Autor: Jiménez Losantos, Federico. 
   Totalitarismo y televisión     
 
 Diario 16.    20/06/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS.

Totalitarismo y televisión.

El pasado viernes, el portavoz del Gobierno, señor Sotillos, flanqueó al

inefable Calviño en sus ataques a los que quieren libertad de televisión. Aquí

se recogen y comentan algunos argumentos y frases, típicamente totalitarios,

exhibidos por ambos para justificar su monopolio de la pequeña pantalla.

El debate público mantenido en el programa «La Clave» sobre «Lo de la tele», es

decir, el monopolio estatal controlado por el partido en el poder y el empeño de

varias empresas, entre las que figuran las principales de la Prensa y radio

españolas, de poder competir con ese monopolio mediante el establecimiento de

cadenas privadas de TV, constituyó una de las manifestaciones más preocupantes

de recelo o resuelta obstrucción a la libertades de empresa y expresión que ha

exhibido el PSOE desde su llegada al Gobierno.

En efecto, tanto el director general de RTVE, José María Calviño, como Eduardo

Sotillos, portavoz del Gobierno, insistieron en los puntos básicos del «No» del

Gobierno a establecer las normas legales que posibiliten la libre emisión de

televisión. En síntesis, su análisis de la situación podria resumirse en cuatro

puntos.

La negación

1. La Prensa critica mucho a TVE. Pero no es justificado tanto interés, salvo

por el empeño de las empresas periodísticas en conseguir canales propios de TVE.

Las críticas están, pues, mediatizadas y hasta bastardeadas por ese interés

empresarial.

2. La legalización de la televisión privada supondría un aumento del poder de

las empresas de medios de comunicación existentes y la creación de otras. Estas

empresas, por su carácter privado y comercial, no pueden servir con dignidad,

solvencia y altura cultural suficiente al ciudadano español. El monopolio

garantiza mucho mejor estos extremos. De la pureza de sus intenciones da ´prueba

el que no persiga beneficios comerciales, aunque, como en el caso de la

publicidad, se vea obligado a aceptarlos.

3. La instalación de televisión privada favorecería la renta per cápita

informativa de los grandes núcleos de población sobre los pequeños, que, aunque

aumentasen, siempre estarían en desventaja. Para favorecer la igualdad de los

españoles es conveniente evitar ese beneficio esencialmente urbano y

concentrarse en aumentar a tres los canales del monopolio.

4. Las nuevas técnicas de televisión por satélite ó por cable, que llegarán a

España en un plazo máximo de cinco años (fecha en que el satélite franco-alemán

emitirá en español para todo el territorio nacional), aún no están

absolutamente perfiladas. El Gobierno tiene asuntos más graves que atender,

por ejemplo el problema del paro, antes de ocuparse de estos problemas de

televisión, en buena parte artificiales y fomentados por el ánimo de lucro o de

influencia política.

Puede parecer asombroso que en 1983 todavía queden socialistas arcaicos que

prefieren repartir la pobreza —en este caso informativa y cultural— antes que

crear —o permitir crear— riqueza. Puede resultar chocante que un Gobierno que

busca incrementar la inversión privada como forma básica de crear empleo en un

sistema democrático occidental pueda sentir .tal aversión por la búsqueda de

beneficios de cualquier ciudadano que ofrece un servicio público dentro de la

ley.

Pues bien: asombrosas, chocantes, irritantes, ésas son las polvorientas razones,

los pobres argumentos y las peligrosas supersticiones que anidan en los

responsables gubernamentales acerca de «lo de la tele». Es posible que el señor

Sotillos, cuyo tosco marxismo elemental le lleva a distinguir radicalmente entre

las libertades «formales» y «reales» de los españoles, pueda decirnos en qué

favorece a sus amados jornaleros en paro, que ocupan tierras por la mañana y

escuchan a José María García por la noche, el no poder verlo por televisión.

Hay que suponer que su amor a los parados no le mueva a conservarlos en número

como quiere conservarlos en la frugalidad informativa. Porque el Gobierno parece

entender que la televisión es un lujo —se comparó la libertad de emisión con la

libertad de escoger un abrigo de visón o de leopardo— «(cuando la mayoría no

tiene abrigo!» — lagrimeaba don Eduardo—. Pero este Gobierno de nuestros pecados

no está dispuesto a prescindir del monopolio de ese lujo.

Y sobre todo hay que temer que el portavoz del Gobierno crea firmemente en esa

ridiculez totalitaria de «planificar la riqueza cultural española».

Resulta que la personalidad cultural e histórica de España estaba salvaguardada

por Calviño y el «Un, dos, tres...», y nosotros sin enterarnos. Hemos de evitar

caer en esa pobreza cultural de los Estados Unidos, el desgraciado país que

produce, exporta y, en su ignorancia, es el primer consumidor de series como

«Dallas» o «Dinastía», alienantes productos que no pueden compararse con la

sobriedad y el vigor de «Las picaras» o «El mayorazgo de Labraz».

Nosotros, demócratas ignaros, creíamos hasta el viernes que la riqueza cultural

española estaba basaba en la libertad y en la creatividad de todos y cada uno de

los individuos y grupos sociales de la nación. Creíamos —y creemos— que sólo la

pluralidad creativa, la competencia y el plebiscito cotidiano del mercado

garantizan el desarrollo y la supervivencia de una cultura con valor universal.

Pero no. No debe el lector sentirse identificado con estos argumentos

«ultraliberales». Ya lo dijo el señor Calviño: «Libertad, ¿para quién?»,

actualizando así la célebre frase de Lenin a Fernando de los Ríos: «¿Libertad,

para qué?»

La zorra

La libertad de emisión que reclamamos es, según Calviño, «la de la zorra en el

gallinero». Esta forma insultante de intentar mantener sus espolones

monopolistas está condenada al fracaso, porque ni España es un corral ni, de

serlo, podría mantenerse mucho tiempo en él semejante capón disfrazado de gallo.

La única zorrería lamentable en «lo de la tele» es intentar convencer a los

españoles de que serán igualmente libres no cuando cualquiera pueda instalar su

propia emisora en su pueblo o en su barrio, sino cuando pasen, uno por uno, por

el despacho del señor Calviño, que examinará su capacidad creativa y cultural y

les dará, o no les dará, oportunidad de salir al aire.

Las únicas garras peligrosas que pudimos ver el viernes por la noche fueron las

de quienes se sienten legitimados para monopolizar el uso y el abuso de todos

los "recursos del Estado, al que consideran muy por encima de la sociedad, las

empresas y los individuos. Es evidente que la zorra totalitaria se pasea por

Prado del Rey, Lo que está por ver es si encontrará gallinas o un metafórico,

plural, democrático y razonabilísimo.

 

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