Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Catálogo y prosopopeya     
 
 Ya.    02/12/1982.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA QUINTA COLUMNA

Catálogo y prosopopeya

MENUDO tostón. Los terminales socialistas y los voceros del cambio se afanan en

restaurar los palos del sombrajo, pero a algunos ni les ha dado tiempo a cambiar

el comentario prefabricado y salen con lo del discurso kennediano, qué

disparate. El gesto de Nicolás Redondo, a punto de.ronquido, reflejaba la

decepción del mocerío socialista. Ya les mostré que Felipe González no es un

parlamentario. Suele arrancar bien desde los brazos de los cuidadores, pero se

derrumba al segundo-asalto y termina groggy en los grandes encuentros cuando

tiene adversarios delante; Leopoldo Calvo-Sotelo le ganó siempre a los puntos,

de lejos. Ahora los cuidadores se sacan de la manga que la inconcreción del

discurso fue deliberada. Naranjas de la China; ante la nación expectante Felipe

González demostró que no tenía mucho que decir y que además no sabía cómo

decirlo. Nunca le brindron a Fraga un primer gol tan clarísimo.

Evocar a Kennedy, qué aberración, sin una chispa ilusionada, y con el nombre de

Dios ausente del fárrago. Esto no fue la Nueva Frontera. Fue un discurso de

Adolfo Suárez rebajado de tono por un tecnócrata de bachillerato. No sonaba a

convocatoria de futuro, sino a catálogo de problemas insolubles.

No empezó mal. Prometió gobernar para todos los españoles, en diálogo con una

oposición vigorosa y con orientación de largo plazo. Allí se acabó la grandeza,

sumergida en la monotonía, la abstracción y el voluntarismo. Recalcó el

propósito de crear doscientos mil puestos de trabajo por año, durante los cuatro

de la legislatura. No dijo cómo. No explicó cómo estimular la inversión privada,

única capaz de resolver el paro. No repasó siquiera las cuentas: sí cada año

entran 145.000 jóvenes al mercado de trabajo, necesitaría el PSOE sesenta y tres

años para acabar con el paro si cumple su. programa, que resulta encima inviable

dadas las contradicciones del programa y del discurso. Enumeró cansinamente los

sectores en crisis bajo la rúbrica «Habría que hablar de...» y luego no hablaba

una palabra. Terminó esta primera parte con la afirmación de que el panorama

económico se presenta difícil! Kennedismo puro, ya ven.

Inició la segunda parte, sobre política social, con un rictus de cansancio y

rutina. Se estaba aburriendo él mismo con el discurso. Prometió una cartilla

geriátrica a la Tercera Edad. Clamó contra la discriminación de la mujer, pero

no va a nombrar una sola mujer para su Gobierno del cambio. No articuló la

defensa de la libertad de enseñanza, ni dijo cómo piensa defender a la opinión

pública de la formidable manipulación informativa que prepara y ejerce ya su

partido. Concibió la cultura simplemente como goce estético.

Catalogó fríamente los medios culturales; y repitió los tópicos de siempre sobre

la Universidad y la investigación.

La tercera parte, dedicada a la reforma de la Administración, fue, con mucho, la

mejor y la más concreta. Esbozó convincentemente una serie de grandes leyes

reformistas que presentó como virtualmente armonizadoras; torcían el gesto los

señores Vizcaya y Roca contra esta especie de LOAPA administrativa que

seguramente fustigarán en el debate. Con brevedad eficaz anticipó una docena de

leyes administrativas y demostró cómo bastan unos minutos para proponer

objetivos importantes cuando se tiene realmente algo que ofrecer,

excepcionalmente.

Recayó tristón en el, catálogo de abstracciones y elusiones cuando expuso, en la

cuarta parte, las líneas de la política exterior. Por el contenido y el tono no

sonaba siquiera a investidura de Suárez, sino a discurso de Franco ante él

Consejo Nacional del Movimiento. Grandes palabras, prudentes recortes y efugios

ante los fervorosos neutralismos de la campaña electoral.

Quedaba en el aire la retirada de la OTAN, que no se expuso como un designio,

sino como una amenaza.

Y la soterrada exaltación del colectivismo en la crítica dogmática al

individualismo liberal; como si las libertades fuesen simples concesiones de la

colectividad a la persona. Ahí se colaba Marx, con carta solidaria, en un

discurso en que no se nombró ni a la familia, ni al espíritu, ni al Dios en que

creen treinta millones de españoles. Todo muy kennediano.

Al final se destacó muy atinadamente la ridicula obsesión por el poder civil

cuando se habló de poder político o propósito de la defensa nacional y los

Ejércitos; se reconoció el servicio histórico y el papel de su Majestad el Rey.

Y cuando todo terminaba con aburrimiento, pero con dignidad, el candidato

sucumbió a la prosopopeya.

Como por lo visto no bastaba con la representación popular de los escaños, el

señor González introdujo en el centro del hemiciclo a la trinidad del cambio,

los tres personajes que se harán más famosos que las cañerías de Suárez: el ama

de casa, el empleado de Banca y el botones de hotel. Ni siquiera un discurso tan

aburrido merecía un final tan escénico. Cinco minutos después, todos los líderes

repudiaban el discurso. Menos uno que le había escuchado admirativamente,

separado de Santiago Carrillo por una columna de mármol verde: el duque de

Suárez.

Ricardo DE LA CIERVA

 

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