Autor: Blanco Tobío, Manuel. 
   Los cien días     
 
 ABC.    11/03/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

LOS CIEN DÍAS

THE Hundred Days» , «Los Cien Días», fue una expresión de fortuna acuñada en los

Estados Unidos para referirse a los primeros cien días de Franklyn D. Roosevelt

en la Casa Blanca. La vieja generación nunca pudo olvidarlos, porque fue el

tiempo más excitante e ilusionado de sus vidas. Mucha gente me ha contado, años

después, lo que ocurría en el Washington "de aquellos días inaugurales. Era una

fiesta, una trepidante entrada en una nueva vida soñada durante una década de

depresión. Gentes jóvenes de todos los Estados llegaban a la capital federal con

la cabeza llena de proyectos, y hasta la alta madrugada sonaban las canciones en

los bares, en e! «hall» de los hoteles, en las plazas públicas... La canción de

moda, que para aquella gran ocasión compuso Irwing Berlín, era la que decía:

«Happy days are here again!» («¡Vuelven los días felices!»).

Y muy felices fueron, en medio de inmensas dificultades, porque el pueblo tenía

fe, y estaba ilusionado y esperanzado, y todo a su alrededor comunicaba

optimismo, porque de la Casa Blanca salía hacia el Capitolio, como una catarata,

la audaz y novísima legislación del «New Deal», que el Congreso aprobaba casi en

trance, «sous la charme», de aquel momento mágico en que un gran pueblo echaba

de nuevo a andar.

En aquella fiesta de tos primeros Cien Días no se hablaba de vencedores ni de

vencidos, ni de demócratas ni de republicanos, ni de norteños ni de súdenos, ni

de blancos ni de negros, porque aquel enorme impulso salía de todos y era para

todos. La política nacía de una inspiración nacional y popular, y fue así cómo

en menos de una década los Estados Unidos pasaron de la Gran Depresión a ser la

primera potencia económica del mundo y la primera potencia militar.

Muchos años más tarde, el 20 de enero de 1961, aquella ya desvanecida atmósfera

de los Cien Días de Roosevelt y el «New Deal» fue recapturada por otro gran

sueño americano, el de John F. Kennedy y la «Nueva Frontera», y si he podido

contarles a ustedes la «saga» del Washington rooselveltiano fue porque los más

veteranos evocaban continuamente la semejanza que había entre la fiesta del «New

Deal» y la fiesta de la «Nueva Frontera». Lo he contado en un libro. La víspera

de la «inauguración», 19 de enero de 1961, unas trescientas mil personas que

íbamos de Nueva York a Washington quedamos atrapados en las carreteras por una

gran nevada. Pero una vez más, el espíritu de fiesta y la ilusión hizo de un

desastre circulatorio una inmensa verbena, y nos pasamos la noche bailando,

bebiendo v cantando en cuanto refugio, bar, taberna, hotel y motel se puso a

tiro. Todo el mundo vivía aquellas horas bajo la impresión de que algo nuevo

echaba a andar otra vez en América, y de que ese algo nuevo era para todos.

Ahora estamos los españoles parados.

delante de los primeros Cien Días del gobierno socialista, escrutándolos y

haciendo una evaluación de lo que nos trajeron o nos llevaron. Nos preguntamos:

¿Estamos viviendo un momento de ilusión? ¿Se han confirmado las esperanzas,

otorgadas como un cheque en blanco? ¿Nos sentimos todos participantes de un

proyecto en común de vida nacional?

¿Existe, acaso, ese proyecto?

Ya sabemos que Cien Días son pocos días para hacer balance de una gestión de

gobierno, que «las cosas de palacio van despacio». Pero también sabemos que un

pueblo entero no puede sentarse y esperar, leyendo los periódicos o jugando al

mus, a que pasen uno, dos o tres años para verle el plumero al Gobierno y hacer

cuentas y ver qué ha sido, si niño o niña.

Cien Días son suficientes para saber cuál es el rumbo, si es que lo hay; cuál es

el ritmo, la imaginación, e! talante, el espíritu; en definitiva, el estilo.

