Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
 Escenas parlamentarias. 
 Secretos de alcoba     
 
 ABC.    29/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

OPINIÓN

ABC / 3

Escenas parlamentarias

Secretos de alcoba

Cuando el Partido Socialista Obrero Español quiere atacar al Gobierno en debates

de mayor solemnidad le suelta la cadena a don Alfonso Guerra. En el socialismo

español todavía se tiene en cuenta la conveniencia de un juego de

compensaciones. Para que don Felipe González pueda levantar y moderar su

oratoria parlamentaria, sin decepcional al sector más feroz del circo, hay que

poner en escena el aparato tempestuoso, hiriente e insultante de la oratoria de

don Alfonso Guerra. Se trata sin duda de un reparto de papeles según una

concepción seguramente pesimista de la .clientela socialista: el señor González

tranquiliza a los burgueses y el señor Guerra debe alimentar a los energúmenos.

Decía don José Ortega que en las Cortes de la república los señores diputados

podían clasificarse en tenores, payasos y jabalíes.

En estas Cortes ya está claro que don Felipe González ensaya con creciente

fortuna la romanza de los tenores, a condición de que su lugarteniente el señor

Guerra hunda el colmillo con mayor voracidad.

Es muy probable que el Partido Socialista repartiera los papeles a los

personajes en esta primera representación de la moción de censura obsesionado

por el afán de ofrecer esta doble cara, esta cara y cruz de la moneda política

que quería pasar: que Alfonso muerda y que Felipe diserte. De acuerdo con esta

estrategia parlamentaria, la sesión comenzó a mordiscos. Eso que los dialécticos

llaman «argumentos ad hominem»; eso otro que los juristas llaman demandas o

querellas «improcedentes, injustas y temerarias»; palabras gruesas del lenguaje

penal, injurias, acusaciones e insultos: corrupción, robo, llenarse los

bolsillos y otras varias imputaciones del mismo jaez, expresadas en idéntico

estilo, esmaltaron frecuentemente la crítica que don Alfonzo Guerra hizo a la

labor del Gobierno. ¡Lástima! Porque al Gobierno se le podían imputar más graves

errores, más evidentes debilidades, más onerosos yerros. Pero en lenguaje

parlamentario del señor Guerra, el gran debate político de la moción de censura,

con casi todo el país sentado ante el televisor, se ponía a la altura de un

chismorreo de plazuela o de una riña de corral.

No es que yo piense que el diálogo político, en ocasiones de enfrentamiento y de

contraste como la de ahora, tenga que mantenerse en el estilo juanramoniano de

los «Sonetos espirituales» o en el modo mironiano de «Las cerezas del

cementerio». Pero el rigor polémico tiene unas mínimas-exigencias y la

agresividad oratoria debe tener unos límites infranqueables. Habrá que confiar

en que todos los diputados, que ahora se visten más decorosamente para aparecer

ante las cámaras de la televisión y meterse en nuestro cuarto de estar, vayan

aprendiendo aquellas exigencias y respetando estos límites. Es cuestión de que

permanezcan algún tiempo más en el pupitre. O sea, en el escaño.

Porque hay que reconocer que van aprendiendo. Algunos van aprendiendo algo,

otros han aprendido mucho y otros andan todavía en el pelotón de los torpes.

Aquel viejo solemne que fue don Pablo Iglesias le habría dado ayer a don Alfonso

Guerra algún paternal palmetazo. En cambio, don Rafael Arias-Salgado, a quien

alguna vez cité en mis crónicas en trance de sufrir resbalones políticos

espectaculares, realizó en esta primera sesión de la moción de censura un

ejercicio parlamentario más que notable. Pero ¿por qué no sacaron antes a este

muchacho? ¿Por qué se quedó la semana pasada en el banquillo de los reservas

mientras don Fernando Abril nos—zarandeaba y nos torturaba de norte a sur? El

señor Arias-Salgado encontró el punto medio entre la vehemencia necesaria para

comunicar sus argumentos y la serenidad indispensable para no resultar

atropellado y confuso. Rebatía imputaciones con argumentos perfectamente

convincentes, absolutamente rigurosos, ex puestos con sencillez y con dignidad,

manejando datos y cifras sin aburrimiento, y sobre todo, tuvo la virtud de

despreciar la réplica fácil y de caer en el insulto contra el insulto. Cuando el

señor Arias-Salgado terminó de hablar, este primer tiro de la oposición contra

el Gobierno había salido por la culata. Los errores del Gobierno estaban

inéditos. Pero los errores de la oposición socialista eran evidentes. La moción

de censura se había vuelto contra sus propios autores. Don Alfonso Guerra, en su

réplica, todavía perdía más visiblemente los argumentos, la corrección y los

modales. La réplica de don Alfonso Guerra ya no pertenecía a la oratoria

parlamentaria europea. Aquello era e desahogo de don Alfonso el Africano. África

ya no empieza en los Pirineos: empieza en los discursos en el Congreso de don

Alfonso Guerra.

Al fin y al cabo, los españoles somos un pueblo de buen humor, y por la

atmósfera de la Cámara pasó el vientecillo festivo de la risa con una virtud

refrescante. ¡Con qué gana reía don Blas Piñar —generalmente serio, como si nos

fuera a participar el comienzo del Diluvio o la inauguración del apocalipsis—

cuando don Alfonso Guerra afirmaba que UCD había puesto al frente de los

Municipios a alcaldes de Fuerza Nueva! Y saludaba, vencedor, desde su escaño. Y

cómo reía la Cámara cuando dijo aquello de que la mitad de los diputados

centristas aplaudía los discursos de Fraga y la otra mitad aplaudía los de

Felipe. O cuando nos comunicaba que, después de su discurso de la pasada semana,

el señor presidente del Gobierno había caído al suelo hecho añicos. Pues,

hombre, tampoco es eso. Bastante pesado si que estuvo, pero no mucho más que lo

iba a estar don Felipe en la exposición de su programa.

Creo que don Alfonso Guerra es director de teatro. Monta su escena, se in-venta

los personajes, les atribuye vicios v lacras, y después arremete contra ellos

como don Quijote contra el retablo de Maese Pedro. Bueno, como don Quijote, no.

Como don Alfonso el Africano.

Hay que seguir pagando el consenso. Don Santiago Carrillo no se resigna a que le

dejen fuera del juego político. Añora los días de los Pactos de la Moncloa y de

las entrevistas secretas con el presidente del Gobierno. Tiene nostalgia del

consenso, del pasteleo, del coqueteo y del cambalache. Padece de despecho y sus

últimas intervenciones parlamentarias son como endechas en las que llora el

desvío de don Adolfo Suárez. Ahora dice que don Fernando Abril le ofreció formar

una coalición de Gobierno y que don Adolfo Suárez también le pidió la mano. Se

lamenta como una antigua amante a la que se ha dejado sola, tañé y descangayada.

Y entonces va y cuenta los secretos de alcoba. «Tú me hacías este arrumaco y yo

te devolvía este dengue.» Quiere despertarse otra vez en un sofá de la Moncloa,

escuchando las bromas de don Adolfo Suárez sobre los americanos para poder

contárselas a los rusos. Pero ayer, ay, le han devuelto el rosario de su madre,

las cartas, los retratos y el guardapelo. Y me temo que siga revelándonos los

secretos de alcoba. Un día de estos nos enteramos de dónde tiene don Adolfo

Suárez su más irresistible lunar político.— Jaime CAMPMANY.

 

< Volver