. Mala compañía para

presentarse como una alternativa de gobierno en un país occidental, democrático

y libre. Mal cirineo para llevar la carga del Poder. Mal amigo para cogerse de

su brazo y encaminarse al Palacio de la Moncloa. Socialistas y comunistas,

juntos, en la administración de los Ayuntamientos. Socialistas y comunistas,

juntos, en la obstrucción parlamentaria a cualquier intento de asegurar para la

democracia el orden, la seguridad y el equilibrio justo entre libertad y

autoridad. Socialistas y comunistas, juntos, en el propósito de alcanzar el

Poder. Está claro. El PSOE no se decide a prescindir de las malas compañías

políticas, de los aliados que llenaron de desventar»»

su pasado y que lastran, irremediablemente sus legítimas aspiraciones del

presente. Pueden buscarse todos loé rodeos dialéctico* que se quiera. Al final,

una coalición de socialistas y comunistas no dejará de oler a Frente Popular y

no dejará de recomponer el fantasma de la dictadura del proletariado. Esa es,

por encima de todas las demás, la más grave amenaza que puede pender sobre la

cabeza infantil y tierna de nuestra democracia.

El sueño de los socialistas, confesado medias por don Felipe González, don

Alfonso Guerra y don Gregorio Peces-Barba, de romper la unidad de la UCD ha

quedado, por ahora, en eso: en un sueño. Los 166 diputados centristas han

acudido al Congreso como un solo hombre, y han votado contra una moción de

censura que había dirigido sus dardos más envenenados, no contra el partido, no

contra el Gobierno, sino contra la figura y la persona de don Adolfo Suárez. El

voto de censura del PSOE ha logrado el milagro de unir más que nunca a la UCD.

La ha dejado sola, pero unida. Y le ha ofrecido la ocasión —aprovechada, también

a medias por don Rafael Arias-Salgado, don Luis Gamir«y don Antonio Jiménez

Blanco— de abandonar las últimas sábanas del consenso y poner a la oposición

socialista frente a sus propios errores y frente a sus propias contradicciones.

Don Adolfo, solo. La soledad de un ermitaño espanta. Y don Felipe, mal

acompañado. Pero es más espantosa todavía la soledad de dos en compañía. Al

final del debate de la moción de censura, con los número» de la votación sobre

la mesa de don Landelino, todo se resumía en los ripios del bueno de don Ramón

de Campoamor. Don Felipe aceptaba la compañía, y don Adolfo se encastillaba en

su soledad.

Porque, mientras el señor González no se atrevía a abordar claramente en sus

palabras el tema espinoso del apoyo comunista, don Adolfo repetía su deseo de

conformarse y reafirmarse en su opción de centro gracias a los ataques y las

criticas que llegaban desde la izquierda y desde la derecha. Es decir, los

socialistas se ponían hombro con hombro con los comunistas, en un «anda ya,

cógete de mi bracero» entre don Santiago y don Felipe, y don Adolfo renunciaba a

la mano de doña Leonor, que con tanta insistencia como inutilidad le había

ofrecido don Manuel Fraga.

Y aquí viene la tragedia de los números, de esos números en los cuales siempre

se resuelve la democracia. Que vamos a seguir gobernados por un Gobierno en

minoría. Y eso no es probable que se resista durante los tres años qué restan de

legislatura. Dice don Francisco Fernández Ordóñez que si Fraga entra en la UCD

por una puerta, él se sale por otra. Y Fraga bromeaba: «Luego de Ordóñez,

barón». Bueno, todas esas incompatibilidades son cosas de niños y de políticos.

Allá ellos. Lo que sucede es que mientras no se busque y se encuentre una

fórmula para que las matemáticas de la democracia ofrezcan una suma de mayoría,

seguiremos gobernados por un partido que tiene que trampear en cada una de las

votaciones del Congreso, que tiene que buscar, o mendigar, o comprar, o alquilar

votos en cada confrontación parlamentaria. Y, la verdad, esto va tomando color

de hormiga. Esto ya no se arregla con picarescas y con regateos. Para

enfrentarse a los problemas del terrorismo, de la situación económica y de las

autonomías hace falta un programa, una legislación y un Gobierno. Pero antes

hace falta una mayoría.—Jaime CAMPMANY.

 

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