Autor: Palafox, Jordi. 
   Los obstáculos del cambio     
 
 El País.    23/11/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

TRIBUNA LIBRE.

Los obstáculos del cambio.

JORDI PALAFOX.

La victoria electoral del partido socialista ha abierto de nuevo una de las

constantes en la reflexión sobre la transición democrática iniciada en 1977: la

comparación del proceso que estamos viviendo

con lo ocurrido durante la II República.

Una vez más, y al igual que sucediera durante el pasado año con la conmemoración

del cincuentenario de la II República española, se ha insistido en las

diferencias abismales que separan a la sociedad española de entonces y de ahora,

lo cual es evidente, pero se ha relegado a un lugar muy secundario la similitud

genérica de algunos de los obstáculos que se oponían y se oponen a la

consolidación de la democracia en España.

El olvido no deja de ser sorprendente. Tal vez pueda ser explicado por el temor

que suscita el sangriento fracaso con que culminó la primera experiencia

democrática intentada durante este siglo en nuestro país. O por el firme deseo

de que no pueda repetirse. Pero, por encima de las .diferencias en los

acontecimientos concretos, en última instancia, el objetivo, entonces y ahora,

es similar, si no igual:

modernizar la sociedad española desde la moderación, acometiendo con firmeza la

resolución de los problemas y las desigualdades más flagrantes, pero sin

controlar, más que de forma muy parcial, el poder.

Y ante objetivos similares no parece arriesgado esperar resistencias parecidas,

aun cuando la forma concreta que adopten pueda ser diferente.

Dos ejemplos, entre los muchos que podrían citarse y sobre los que deberá actuar

el Gobierno socialista para llevar a cabo su programa, permiten concretar estos

obstáculos. No es necesario ser experto en economía para ser consciente de que

la desigualdad de la distribución de la renta disponible es en España muy

superior a la de los demás países desarrollados. Según las estimaciones más

fiables, la décima parte de las familias están obteniendo el 40% de la renta

generada por el conjunto de la sociedad. Y parece evidente también que siguen

existiendo sectores igualmente minoritarios, pero no menos poderosos, que tienen

una concepción patrimonial del Estado.

Ni unos ni otros van —ni quieren ni pueden— a aceptar pasivamente una reforma

democrática. Y esta afirmación no trata de valorar intenciones a príorí, sino

constatar que la historia no ofrece ni un solo ejemplo de que los privilegios

hayan sido, no ya abolidos, sino ni siquiera limitados, voluntariamente o sin

resistencia de los privilegiados.

El componente ético en la actuación política que aporta Felipe González —y con

él cabe suponer que el conjunto de su partido— supone una transformación notable

sobre la situación preexistente. Pero este componente también lo tuvo la

actividad de Manuel Azaña, y ello ho evitó que fuera derrotado en las elecciones

de 1933. Precisamente en una contienda electoral que llevó al gobierno a

Alejandro Lerroux y a su partido, que podían presumir de algunas cosas, pero no

de ética política.

¿Posible proceso de radicalización?

El proyecto de modernizar la sociedad española, intentado por los sectores

sociales que apoyaron a la coalición vencedora el 12 de abril de 1931, fracasó

en buena parte por la ausencia de una conciencia clara —entre sus dirigentes y

entre sus electores— de la gravedad de los problemas a los que se enfrentaban y

de las dificultades que existían para resolverlos a corto plazo.

A la falta de acierto de unos ministros con escasa o nula experiencia en la

gestión del poder ejecutivo, que estaban convencidos de que la falta de eficacia

podía suplirse con trabajo y honestidad, se sumaron las exageradas expectativas

de una gran parte de los ciudadanos, que, quizá porque así se había dejado que

lo pensaran, creyeron que con la llegada de sus representantes al Gobierno

podían solucionarse todos los problemas, y hacerlo además en un breve período de

tiempo.

La incapacidad de los dirigentes para transmitir al conjunto del país cuáles

eran sus objetivos concretos y cuáles los obstáculos al cambio que encontraban,

resultado tanto de su incomprensión de los problemas fundamentales como de su

convencimiento de que permanecerían en el Gobierno hasta que hubieran podido

poner en práctica sus proyectos, determinaría su paso a la oposición

parlamentaria menos de tres años después de su llegada al poder y la

profundización de la radicalización social de resultados bien conocidos.

Descartada hoy, al menos en principio, la posibilidad de que la ineficacia y la

incomprensión de los problemas vaya a ser la característica de los Gobiernos

resultantes del intento de modernizar España que inaugura el 28 de octubre, cabe

esperar también que el partido del futuro Gobierno acierte a explicar a su

heterogéneo electorado, y por extensión al conjunto de los ciudadanos, cuáles

son los obstáculos y las resistencias que boicotean en cada momento su proyecto

de cambio.

De otra forma, puede aparecer, dentro de pocos años, como único responsable de

unos fracasos que pueden ser, en realidad, éxitos de un poder menos nítido, pero

no menos eficaz, que el del Gobierno de la nación. Y contribuir con ello a abrir

un proceso de radicalización de consecuencias difíciles de evaluar.

Jordi Palafox es profesor de Historia Económica en la Universidad de Valencia.

 

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