Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La túnica y el perendengue     
 
 ABC.    02/12/1982.  Página: 15-16. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

Escenas políticas

La túnica y el perendengue

Si don Felipe González hubiese entrado al Congreso vestido con la túnica

candida, con la túnica blanca que portaban los candidatos en la antigua Roma, y

que por llevarla se les llamaba así, candidatos, al final de la sesión de

investidura luciría sobre esa túnica algunos regocijantes perendengues. Sobre

todo, esos que le ha colocado la oratoria política del señor Suárez, rebuscada

en la vieja guardarropía del «ancien regime». Cuando el cronista escuchaba ayer

a don Felipe y hoy a don Adolfo, más,se confirmaba en su sospecha de que se

trata de la misma persona. Una vez más tengo que comunicar a ustedes los

vehementes indicios de que don Felipe y don Adolfo son uno en política y dos en

personas. En realidad se trata del mismo personaje político bajo dos

apariencias, al cual podríamos dar el nombre, otras veces aquí apuntado, de don

Felipe Adolfo Suárez González, o de don Adolfo Felipe González Suárez.

Don Felipe González, en la primera parte de la investidura; llegó al Congreso

con un traje gris semiclaro de americana cruzada, y don Adolfo con su habitual

traje azul oscuro para las ocasiones de media solemnidad. En la segunda tarde,

parecía que se hubiesen intercambiado las vestimentas, ya que don Adolfo no

podía cambiar también la investidura, qué pena. Don Felipe González de azul

oscuro, y don Adolfo Suárez de gris semiclaro. Habría resultado divertido

haberles contemplado a ambos con la túnica candida del candidato: el uno,

candidato a la presidencia; el otro, candidato al favor de la presidencia. Y

digo que sobre la túnica alba de don Felipe brillarían ahora, los perendengues,

los perifollos, los ringorrangos, volantes, cintas, lácitos, encajes, pecherines

y fruncidos con que le condecoró don Adolfo Suárez. Sin don Felipe González

pronunció el primer día no un discurso de investidura, sino una balada, don

Adolfo Suárez ha pronunciado el segundo día una endecha para investirle. Si la

desintegración del partido político creado por don Adolfo Suárez no tiene

parangón en la historia de Europa del último medio siglo, la peripecia personal

del fundador de la UCD sólo puede encontrar precedentes en las más picantes

historietas de nuestra picaresca.

Mientras colgaba sus perendengues sobre la túnica simbólica de don Felipe, en el

discurso más vanilocuente, cañahuera y parlaembalde que le he escuchado en toda

su vida política, don Adolfo Suárez usaba el plural mayestático. Hablaba de

«nos». Menos mal que la presencia en los escaños de su único acompañante, don

Agustín Rodríguez Sahagún, justificaba el plural. Cuando don Adolfo anunciaba

que «votaremos» afirmativamente a la investidura, don Agustín se esponjaba en su

asiento. En ese «votaremos» estaba él. Pues enhorabuena. Don Adolfo desgranaba

con su voz más trascendental elogios a! candidato, elogios al cambio, elogios a

los objetivos socialistas y a los propósitos del Gobierno. Menos mal que no se

acordó de don Pablo Iglesias, o quizá sea que todavía no haya tenido tiempo de

enterarse de algo acerca de su vida y obra. Don Adolfo Suárez hablaba de la

voluntad del pueblo español como si todavía el pueblo español le hubiese votado

a él, esta vez junto a don Felipe, en una especie de prolongación del

«consenso». Y hablaba de la gobernabilidad del Estado y de la consolidación de

la democracia, como justificación de su voto positivo, como si la gobernación en

democracia y la democracia no se consolidaran con la oposición parlamentaría

mucho más que con el obsequio al poder desde posiciones de discrepancia, y como

si este Estado necesitara las unanimidades del otro, y este Congreso tuviese que

emular aquel lago de los cisnes unánimes que pastoreaba el bueno de don Esteban

Bilbao.

Don Adolfo Suárez, para darle el «sí» a don Felipe —ya se ha dicho muchas veces

que la política hace extraños companeros de cama—, reinventaba con la voz de los

discursos huecos y enfáticos, en los que parece que nos jugamos en cada lance

parlamentario la supervivencia de la nación y las esencias más puras de la

patria, el Movimiento Nacional, la Unión del Pueblo Español y la Unión de Centro

Democrático ampliada por la izquierda. Y tán ampliada que incluso cabían dentro

de ella los votos, también afirmativos, aunque mucho más críticos y reservones,

del mismísimo Partido Comunista. ¡Lo que son las cosas! Don Adolfo Suárez ha

terminado su trayectoria-política por ahora bajo la peluca de don Santiago

Carrillo. Con razón pudo decir un día don Alfonso Guerra que si el caballo de

Pavía entrara en el hemiciclo, don Adolfo se subiría rápidamente a su grupa. No

ha entrado el caballo de Pavía, pero ha entrado el caballo socialista, y ya está

don Adolfo Suárez encaramándose a las ancas. A lo mejor, los socialistas, ¡hasta

le pagan haciéndole embajador a Seniliosa! ¡Pasen, señores, pasen! Vean al señor

duque de Suárez, ex presidente del Gobierno, pasándose de trapecio, en triple

salto mortal. Trabaja sin red, y se lanza al espacio llevando asido a los

tobillos a don Agustín Rodríguez Sahagún, ex presidente del Centro Democrático.

¡Hoooop! ¡Voilá!

Esto de la investidura, ha traído algunas perlas políticas. He leído eso que ha

dicho don Francisco Fernández Ordóñez, Dios te bendiga. Dice el señor Ordóñez

que ha hecho bien el señor, González Márquez en no anunciar los puntos de sus

reformas. «Las reformas que se hacen son las que no se dicen», ha venido a

declarar él señor Ordóñez, con su rosita socialista en el puño. Y cuando él lo

dice sus razones tiene, porque las únicas reformas que hizo el señor Ordóñez en

UCD fueron precisamente aquellas que no se le habían dicho al electorado.

A don Felipe le van á votar, además de sus socialistas, don Juan María Bandrés,

que sigue pidiendo más garantías jurídicas para sus defendidos étarras; don

Santiago Carrillo," haciendo de tripas de corazón, todo sea por la unidad de la

izquierda, y don Adolfo Suárez, por lo de la grupa. Tanta vergüenza ajena daba

lo de don Adolfo, que don Felipe, al agradecerle el voto, ha tenido que recordar

que él no había votado nunca a favor de la investidura de don Adolfo. El duque

de Suárez podría decir ahora aquello del poeta olvidado: «Y soñé que en otro

estado más lisonjero me vi», porque ni puede estar en el Gobierno, ni sabe estar

en la oposición, ni quiere estar en su sitio.

Escribo esta crónica de urgencia antes de que hable en el Congreso el peso

pesado de la oposición, don Manuel Fraga. El señor González ha ido desvelando

parte de su programa legislativo en este segundo día, tal vez para no dar tiempo

a su contrincante dialéctico para que meditara su respuesta. Estas son

triquiñuelas parlamentarias, al estilo picaresco de don Alfonso Guerra. No es

malo que el candidato se guarde así de la oposición. El combate será largo: a

cuatro legislaturas. Y no está mal que el miedo guarde la viña.—Jaime CAMPMANY.

 

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