Cambio sin dirección     
 
 ABC.    11/03/1983.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

OPINIÓN

CAMBIO SIN DIRECCIÓN

A ningún Gobierno se le juzga por sus realizaciones en los primeros cien días.

Pero todo Gobierno con capacidad de abordar los problemas establece en esos cien

días su proyecto, su estilo y su liderazgo. Esto último es lo que el PSOE no ha

logrado en tres meses de gobierno y esa falta de dirección es, contra lo que se

pueda pensar, lo mas inquietante de este prime balance. Esa indefinición inicial

es lo que analizamos en este comentario editorial, primero de una serie de tres

dedicados a los primeros cien días.

Lo más preocupante, en el orden de las ideas generales, es la difuminación del

concepto de cambio, y la pérdida de esperanza que ese clima de vaguedad

comporta.

El cambio es un concepto clave de la historia moderna: es, en el hombre

occidental, el sentido de la aventura, delavance y de la reivindicación. El

espíritu de cambio es el que ha movilizado a las naciones frente a la rutina.

Las grandes democracias anglosajonas, que conservan hoy la tradición y la

dirección de Occidente no han hablado del cambio en los carteles, sino que lo

han hecho: han hecho una sociedad capaz de producir los antibióticos y de

colocar al hombre en la Luna. Esta primera idea (la facilidad y peligrosidad con

que se habla del cambio, lo arduo e imperativo que resulta hacer cambios reales)

va a condicionar toda la legislatura socialista y va a darnos la medida de su

capacidad o su imprudencia.

Nuestro segundo punto de partida es éste: en Occidente el cambio no se ha hecho

a lo largo de este siglo por la vía de la revolución. Mao y Lenin, Nasser y

Castro no son nombres de Occidente. Sin embargo esa sociedad occidental,

incompatible con la revolución, ha tenido el valor de hacer, cuando ha sido

necesaria, la ruptura: Roosevelt o De Gaulle rompieron con la situación

anterior, aunque abrieron con sus rupturas un proceso de cambio enraizado en la

tradición. Después de pronunciarse por una reforma

oportunista, en la que está comprometido, el socialismo español huye de sus

complejos mientras un poderoso sector del partido intenta demostrar que no hay

enemigo a la izquierda y empuja al Gobierno hacia la radicalización.

LA opinión exterior es casi unánime, después de estas quince semanas, al señalar

la dirección zigzagueante o la ausencia de dirección en el Ejecutivo. Junto a

esta línea ambigua existe, como causa y efecto de ella, una ausencia de programa

de gobierno unida a diversas lecturas del programa electoral.

Inevitablemente, la prepotencia sustituye a la definición ideológica sobre el

modelo de sociedad, y a la elección de unos aliados sociales determinados y

estables; es decir, no hay límites ni fronteras para un incierto programa

político que intenta ser elaborado sobre la marcha. Así; al final del estado de

gracia de los cien días, que no puede ser celebrado como si se tratara de un

paso del ecuador universitario, unos ministros conmemoran una concepción del

cambio; otros, una concepción opuesta, y los terceros, una síntesis, como el

mismo presidente del Gobierno, de estas dos lecturas antagónicas.

La indefinición, que .cada sector del Consejo de Ministros intenta colmar con su

interpretación, es recubierta por una política de gestos que, a veces,

antagoniza innecesariamente a sectores decisivos de la sociedad española. En

lugar de abordar la modernización del tejido social, desde la reforma sanitaria

a la financiera, pasando por la administrativa, se adoptan medidas anecdóticas

que, en el fondo, no suponen un verdadero cambio. Y en cuestiones fundamentales

se aplaza cualquier solución. En el trasfondo de toda esta ambigüedad sólo queda

el telón de la ética. La consecuencia de esta táctica política «hacia todos los

azimut», que refleja la pluralidad de estrategias es frecuentemente el

desconcierto; y es que la indefinición puede ser un buen recurso electoral, pero

nunca es un buen recurso de gobierno. Si desde el poder no se extraen las

conclusiones pertinentes, y no parece que sea así a la vista del folleto

publicitario con el que el Gobierno elogia su propia labor de cien días, podrá

decirse que el Partido Socialista español no necesitará, como el socialismo

francés, veintidós meses para quedar en minoría ante las urnas.

EN una etapa crítica de su historia, donde la sociedad española pugna por

superar la crisis y por consolidar su sistema de libertades, hay varios frentes

en los que el Gobierno socialista debería haber marcado ya, nítidamente, una

dirección. Ni en el frente de la modernización y la competitividad (política

industrial, investigación, nuevos mercados), ni en el frente exterior (Alianza

Atlántica, convenio con Norteamérica, tendencia al neutralismo, dependencia de

Francia), ni en las opciones económicas (precios, desempleo, déficit público,

fiscalidad) pueden encontrarse hoy estrategias claras ni planes definidos. Los

otros dos grandes sectores-clave, la cultura y la enseñanza, están marcados por

la política informativa de creciente intervencionismo y por la inexistencia de

un verdadero plan de reforma de la Universidad, que un Gobierno socialista

debería haber pflesto sobre la mesa en su primera semana de gestión. Hay, sin

embargo, en ese balance dos aciertos no menores que anotar en el activo del

nuevo Gobierno: la política de enfrentamiento directo con el terrorismo,

valerosamente abordada por el ministro del Interior, y la política de

modernización de las Fuerzas Armadas, que el ministro Serra está llevando a

cabo, de acuerdo con los tres Estados Mayores, aunque se haga con la grave

incógnita da nuestro futuro en la organización militar de la OTAN.

Hoy, al buscar una definición a esta etapa inaugural del socialismo, surgen,

inevitablemente, dos palabras:

incertidumbre y desconfianza. Un Gobierno se justifica por su capacidad para

encauzar el cambio y su competencia para resolver problemas. En estos cien días

el nuevo Gobierno no ha puesto las bases para solucionar ninguno de los grandes

problemas nacionales y ha conseguido, desde las incompatibilidades hasta los

precios, crear algunos más. Entre tanto, la sensación de incertidumbre se

extiende:

desconocemos el rumbo al que el PSOE quiere conducir a la democracia española.

Hay que pedir más competencia y menos arrogancia para evitar, de aquí al 86, los

riesgos de naufragio.

 

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