Autor: Traver, Santiago. 
 Señor presidente. De joven estudioso, tímido pero energético con la injusticia, a presidente de todos los españoles. 
 El Joven tímido que abrió un despacho laboralista     
 
 Diario 16.    02/12/1982.  Página: 2. Páginas: 2. Párrafos: 28. 

Nació en el sevillano barrio de Heliópolis hace cuarenta años. Era un niño

normal, noblote y tímido.

Cariñoso y muy apegado a la familia. Hizo el Bachillerato de Ciencias, pero

repitió el «Preu» al cambiarse a Letras para hacer Derecho. Ayudaba a su padre

en la vaquería. Madrugador, iba al matadero por las mañanas antes de las clases

en la Universidad. Comenzó a interesarse por los problemas sociales en las

reuniones con su pandilla. Componía la imagen del «progre» de finales de los

sesenta con pantalón vaquero, jersey, libro y periódico bajo el brazo. No iba de

copas y tenía gancho con las chicas. Acabó la carrera e instaló un despacho

laboralista. La política ha ocupado desde entonces todas sus horas. Es la

biografía lineal de un español joven, Felipe González Márquez, el nuevo

presidente de todos los españoles.

De joven estudioso tímido, pero enérgico con la injusticia, a presidente de

todos los españoles.

1 JOVEN TÍMIDO QUE ABRIÓ UN DESPACHO LABORALISTA

Santiago 5. TRAVER

Los que han conocido a Felipe González, desde los amigos de la infancia a los

profesionales que han litigado con él, coinciden en dos cosas: que era una

pesona normal, que hacía lo que todos y que tenía un atractivo especial con todo

el mundo. La consecuencia es una biografía lineal, en la que poco a poco se van

marcando las características de un líder. No parece tener defectos ni siquiera a

ojos de los que no piensan como él. Sus mayores virtudes son la humanidad

expresada con un halo de simpatía y la capacidad de asimilación y de síntesis.

Heliópolis

Nació el líder socialista un 5 de marzo de hace cuarenta años en el barrio

sevillano de Heliópolis, en el bajo izquierda del número 13 de las llamadas

«casas municipales», que eran de protección oficial. Según ios vecinos de

aquella época, sus padres estaban de alquilados en esa vivienda, hasta que al

poco tiempo se mudaron al primero izquierda del, número 8, en la misma plazuela.

En el piso de enfrente aún vive la familia de uno de sus amigos de la infancia,

Abelardo Carmona, ahora jefe de personal de «ABC» de Sevilla. Su madre lo

recuerda: «Era íntimo de mis hijos. Era un niño normal, jugaba como todos. Muy

noblote, tímido y no era muy travieso.» A los seis años entra en el colegio

Claret, que acababa de fundarse apenas a cien metros de su casa. Y allí estuvo

nueve años, aunque sus profesores apenas si se acuerdan de él. Todavía está el

secretario de entonces, el padre Antonio Torres, que guarda como oro en paño la

ficha escolar y el expediente académico.

El portavoz del colegio diría a Diario 16: «Pasó como un muchacho normal. No

destacó especialmente.

Eso sí, al ingreso llegó adelantado y se le autorizó a hacer el primero con

nueve años. Ya llevó un curso adelantado hasta que acabó el sexto. Por lo demás,

no se hizo notar.»

La novia

Sí se hizo notar por una novia que se echó en sexto, con la que andaba muy a las

claras y por la que, según. se recuerda en el centro, «llegaba tarde y además en

aquellos tiempos esas cosas...» El caso es que al acabar el sexto —«no antes,

como dicen algunos», matiza el padre Torres— le dijeron que cambiara de colegio

«No se le expulsó. El director de entonces, el padre Sanz, le dijo que sería

conveniente que al año siguiente se matriculara en otro sitio. Se le aconsejó

solamente. Y él siempre Iba guardado un buen recuerdo del colegio, hasta el

punto de que prometió venir el año pasado al veinticinco aniversario del

colegio, pero surgió un asunto político gordo que se lo impidió.»

Felipe, quince años, ni siquiera dijo en casa la recomendación que le habían

hecho. Recuerda su padre:

«Yo no lo he sabido hasta mucho después. Simplemente dijo que había pensado que

era mejor matricularse en el instituto San Isidoro. Y así lo hizo, porque él era

muy responsable y siempre hacía sus matrículas y decidía estas cosas.»

En familia

Repitió el Preu, «porque se cambió a Letras —recuerda su padre—. Estaba haciendo

Ciencias porque la ilusión de su madre es que fuera ingeniero de caminos. Pero

él sabía ya lo que quería y cambió entonces».

