Autor: Urbano, Pilar. 
 Investidura de Felipe González. 
 Las tres astucias     
 
 ABC.    02/12/1982.  Página: 29. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

NACIONAL

Investidura de Felipe González.

Hilo directo

Las tres astucias del candidato.

A los tres minutos de hoy, el Congreso adamaba a Felipe González presidente. Sin

perder un segundo, Gregorio Peces-Barba abandonaba el Palacio de San Jerónimo,

camino de la Zarzuela, para dar al Rey la noticia oficial. Calvo-Sotelo había

atravesado ya el hemiciclo, a paso rápido, para ser el primero en felicitar al

nuevo jefe del Gobierno. De allí partió hacia «su casa de siempre», en

Somosaguas. Anoche nadie durmió en la Moncloa. Pero yo hoy debo cronicar la

sesión de investidura en sus siete horas de debate. Y apunto ya un hecho sin

precedentes en la democracia: el candidato dio respuesta a cada uno de los

interpelados, ocho, y a algunos en «réplica a la réplica»; no englobando

respuestas ni obviándolas por desdén, como hiciera Calvo-Sotelo en su

Investidura de 1981; ni delegando tramos de contienda verbal en adláteres, como

Suárez en la moción de censura de 1980.

González Márquez, desde el podio de oradores o desde el escaño, ayudado de los

papeles que Chaves, Zapatero y Guerra le servían, o improvisando «al hilo del

agua», consumió más de tres horas en un parlamentarismo vivaz, puntual,

enjundioso a veces, ceñido a datos otras veces y volcado en compromisos en no

pocas ocasiones. Era el parlamentarismo que la tarde víspera echamos en falta,

al escucharle un discurso leído, de todo plano, impreciso y etéreo en los

capítulos de anuncios de medidas...

Y es que Felipe González había trazado muy hábilmente su estrategia, que Manuel

Fraga denunció como «eludir el debate»: en su discurso de candidatura

presidencial, el líder socialista dibujó «una estampa feliz y navideña» (son

palabras de Fraga), sin entrar en intríngulis de medidas, cifras, tantos por

cientos, proyectos de ley... Con ello escatimó a la Cámara la «materia de

reflexión» y el «quid de la cuestión».

Sus oponentes hubieron de aplicarse a la. lectura entre líneas de lo que apenas

sí era una «declaración de intenciones... de buenas intenciones». Total: el

resultado, sagazmente provocado, fue el que deseaba:

acumular para la segunda sesión un tabladillo de preguntas obvias a las que dio

respuesta troceando lo que, insisto, en rigor debió ser pieza única inicial y

ofrecida la víspera.

Pero aún lució Felipe González otras tres artes logísticas. Primera, desgranar

sus novedades sin bajar de una vez la cremallera del misterio, con lo que

mantuvo bien dosificado el «suspense» hasta el final.

"Mejor dicho, hasta el antefinal, porque cuando llegó el tumo esperado y temido

de Fraga, «la dura y leal oposición», Felipe González ya había descorchado

(hasta el champaña de la lista de nuevos ministros! A medida que se sucedían las

intervenciones, Fraga se removía en su escaño, se calaba las gafas, blandía el

bolígrafo y tachaba párrafos de su discurso que, de cuarenta y un folios, quedó

reducido a no más de quince. El opositor apenas si tenía ya materia a qué

oponerse: todo se había dicho contestando a unos y a otros. Fue una lúdicra

estratagema para neutralizar la temible contundencia de Fraga.

Segunda arte logística: atrincherarse en el principio real «el Gobierno no es la

sociedad» y en el propósito >>yo quiero instrumentar mi política económica según

una planificación concertada con las fuerzas sociales», para concluir en el

inculpable vacío de datos con que trazar un cuadro macroeconómico donde

incardinar un proyecto, y un compromiso, por cuatro años de legislatura. Así se

limitó a avanzar expectativas, sin rebasar la parcela estricta de 1983. Felipe

González ha sido investido presidente para cuatro años; pero sólo del primero de

ellos ha empeñado palabras de promesas; Esto .es así. Y que nadie proteste,

porque nadie de entre quienes, en nombre nuestro, tenían voz y voto en la Cámara

le tiró de ese hilo. Conste en acta.

