Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
 De ayer a hoy. 
 Los parlamentarios     
 
 ABC.    31/05/1980.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

4 / ABC

OPINIÓN

De ayer a hoy

Los parlamentarios

Empieza a prosperar en demasía la critico de cómo los parlamentarios dicen sus

parlamentos. La forma y los modos, la mejor o peor vinculación de los conceptos,

es una de las bases de la comunicación, pero no es la fundamental. Sobre todo

teniendo-en cuenta que así como una verdad puede ser mal expresada, una mentira

puede expresarse bien. Naturalmente es una desgracia que la mayor parte de los

congresistas no con oradores. Pero en la esfera de la política, donde el fin no

es lingüístico, lo más conveniente seria buscar una regla para salvar la

irregularidad de las comunicaciones. Es decir, buscar la regla de la

irregularidad misma.

Los discursos principales de Adolfo Suárez y de Felipe González han sido

aburridos y fríos. Los de Alfonso Guerra y Santiago Carrillo, agresivos.

Sagaseta es esencialmente demagogo, sin llegar a sofista.

Fraga devora sus propias palabras. Pérez-Llorca habla con el mismo desmayo que

si acabara de salir de un sincope. Rojas Marcos es obsesivo. Fernando Abril

Martorell tiene un acento algo mexicano y parece que le está dando consejos a

alguien que se va de viaje. Cabria ir subrayando el «cómo» de todos los demás

que han subido estos días a la tribuna.

Los grandes políticos, allí dónde los hubiere, son grandes no por cómo dicen sus

discursos, sino por la fuerza para organizar con realismo la verdad histórica.

Por lo que los discursos significan. Hay que esforzarse en oír en el «cómo» el

aleteo del significado. Adolfo Suárez y Felipe González no han sido elegidos

para divertirnos. El frío y prolijo descriptivismo que derrocharon los dos en

sus discursos estaba orientado, por lo menos en la intención, no hacia la

amenidad cortesana, sino hacía el rigor político; la agresividad de Guerra,

hacia la critica; la monotonía de Pérez-Llorca, hacia la precisión, lo mismo que

la parsimonia de Carrillo.

No. Cuando la crítica pública rechaza o acepta la intervención de un

parlamentario, debe ser por el fondo de la cuestión, y no por las anomalías

literarias, con las cuales es muy fácil, pero muy injusto, hacer una crónica

política.

Lo que hemos visto ahora en el Parlamento no es una obra de teatro escrita por

un solo autor, acordada por la fuerza a un modelo solemne, como en otros

tiempos. Ahora hay varios autores que viven la contradicción y la pasión de sus

propias ideas. Verdaderamente ahora juzgamos a políticos, no a actores.

Y hacerlo fijándonos en el «cómo» es reaccionario, superficial y peligroso.—

CANDIDO.

 

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