Su padre, Felipe, un santanderino seco pero con la amabilidad del montañés, se

quita importancia. «Yo no veo nada especial en que sea presidente. Lo único que

sentimos es que no leí haya vivido su madre. Por lo demás, el mérito es suyo, de

haber llegado de la nada a presidente. A mí lo que me da alegría es que sea como

es: humano e inteligente. Y me da pena porque ese cargo tiene mucha

responsabilidad y tiene que sufrir mucho.»

Y reconoce: «Tenía conmigo más confianza que ninguno. Era el mayor y desde que

tenía trece o catorce años me ayudaba en lo de las vacas. A los dieciocho años —

estaba ya en la Universidad— se sacó el carnet y le compré la DKW.

Y entonces él venía conmigo todas las mañanas al matadero, o iba a llevar ganado

o a hacer tratos, que le encantaba. Después se iba para clase.»

Aficiones

Para hacer eso tiene una extraña virtud: duerme poco. «Muy poco. Siempre le ha

pasado; tres o cuatro horas como mucho. Se quedaba leyendo o estudiando, si era

tiempo de exámenes. Y se despertaba en seguida con una voz suave para venirse a

trabajar.»

De pequeño, sus aficiones eran jugar a todo, «aunque le gustaba especialmente

bañarse en el río, ir al campo. Nuca fue muy feriante, le gustaba más la Semana

Santa. Pero es que en aquella época —recuerda su hermana Lola— no se iba a la

feria y mi padre no nos llevaba. Apenas hacía eso de sacarnos».

Después llegaron las aficiones políticas. «Yo lo supe desde el primer día», dijo

su padre a Diario 16.

«Desde que empezó en las Juventudes Socialistas. Yo no le preguntaba, porque él

es muy reservado para sus cosas y se lo respetábamos.Su madre no se enteró hasta

que lo detuvieron.» Una sola vez estuvo Felipe González en la Jefatura de

Policía de Sevilla. «Desde entonces siempre tuvimos miedo de lo que pudiera

pasar.»

Otra de sus aficiones era llevar gente a casa. «Se presentaba —dice su padre—

con dos o tres, sin avisar, diciendo: que estos vienen a comer. Llevaba las

novias, los amigos y las amigas. Siempre había comida preparada, porque se

presentaba cada dos por tres con invitados.»

Su hermana pequeña, Lola, es la que más se parece físicamente y de carácter a

Felipe. «El es muy cariñoso, —declara—. Y muy apegado a la familia. Llama

bastante para lo que tiene encima. Y en cuanto puede se viene a Sevilla. Es que

él es muy de Sevilla. Aquí se encuentra en su ambiente y es distinto a cuando

está en otros sitios. Cuando se tiene que volver a Madrid, se le va cambiando la

cara unas horas antes. Y los niños dicen que la Moncloa tenía que estar en

Sevilla.»

Dicen que cuenta muy bien los chistes. «Los contaba —dice su padre—. Ya se le

escuchan menos.» Y que le encanta el flamenco. «Eso sí, desde siempre. De. joven

se iba a Puebla y se perdía con los gitanos por oírlos cantar.»

La pandilla

Pronto empezó a formar su círculo de amigos. Uno de los más fieles de entonces

es Juan Alarcón. Lo conoció una tarde en una pandilla juvenil, le convencieron

sus ideas y pronto se encargó del aparato del partido. Cuando se lo deshacen se

va a Madrid con Felipe, de chófer y hombre de confianza. Ya se ha vuelto a

Sevilla.

«Lo conocí por amigas comunes. Y salíamos a lo que salía un grupo de amigos

progres de aquella generación. Al cineclub, al teatro, a los recitales y todo

eso. Y teníamos reuniones para discutir temas de cultura y política. Lo normal

de aquella generación.»

Para él, era lo normal en un ambiente de gente con inquietudes en los sesenta.

«No es que fuera un líder, se ganaba a la gente y caía muy bien. Y cuando

discutíamos, , exponía y sintetizaba las cosas de una forma que se llevaba el

tirón.» No quiere hablar de las novias ni los «ligues» de esa época. «Felipe era

normal, como todo el mundo. Gustaba mucho a los amigos y a las amigas, pero le

cortaba que éstas se lo dijeran.»

Después lo conoció como jefe. «Pero nosotros siempre hemos sido amigúeles,

aunque le decíamos "gran jefe". Pero me gastaba bromas y a veces se ponía él a

conducir y decía que me llevaba a mí. El le da un gran valor a la amistad.»

La Universidad.