Lo que nos cuentan los hechos vale para un relato de pequeneces a cargo de

personajes desvaídos. El relato del presidente González, tan respetado, que ha

desaparecido de la circulación, encerrándose en su palacio de la Moncloa; el de

Guerra, que amenazaba con amenizarnos la vida política con sus desplantes,

definiciones y chascarrillos, y que se ha quedado en enigmática sonrisa,

comportándose como si lo único que le atase al Gobierno fuese una carta o una

«foto» comprometida que no quiere ver publicada; el de Moran, cuyo empeño parece

ser el de separar a España de sus aliados en pos de un sueño —¿o de una

pesadilla?— tercermundista o norteafricana; el de Boyer, el mayor prestigio de

moderación dentro del PSÓE, que se destapó con el decretazo de Rumasa, metiendo

al país en un túnel lleno de incógnitas.

Nada de esto, que sepamos, forma parle de un programa de gobierno. Nadie

esperaba, ni había sido avisado, de que íbamos a ir «de la mano de Francia» —

como se ha dicho— a Hispanoamérica; ni de que existía una política de

expropiaciones por decreto. Comenzaron con la devaluación de la peseta, que es

algo que parecen haber patentado los partidos socialistas en todas partes, y

estamos en lo de Rumasa, y en medio, el paro, que aumenta; los precios que se

disparan, las empresas que desaparecen e incluso el «pucherazo» sindical, que se

denuncia.

Todo esto no forma parte de un programa de gobierno. Es, simplemente,

consecuencia de errores, de improvisaciones, de precipitaciones y de

incompetencia. ¿En qué programa podían estar cosas como cancelarle las

vacaciones de Navidad a los funcionarios, o tratar de convertir a los médicos en

funcionarios controlados por ordenanzas?

Hemos tratado de encontrar y seguir, en medio del constante estrépito nacional,

un trazado, una línea que revele la presencia de un programa de gobierno algo

inteligible, coherente y claro que nos indique: «Por ahí van los tiros.» Pero no

hemos encontrado esa línea, ese trazado.

¿Será que no existe? Va creciendo la sospecha de que con tanta actividad

organizativa, con tantas campañas electorales, con tantos «consensos», debates,

reuniones y discursos el PSOE no tuvo realmente tiempo para elaborar un programa

de gobierno, y que ahora se encuentra casi solo con impulsos e improvisaciones.

No podemos juzgar, pues, a un programa ni a sus resultados, porque éstos no

parten de aquél, y también porque hemos quedado en que Cien Días no son

suficientes. No lo son, pero arrojan un balance. ¿Cuál es ese balance? Contaba

Ernest Bevin que abrumado por los problemas de la «guerra fría» se despidió una

vez de su secretario diciéndole: «Si estalla la paz en alguna parte,

despiérteme.» Que nos despierten si el Gobierno hace un día, o una noche de

éstas, algo que lleve un poco de felicidad a los hogares españoles.

Porque hasta !a fecha, si no fuese monstruoso, diríamos que lo que se ha

propuesto es ensombrecer la vida de los españoles, que se levantan cada mañana

con un precio que sube, una amenaza fiscal que se materializa, una ventaja que

se cancela, una incompatibilidad que se avecina, un puesto de trabajo que se

avapora o una empresa que se cierra, mientras el sistema de despojos «bat son

plein», según la soberana ley del quítate tú para que me ponga yo. alcanzando

incluso, ¡quién lo diría!, a la dirección del Museo del Prado.

Tanto desaguisado podría hacerse dando explicaciones, presentando excusas. Pero

no. Se hace con acritud, con arrogancia, a veces con intimidación, y se pretende

que todo ello lo hace bueno, legal e inexcusable lo de los diez millones de

votos, que se han vuelto contra todos, como una licencia para aplastar.

Han sido cien días de perplejidad, de confusión y de desesperanza y al final de

ellos nos encontramos con que hay dos Españas. la que reparte cargos, prebendas,

reputaciones y trombones, y la que madruga más, trabaja menos, paga más, recibe

menos, se pregunta qué hizo con su voto y sólo espera que con un poco de suerte

pueda sobrevivir hasta que se marchite la rosa.

Manuel BLANCO TOBIO

 

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