La letra de cambio     
 
 La Vanguardia.    02/12/1982.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La letra del cambio.

TODO lo que no se dijo anteayer, ayer se dijo. Y, naturalmente, es lógico

atribuirá una habilidad táctica evidente lo de acentuar la vaguedad en su

discurso de investidura para dar ayer, en generosas y numerosas respuestas a

cada orador, la primicia de una decisión que se iba a adoptar, de una ley que se

iba a llevar a la Cámara, en 1983 unas, en 1984 otras, los buenos argumentos, en

efecto, se guardaron para la réplica. Si anteayer Felipe González interpretó con

serena gravedad la música del cambio —en un discurso que a muchos pareció

innecesario—, ayer cantó con toda precisión la letra. Y lo hizo de modo

que,apenas quedara tiempo para que se le echaran encima pidiendo nuevas

precisiones o señalando eventuales contradicciones o incoherencias.

La letra del cambio es apretada, ambiciosa, y se proyecta sobre toda una

legislatura. Hubo en sus respuestas autoridad, precisión, serenidad. Los

problemas quedaron perfilados con líneas claras. Del densísimo debate de ayer

vamos a tratar de esbozar un poco lo que ayer no sabíamos y hoy sabemos sobre la

política que Felipe González se propone desarrollar en los próximos cuatro años.

Si no se puede decir con justeza que empiece ahora el cambio político en España

—como se le reprochó— sí que el recambio de personas y equipos produce la

impresión de un verdadero cambio que sobre todo llama la atención por el

carácter ambicioso y de alcance en el tiempo de una acción política. Con una

mayoría detrás, las grandes líneas quedan claras.

En el ámbito de las autonomías territoriales, la posición del señor González es

la de no volver a abrir un debate sobre la Ley Orgánica de Armonización del

Proceso Autonómico (LOAPA).

Sería absurdo, entiende, retirar una ley que el Tribunal Constitucional confía

que ya a interpretar la ley tanto desde el punto de vista de la Constitución

como de los Estatutos. La LOAPA, para él, no trata de homogeneizar

personalidades diferentes: el respeto a la diferencia —que acepta— se modula con

la voluntad de que no haya discriminación. «Solidario no es igualitario, sino no

discriminatorio», vino a concluir, junto con una invitación a todos para dar un

carácter positivo —«positivizar», dijo— el contenido de las leyes autonómicas.

En realidad, la posición socialista acaso quede entre la nacionalista por un

lado y la de Alianza Popular por el otro, con lo que viene a heredar la función

de centro, si bien con mayor decisión, asegurando un absoluto respeto a los

estatutos.

EN cuanto a la política extranjera, lo más concreto e inmediato es precisamente

uno de los casos más ilustrativos de lo que ayer no se quiso decir: el Gobierno

va a decidir en seguida la «apertura peatonal» de la verja de Gibraltar. El

ingreso en la comunidad atlántica se va a dejar como está: eso, suponemos,

significa, «congelar». El referéndum sigue al fondo, con negociaciones complejas

por delante, y un énfasis inmediato en el tratado bilateral con los Estados

Unidos, y en la prioridad del interés que ha de tener para nuestra defensa. Tocó

con habilidad la cuerda patriótica—acaso pensando en un sentir que puede

alcanzar incluso a quienes hubieron de combatir en Rusia bajo un uniforme

extranjero— en la negativa a que un almirante extranjero pudiera dar órdenes a

uno español en nuestro territorio.

Se perfiló también la política respecto de reformas tan necesarias como ja de la

educación y la justicia. Pero al propio tiempo quedó también muy claro que ahí

lo decisivo no van a ser tanto las leyes que se hagan como el dinero del que

presupuestariamente se disponga y cómo se aplique. En el caso de la enseñanza es

claro que el dinero público es de todos, pero la cuestión es cómo llegue a

todos, sea cual sea la escuela que los padres —derecho claramente reconocido—

escojan. La cuestión de los medios de comunicación y las televisiones no

estatales quedó también claramente planteadas, por la oposición, con alusión a

una sentencia del Supremo.

El curso del denso y apasionante debate —llevado con mucha inteligencia y altura

por los principales portavoces— lo que poco a poco fue emergiendo es que la

máxima prioridad, dígase o no, se reconozca o no, va a ser lo que constituye

también el mayor problema del país en este momento y en los próximos años.

Contener el gasto público, moderar la inflación, impulsar el crecimiento,

aumentar la presión fiscal y la progresividad del impuesto sobre la renta,

favorecer la productividad y la exportación y crear puestos de trabajo netos —ya

se vio que eso va a ser bien difícil en el primer año— son objetivos estudiados

con cuidado, escogidos con prudente ponderación, pero en definitiva ¡en

difíciles de cumplir al mismo tiempo.

AHÍ, en el interior del programa económico, es donde poco a poco habrá que ir

adivinando prioridades, puesto que no resultó fácil deducirlos del debate de

ayer. Es, por consiguiente, una cuestión a la que habrá que prestar la mayor

atención. Sin duda no será fácil reducir la inflación, combatir el paro e

impulsar el crecimiento. Pero incluso en el planteamiento, que se describió como

socialdemócrata, del programa va a ser una ventaja y no pequeña contar con una

mayoría en la Cámara y con una autoridad reconocida, y ayer brillantemente

revalidada, la personal del presidente del Gobierno sobre su partido y sus

colaboradores. Cuanto más difícil resolver el problema, mejor que unas manos

tengan los instrumentos al alcance y una persona la responsabilidad de afrontar

la situación.

Fue, en definitiva el de ayer, un debate claro y brillante, que dio ocasión a

precisar la letra —incluso pequeña— del cambio propuesto y a plantear los

enigmas que presenta su realización en un fosco horizonte que el país afronta

políticamente non decisión v recursos.

 

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