Después de ir al matadero se iba para la Universidad. A veces en un viejo Opel,

que también servía para llevar leche. Uno de sus compañeros de curso, que ahora

no es político, Gerardo Martínez Retamero, lo recuerda. «Era un estudiante

normal, sacaba sus cursos entre junio y septiembre. Sumamente sociable, un tío

"cachondo" en el trato, pero muy serio en sus planteamientos. No iba mucho por

el bar de la Facultad —dos o tres veces en la carrera—, donde además de

reuniones había buenas timbas de dados. No era amigo de copas, pero de ligues sí

andaba bien.»

Se acuerda que los mejores del curso, los empollones, eran Javier del Río, hoy

consejero de Hacienda; Antonio Ojeda, presidente del Parlamento andaluz, y

Joaquín Galán, consejero de Trabajo. Todos los años celebran una cena del curso,

«él viene siempre que puede, pero me temo que este año va a estar muy ocupado».

Después se lo ha encontrado muchas veces enfrente en un tribunal. «Siempre

buscaba un nivel de justicia. Era facilísimo negociar con el, porque tenía las

ideas muy claras sobre el conflicto en cuestión. Y destacaba por su honradez.

Decir esto me costó disgustos hace años.»

Martinez Retamero es el máximo aspirante a la presidencia del Betis, del que ya

fue secretario. «Via Felipe en la final de Copa del 77, que ganó el Betis, y

cómo el Rey lo hizo pasar al palco. Y un día coincidíamos en el festival de

Mairena y quedó en venir a ver al Betis al día siguiente, pero le dio el primer

ataque a su madre.»

El descacho

Estudia en Lovaiña, jura de abogado en octubre del 68 y monta un bufete-

laboralista, con Rafael Escuredo y Antonio, Gutiérrez. Poco después entra Manuel

del Valle, otro compañero de curso. En el 77 fue senador, desde el 79 es

presidente de la Diputación sevillana, y es el futuro alcalde de Sevilla. Felipe

lo captó pronto. «Lo mismo para el despacho que para el partido. Me dijo: Creo

que ha llegado la hora de que te incorpores al compromiso político.» Cada uno

jugaba un papel en el despacho. Felipe aglutinaba, sintetizaba las posturas y

tenía visión de futuro. Escuredo hacía de abogado del diablo y Ana, su mujer,

era la visión realista del problema.»

La mayor virtud de Felipe para Del Valle «es la rapidez en la captación de las

cosas y la capacidad de síntesis». Aún recuerda cómo, cuando no había trabajo,

se ponían a jugar en medio de la calle de Capitán Vigueras a la petanca. «El nos

hizo comprarnos a todos el equipo de bolas y jugar.»

Los íntimos

Francisco Palomino lo conoció a los dieciséis años. Después se caso con su

hermana menor y desde siempre es uno de sus íntimos. «Soy amigo antes, aparte de

cuñado, pero quien diga que es el amigo íntimo de Felipe, miente. El tiene

muchos amigos por igual. Cuando se enteró que salía con su hermana, me dijo: "he

ganado un cuñado y he perdido un amigo". Pero la verdad es que seguimos siendo

amigos.»

La cabeza de Francisco Palomino es un hervidero de recuerdos. De cómo se iban a

los Billares Sevilla a ver jugar al campeón Gálvez. «En casa jugamos al billar y

somos muy parejos. Unas veinte carambolas de media. Regulares.» O de cómo

llevaba en aquella época pantalones vaqueros. «Era insólito para la época.

El los conseguía por un amigo de la base de Morón. Y a mí me consiguió mis

primeros vaqueros. Y esa era su imagen: los vaqueros, el "pulligan" y el libro y

el periódico bajo el brazo.»

También se acuerda de los ataques de asma que sufría. «Los médicos dijeron que

se le quitaría con los años. Y así fue, cuando estuvo en el campamento de

milicias.» Y confirma lo de las invitaciones a comer. «Siempre llevaba gente:

"Mamá, que aquí están estos amigos. Ponles algo especial." Y las sobremesas eran

deliciosas y familiares, estuviera quien estuviera.»

Tiene un carácter fuerte. «Se sobrepone a los problemas y a la adversidad. Pero

la muerte de su madre, con quien estaba muy compenetrado, le ha afectado mucho.»

Y la anécdota no contada: «Una vez le dio unos papeles del partido a su madre

para que los guardara. Y a ésta, para que estuvieran seguros, no se le ocurrió

otra cosa que ir a la pescadería y decirle al dueño: "Esto pesa mucho, no te

importa que te lo deje, que mañana vendré a por la bolsa." Allí, desde luego, no

iba a buscarlos la Policía.»

 

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