Autor: Agudo, Luis Venancio. 
   La hora de la verdad     
 
 Ya.    02/12/1982.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

La hora de la verdad

Por Venancio Luis AGUDO

HA sonado la hora de la verdad. Las cinco de la tarde. Quedan atrás el tanteo de

la vocación y los caminos del riesgo que vienen desde Sevilla, como en tantas

otras andaduras hacia las decisivas cinco de la tarde. Suresnes y la

clandestinidad. Y las cornadas sin gloria ni titulares. Y las esperas de

meritorio ante los grandes —Willy Brandt, Kresky...—. Y después, en estos años,

la cercana historia, a las puertas de la tremenda responsabilidad, ya con

espectadores y división de opiniones.

La hora de la verdad. Hay un clima expectante, como en noche de estreno o tarde

, de alternativa. Como en las anteriores. (Luego, el poder desgasta, cornea.

Recogieron ayer sus bártulos los que hasta aquí ocuparon el escenario —¿o el

quirófano?— y se marcharon cabizbajos, ante el silencio, no más, de quienes a

las cinco en punto de aquella otra tarde les recibieron con la misma

expectación.)

ANDAMOS, pues, de alternativa y estreno. Estreno múltiple, de casi todo. Primer

Gobierno socialista. Primer socialismo español en trance de cruzar su Bad

Godesberg. Primer Gobierno con mayoría absoluta, sin necesidad, pon tanto, del

consenso y la componenda. Primera situación democrática con profundo deseo de

moderación desde abajo. Primer entendimiento de izquierda y monarquía, mientras

los retales morados pasan a capas inferiores del baúl de los recuerdos. Primera

simultaneidad pacífica de dos realidades tan masivas como la socialista del 28-O

y la católica alrededor de Juan Pablo II. Primera llegada al poder, respetuosa y

respetada, de los vencidos en una guerra apenas de anteayer.

¡Cuántos estrenos ante un pueblo —y esto sí que es estreno— moderado, quieto, a

pesar de la crisis que muerde el bolsillo, deseoso de ser gobernado de verdad,

abriendo créditos a políticos inexpertos en tanteo delicadísimo de búsqueda de

su salvación! ¡Que responsabilidad la de quien acepta ese cheque en blanco a las

cinco de la tarde!

Creo que en tres grupos —los tres tercios— se centra la faena que tienen que

lidiar quienes inician el paseíllo. Cada tercio necesita su temple propio.

Cambiarlo, dar a uno el tratamiento de otro, puede ser mortal.

Primer tercio. Cuestiones de Estado. Lo ha dicho el Rey desde su superior

atalaya. Son las grandes cuestiones, que exigen deponer particularismos.

Aquellas en que todos —Gobierno, oposición, espectadores/protagonistas debemos

unificar voluntades y esfuerzos. Un poder público fuerte, una justicia eficaz,

un sentido jurídico, una hacienda con medios, un respeto a las instituciones,

una acción solidaria ante el exterior y ante el bien común supremo... Pero todo

ello sin traicionar al auténtico sentido de estado con contenidos espúreos. Por

ahí bordea el astifino riesgo. Porque Estado fuerte no es lo mismo que partido,

adueñándose de él para sus menores intereses. Sería la dictadura del Estado.

Riesgo que corremos. Tentación de nuevos ricos en el poder. El Estado está al

servicio del pueblo y de la sociedad, no al revés. Fuerte en su auténtico

ámbito; subsidiario, en casi todo lo demás. Balines —y tantos otros— explicó el

sinsentido de los Estados fuertes para sociedades débiles. Impresiona la fecha —

1843— en que analizó un ejemplo que es más actual hoy que entonces:

«¿Qué espectáculo no nos ofrece Rusia, ese coloco que amenaza en el porvenir la

independencia de Europa? La sociedad, pobre, abatida, esclava en buena parte,

¿es por ventura rica, floreciente, lozana como el Estado?»

Estado español fuerte. Pero rio con una sociedad española enclenque.

Segundo tercio. El pan nuestro de cada día. El déjese usted de cuentos y

solucione los problemas. El Estado-eficacia en su mejor sentido. El silencio,

señores, y vamos a trabajar. Menos política-política y más hechos.

Bien está que haya propósito de explicarle al pueblo, y de abrir debates, y de

crear comisiones..., pero todo ello en tanto en cuanto sea imprescindible para

que la máquina marche y produzca. ¿No van sobrando ya discusiones, y reuniones,

y parlamentos, y gobiernos, y asambleas, y almuerzos y cenas de trabajo? Somos

espléndidos en la verborrea y el chau-chau, en el ingenio y la lengua viperina.

Pero no está el horno para retóricas ni gracias. Gran labor para la oposición:

exigir hechos, rio palabras.

Superar la crisis económica y el paro; precios, inflación, empresas sanas;

construir y no destruir; trabajo y no absentismo; viviendas, paz; sentido

práctico; energía para sacudir zanganerías y picarescas.

Un tercio para la eficacia. Este es el terreno en el que hay que lidiar.

Tercer tercio. El del peligro y la muerte. Por donde se nos han colado todas las

cornadas y nos hemos desangrado tantas veces. Los grandes temas que rozan los

nervios vivos de los profundos derechos humanos. Para un padre, el derecho deber

de elegir —él, no el Estado o el partido— el tipo de educación para sus hijos;

el respeto a lo que, crea yo o no, es sagrado para el vecino; la seguridad

contra el envenenamiento a sueldo, infiltrado en él hogar; el respeto a la vida;

la salud en la calle por la que Juan Español tiene derecho a transitar, con su

mujer y sus hijos, sin agresiones de ningún tipo.

Un programa político es una oferta múltiple. Y el elector opta por una decisión

única. Y, de hecho —voto útil—, ante sólo dos partidos. Un sí o un no al

programa en bloque de dos partidos. A todo.. ¡Escasa posibilidad de matizar!

¿Qué hubiese sucedido con una oferta troceada de cada programa? Este es el

difícil análisis que el vencedor debe hacer, interrogando el • «sí», misterioso

y blanco, de cada papeleta.

>>Sí>>, ¿a qué? ¿Sobre cuantos y cuáles párrafos del programa socialista recae

el sí mayoritario, el sí minoritario..., y quién sabe si el no de sus electores?

Riesgo tremendo en el tercer tercio de la faena. Temas para no herir. Cuando

tanto hay por hacer, impuesto por la pura necesidad, a todos y para todos, ¿se

nos irá el esfuerzo a las zonas de la controversia dogmática, a los

contrasentidos del ataque a las profundas libertades?

Cuando Felipe González hizo sus últimas ofertas ante las urnas mostró, sin

reticencia alguna, una voluntad de moderación en la mejor línea de los deseos

mayontarios. Era un contrasentido con afirmaciones anteriores del partido. Todos

vimos la contradicción. Por eso se le preguntó dónde estaba el cambio que

anunciaba. La respuesta se alejó de dogmatismos, de ideologías y aun de

contenidos de programa: en el funcionamiento de la máquina, en la eficacia. A

partir de ahora, la contradicción o la consecuencia de sus hechos las mediremos

frente a esta afirmación, última y tajante, ante las urnas.

Ha llegado la hora de esa verdad.

 

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