Autor: Dávila, Carlos. 
 100 días. Balance de tres meses de gestión. Abrió la ventanillas vespertina y levantó al país a las siete de la mañana. 
 De cómo el PSOE puso el voto a trabajar     
 
 Diario 16.    11/03/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Cien días de Gobierno dan, realmente, poco de sí; a no ser que, como en el caso

del Gabinete de González, haya habido

BALANCE DE TRES MESES DE GESTION decisiones, polemicas, omisiones y actuaciones

suficientes como para juzgar, aproximadamente, la labor de un equipo cuya mejor

virtud se deriva de su escasa pusilanimidad, y su principal defecto, de la

precipitación administrativa. En cualquier caso, se «nota» al Gobierno, y éste

es un buen síntoma tras años de inercia ejecutiva.

Abrió la ventanilla vespertina y levantó al país a las siete de la mañana.

DE COMO EL PSOE PUSO EL VOTO A TRABAJAR

Carlos Dávila

Y el PSOE puso el voto (y a los españoles) a trabajar. Hasta en eso ganó, por la

izquierda, a los comunistas. Este ha sido su triunfo, obtenido, dicho sea cuanto

antes, entre enormes resistencias y la desafección de muchos de sus electores

funcionarios, alguno de los cuales ya se pregunta: «¿Y para esto les voté yo?»

Justamente para eso. El Gobierno comenzó su andadura con una política de gestos:

abrió la ventanilla vespertina y levantó al país a las siete de la mañana. Es

curioso observar cómo una medida impopular constituye, a los cien días, su mejor

triunfo. Después, entronizó las polémicas incompatibilidades; aprovechó una ley

que habían votado los diputados del centro y la derecha —con el deseo inconfeso

quizá de que nunca se pusiera en vigor— y la adornó con otros proyectos más

rigurosos, proyectos que, a decir de propios y extraños, posiblemente dormirán

el sueño de los justos —¿o de los injustos?— durante toda esta legislatura.

Confusión

Así empegaba la moralización prometida. Claro está, que a su credibilidad

ayudaron muy poco los sostenidos escándalos de Televisión, la entidad donde se

plasma con más crudeza el fracaso de impolítica informativa socialista. De

siempre, el PSOE ha sido acusado —en voz baja, eso sí— de no entender el mundo

de la comunicación, de confundir prensa y propaganda, de asumir con mala gana la

crítica. La tentación totalitaria de cualquier gobernante, aquejado

permanentemente por ínfulas de censor y fiebres de manipulador, es hoy la

principal remora del Gobierno y del partido que le sostiene. Y eso, a pesar de

las proclamas del presidente, con lo que cabe suponer que lo malo de un buen

gobernante son siempre sus intérpretes.

O los que tratan de disimular la verdad. El PSOE ha prometido tanto, ha elevado

a tales cotas el nivel de ilusión colectiva, que va a tener muy próximamente

serias dificultades para explicar, por ejemplo, por qué su política de empleo no

da los resultados apetecidos. Y que no se diga que esta apreciación es

precipitada. Que no se diga, porque los indicadores, ya a estas fechas, son

deplorablemente elocuentes. La economía no «tira» hacia adelante, de tal forma

que el Gobierno suscribe sólo dos recetas para mantener el ánimo electoral de

octubre: la primera, asegurar que España podra subirse al «tren de la esperanza»

que se ha puesto en marcha en Estados Unidos; la segunda, utilizar su astucia y

sabiduría, la imagen de la «difícil situación heredada», al tiempo que, con

cierto disimulo, se aprieta, hasta el ahogo, la cintura tributaria del

contribuyente español.

Pero la baza de jos socialistas es otra: consiste, fundamentalmente, en

convencer al país de que sus dineros, demandados con mayor presión y rigor

aumentado, se utilizan mejor. En la tarea están colaborando con prudencia y

éxito dos ministros catalanes: el de Defensa y el de Sanidad, que suman, a mi

juicio, el mayor activo político de este Gabinete. Defensa, de la mano de Serra,

está saliendo de su marasmo de años y ha diseñado, por primera vez, una política

reformista y progresista, que puede sacar a nuestros Ejércitos del submundo

involucionista en el que están secularmente aherrojados. Sanidad, a trancas y

barrancas, con desafíos y la falta de colaboración de un colectivo médico que

mezcla las churras (aborto) con las merinas (trabajo y rendimiento) está a punto

de alumbrar una ley básica que servirá, efectivamente, para proteger al

ciudadano enfermo y para asegurar la calidad de vida del sano. El objetivo es

tan elemental que parece imposible que no se haya intentado con mejor tino en

los años precedentes. Y todo, sin que se note demasiado una intención

intervencionista y estatalizadora, que sería incompatible con el sistema de

medicina liberal que debe patrocinarse a toda costa.

Junto a Sanidad y Defensa, Interior. Con reparos, porque la lucha antiterrorista

no nos ha proporcionado motivos suficientes de satisfacción. Pudiera dar la

impresión de que los anteriores responsables de la Seguridad se llevaran a sus

casas las claves y los contactos, la sutilísima red de información, que ahora

comienza de nuevo a tejerse y sin la cual ningún éxito es posible. ETA, en estas

condiciones, campa por sus respetos con la colaboración cínica y matizada de una

Francia a la que el ministro de Exteriores, Moran, suele piropear con estolidez

pasmosa. Moran nos tiene «congelados» militarmente en la OTAN, no se atreve a

responder, como se merece, al moro gurrumino Hassan, padece de infantilismos

tercermundistas y no ha adelantado ni siquiera un paso, en nuestro periplo

atlantista. Malos son sus comienzos.

Iniciación

Pero se trata de los inicios de una labor que debe culminar en octubre del 86.

Para entonces habrá que pedir cumplidas cuentas al Gobierno entero. Esta ha

sido, sencillamente, una aproximación incompleta, con una evidencia: este

Gabinete novel y torpe en la Administración tiene reaños suficientes para

gobernar. El «caso Rumasa», sus aciertos y su polémica constitucional pendiente,

son un ejemplo. Otra cosa, desde luego, es que gobierne bien.

 

< Volver