Arte tercera, culmen de su astucia: llegado el momento cenital de su réplica a

Fraga, invirtió González de tal modo los término del debate que, en lugar de

responder de su programa, se dedicó a criticar el proyecto electoral de su

adversaria Hasta el punto que el propio Fraga exclamó: «;Por un momento he

creído que el candidato a jefe de Gobierno era yo, y usted, señor González, el

representante de la oposición I»

Los oradores. Ninguna sorpresa mencionable, salvo la farragosidad del diputado

de Esquerra Republicana, el barbado catalán Francesc Vicent. Y la brillante,

pero sosamente cursi, facilidad discursiva de Landelino Lavilla, a quien por vez

primera vimos estrenando el papel de «minoría que se opone». Subrayo la

brillantez; pero añado, cara al futuro parlamentario al que hemos de asistir, el

grave perjuicio de su afectado almibaramiento que tanta contundencia resta a su

mensaje.

Carrillo estuvo plomizo y cascado. Bandrés, utilitario. Marcos Vizcaya, confuso

y reiterativo... Tanto y tanto volvia sobre «las coincidencias y las

discrepancias», y sin salir del túnel... (después abocaría en la abstención),

que Alfonso Guerra bizqueaba sin disimulos, arañando la perplejidad. Por cierto,

en tal momento la cámara de televisión captó lo que, desde la tribuna de Prensa,

yo captaba: un amigable gesto de «saludito coqueto» a cierta dama joven,

andaluza y con blasones, sentada arriba, en una balconada de invitados.

Carmen Romero, estática y pensativa, asistía también a la sesión. Adolfo Suárez,

con un discurso «cliché», en claves de tibieza acomodaticia, ofreció su apoyo al

candidato desde el argumento, válido, de «creer en la necesidad de la

modernización...» y en el no tan válido de seguir la inercia de los votos

populares del 28-O. Aquí quiero hacer un remanso más de alerta que de descanso.

Ayer, por dos veces, quizá tres, oímos en la Cámara una peligrosa especie: «A la

vista de lo que el pueblo ha manifestado masivamente en las urnas, estaría

justificado dar la confianza al candidato.» Antes de abstenerse lo dijo también

Roca Junyent. Yo supongo que letras y saberes tienen sus señorías, más

abundantes que las mías, para entender que, por esa regla do tres, se abandona,

a la pendiente inerte de la potencia mayoritaria, el debate entre discrepantes,

la supervivencia «con voz y voto» de las minorías, la patente expresiva del

pensar distinto y, en fin, la razón de ser del Parlamento. ¡Ojalá no volvamos a

escucharlo!

Roca Junyent fue en mi opinión, ayer, el más lustroso orador de la sesión, en

forma y contenido. Y hay que agradecer a. Felipe González, cuya médula

democrática está fuera de duda, que corrigiese al líder catalán en estos

términos: «Rechazo de plano su argumento, aunque me favorezca, de que

"jurídicamente tendré la razón porque políticamente tengo la mayoría..."»

Hablaban, en ese momento, de la controvertida LOAPA.

Y paso al tema preocupante del que la sesión de ayer nos ofreció un penoso

presagio: la irritación y exasperación que Fraga puede provocar en la Cámara si

no embrida con riendas de prudencia sus excesos verbales de agresión. Fue en su

media hora «y dos minutos» de oralidad cuando en el hemiciclo se produjeron

pateos, abucheos, ovaciones, gritos y comentarios destemplados.

Si, a propósito de la OTAN, su dicterio admonitor «lamentaría que el primer

éxito del señor Andropov fuese la entrada del PSOE en el Gobierno de España»

arrancó cóleras en los escaños socialistas, quizá fueron más graves los aplausos

que, desde el graderío del Grupo Popular, rubricaron una frase de mala memoria

que hoy siento tener que transcribir, a cuento del terrorismo: «Cuando corre por

la calle la sangre inocente de los ciudadanos, un Gobierno debe preferir tener

en sus manos sangre... y no agua como Pilatos.»

No, no ha sido por olvido por lo que en ningún momento me he referido al «qué»

de la sesión: el proyecto presidencial del señor González. Tengo por norma no

transmitir mis dudas. Tiempo habrá para aclararlas.

Hoy por hoy, son... ¡unas cuantas!—Pilar URBANO.

 

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