Autor: Ramírez Heredia, Juan de Dios. 
   Una mayoría cristiana y socialista     
 
 Diario 16.    20/11/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

JUAN DE DIOS RAMÍREZ HEREDIA.

Diputado del PSOE por Almería.

Una mayoría cristiana y socialista.

Para el autor de este artículo los objetivos de cristianos y socialistas no

están reñidos. Por el contrario, observa con complacencia la utopía en la que

ambos lleguen a marchar de la mano. Para argumentarlo realiza un recorrido por

la filosofía y la esperanza.

El titular con que encabezo este comentario deberia ir entre interrogantes.

¿Verdaderamente la mayoría que ha optado por una forma concreta de gobierno,

tras las pasadas elecciones generales en España, es. cristiana y socialista?

Rotundamente" creo que no. Salvo que se considere como carta de naturaleza, sin

más, el haber recibido el sacramento del bautismo y depositar una papeleta con

el puño y la rosa en las urnas el pasado día 28 de octubre.

Ser cristiano o socialista, o ambas cosas a la vez, representa fundamentalmente

un compromiso de vida. Para los primeros, una actitud permanente de amor: «Si

alguno dice: "sí, yo amo a Dios", al tiempo que aborrece a su hermano, es un

mentiroso. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo podrá amar a Dios

a quien no ve?» (Job I, 5, 19 - 21). A tal extremo llega a ser contundente el

compromiso del amor para los cristianos que San Agustín, padre y doctor de la

Iglesia, no duda en afirmar: «Ama y haz lo que quieras».

Platón, utópico.

Para los segundos, para los socialistas, es la fe en la doctrina lo que les

anima en la lucha diaria por hacer realidad la solidaridad entre todos los

hombres. Si en buena parte de los escritos de Platón está la génesis del

socialismo, bueno será recordar que el gran filósofo, después de haber

establecido la «comunidad de bienes», manifiesta que «todo es para todos en el

Estado». Suprimidas las causas de división entre los hombres, los ciudadanos se

regocijarán y se afligirán junto en las felicidades y desgracias públicas y

particulares.

Para los socialistas, la comunidad será como un solo hombre, y la comunidad se

sentirá interesada en la suerte de cada uno de sus miembros y cada miembro en la

suerte de la comunidad, como el cuerpo en cada una de sus partes y cada parte en

el cuerpo entero. En agosto de este mismo año, Felipe González ha escrito: «Al

ciudadano quiero decirle que sólo un impulso ético, una renovada confianza en

nosotros mismos, una actitud de trabajo, de solidaridad y de imaginación, puede

sacarnos adelante.» Se diría que, como para Platón, el ideal de una sociedad

perfecta y dichosa consiste en que la política esté subordinada a la moral.

Posiblemente, el llamado «horizonte utópico» de cristianos y socialistas se

confunda en sus metas últimas, aunque cambien fundamentalmente las estrategias

que unos y otros utilizan para la consecución de ese fin. Para los cristianos

aquí, en la Tierra, estamos de paso, y la felicidad eterna se conseguirá en el

otro mundo, una vez muertos. Para los socialistas, sin perjuicio de esa fe, que

puede ser compartida por muchos, la felicidad hemos de encontrarla ahora, en

este mundo, haciendo desaparecer

las desigualdades, las injusticias, las marginaciones y la explotación del

hombre por el hombre como hasta ahora ha venido sucediendo desde que el mundo es

mundo.

Decía yo, al principio de estas líneas, que España no es mayoritariamente

cristiana y socialista. Y no lo es porque, después de veinte siglos de

predicación del evangelio, nos ha quedado una imagen de Cristo ensombrecida por

la alianza que la Iglesia ha venido haciendo sistemáticamente con el poder de la

burguesía, integrada por una clase social estrecha, egoísta y feroz cuando le

era preciso serlo. El maravilloso mensaje de liberación que representa la propia

vida de Cristo ha sido manipulado desde los pulpitos y desvirtuado por los

compartamíentos ambivalentes de quienes debían ser espejos vivientes del

cristianismo.

Programa máximo.

España tampoco es socialista mayoritariamente hoy. No nos engañemos. Entre otras

cosas porque no ha tenido tiempo para serlo. Los años dirán si efectivamente hay

una voluntad mayoritaria de respaldo hacia los cambios propuestos y si nuestros

dirigentes sabrán ser fieles a la doctrina que hoy nos ha llevado al poder. Él

programa máximo del Partido Socialista Obrero Español es algo más que el

programa electoral que mayoritariamente hemos votado los españoles. Y hacia él

hemos de caminar — actualizándolo, obviamente— por medio de sucesivas propuestas

a los electores. Ese es, a mi juicio, el gran reto histórico del PSOE.

Harán falta muchos años —veinticinco decía no hace mucho tiempo Felipe González—

pero al final puede estar la meta que constituya el principio de un cambio de

modelo de sociedad —la genuinamente socialista— entonces sí, libre y

democráticamente solicitado por la mayoría de los españoles.

Es mucho trecho el que nos queda por caminar y no nos podemos permitir el lujo

de dividirnos insensatamente, sobre todo cuando los enemigos del socialismo

están con sus fauces abiertas dispuestos a engullirnos a la primera pifiada. El

capitalismo, el terrorismo y el golpismo no están muertos, ni siquiera dormitan.

Están al acecho esperando la mejor ocasión para lanzar su zarpa opresora contras

las ansias de libertad de todo un pueblo.

Un ejemplo

Fracois Mitterrand ha escrito: «Mi gestión consistió desde el primer día, en

hacer que los cristianos, fieles en su fe, se reconocieran en nuestro partido,

que derivaran hacia el mismo río las múltiples fuentes del socialismo.» Para

añadir luego, tras recordar su juventud en el seno de una familia católica

practicante y sus ocho años de internado en la escuela de Saint-Paul de

Angulema: «¿Cómo no iba yo a comprender que un socialista tiene derecho a creer

en Dios?»

Si hoy España no es mayoritariamente cristiana y socialista, somos muchos, eso

si, los que estamos empeñados en que algún día lo sea. Pero de verdad. Sin

hipocresías y con una dosis inmensa de valentía y generosidad. Cuando Mitterrand

habla del cristianismo y del socialismo dice, con absoluta claridad: «Me

gustaría más que se complementasen para fundirse, en lugar de enfrentarse para

destruirse.»

Muchos de los que han vitoreado estos días al polémico Papa Wojtyla han votado

socialista recientemente. ¿Será éste el primer signo significativo del cambio?

 

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