Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   El segundo día     
 
 Diario 16.    02/12/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El segundo día.

TAL como se sospechó en esta columna, el debate que ayer siguió al discurso-

programa del candidato a investido rellenó las vastas lagunas, las omisiones,

las referencias aéreas y los tiros parabólicos de la alocución inicial de

González. Es una vieja y hasta ingenua táctica parlamentaria, consistente en

mover un peón inocuo para pasar el turno en el movimiento de ficha al campo

contrario. Triquiñuela o habilidad legítima, por otra parte, por mucho que

Manuel Fraga —que ayer optó por la admonición cariñosa, sarcástica y amable—

señalara que era un «fraude» al reglamento de la Cámara, porque lo que tenía que

haber dicho el primer día lo dejó para e! segundo.

González adoptó en la sesión de ayer, en cambio, sus viejos ademanes de

parlamentario de la oposición, esa antigua expresión de tierna insolencia que

tanto prodigara en la moción de censura —«verá usted, señor ministro...»— para

sustituirla aquí por un «verá usted, señor fulano...»

Todo, sin embargo —gestos, planteamiento, confrontaciones—, sigue anclado en la

anterior legislatura, al candidato se le trata con una delicadeza exquisita,

como si aún fuera el jefe de la oposición, o como si se sintiera una cierta

piedad ante lo que se presume que se le viene encima. Esta Cámara, realmente, no

se parece en nada al campo de minas por el que esforzada y trabajosamente

arrastraron sus cruces personales Adolfo Suárez y Calvo-Sotelo, y la verdad es

que Felipe González lo agradece, porque siempre resalta los gestos y modos

educados de sus contertulios —más que adversarios-parlamentarios. El compás de

espera que, tácitamente, todas las fuerzas políticas han aceptado, hace temer

que vamos a contemplar unos comienzos de legislatura pastueños y de calma

chicha. Felipe ayer volvió a ser el pico de oro de siempre, la sonrisa oblicua

picarona, tímida y sincera, que convence. Volvió a repentizar, cambió de aspecto

—que se hizo más «informal», con un traje «azul-Adolfo»—, introdujo nuevamente

la dichosa mano izquierda en el bolsillo y volvió a hablar sin papeles, con

regates cortos e improvisando como un «jazzman».

DONDE no repentizan, en cambio, los socialistas es en la designación de altos

cargos de la Administración. Continúan con ese increíble e infantil secretismo,

que a estas alturas nadie sabe muy bien para lo que sirve, salvo para perder el

tiempo. Vamos a acabar pensando todos que se han desperdiciado cuarenta días sin

que sepamos muy bien en qué. En el grupo parlamentario socialista hay cerca de

una quincena de diputados que desayunan con bocadillos de valium, porque les han

dicho, oye, tú, vas a presidir Iberia, pero no se lo digas a nadie... Y viven

con una presión insoportable porque además del exigido mutismo ni siquiera

pueden proveerse de un mínimo e indispensable equipo. Y el país sigue paralizado

desde octubre.

EL debate-estrella fue, como se esperaba, el choque Fraga-González, colisión

educada, casi involuntaria, con disculpas recíprocas.

Fraga adoptó el previsto tono sarcástico, salvo alguna salida de tono, menor por

otra parte. Volvió a recurrir, como es habitual en él, a las citas —

verdaderamente. Fraga y Peces-Barba convertirán el Congreso en lo que ya se

conoce en medios socialistas como la «casa de citas» — , se invistió del tono

menor del sarcasmo y hasta de los buenos deseos para el flamante presidente,

incluso del elogio contenido.

Y al final, la emoción prevista de la investidura, la llamada integradora de

Felipe, la promesa de contar la verdad sobre la situación «real» del país,

eufemismo bajo el que se esconde la previsible línea de acción política que

seguirán los socialistas en los próximos meses: responsabilizar, directa o

indirectamente, como es natural, a los anteriores Gobiernos de la más o menos

grave, más o menos desesperada, situación social, política y económica que

reciben.

Y ahora, lectores, se acabó el predicar y comienzan los tiempos en los que

inexorablemente toca dar trigo...

 

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