Autor: FILOXENO. 
   Señores socialistas     
 
 El Alcázar.    01/12/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Opinión.

SEÑORES SOCIALISTAS

No sé si se ha dado del todo cuenta el PSOE de la responsabilidad que ha

contraído. Supongo que sí, pero bueno será reiterárselo.

Ha recibido el PSOE un pueblo cansado y dispuesto a cualquier aventura

mínimamente razonable. Sin excesivas aristas en conjunto. Al menos, sin

excesivas aristas en términos de aceptabilidad por activa o por pasiva, aunque

bastantes datos objetivos —economía, proceso autonómico canceroso y otras

cuantas cosas— sigan sin suavizar, ni mucho menos, sus espinas. Quizá me

equivoque, pero me parece que los españoles en general contemplan el nuevo rumbo

con una casi benevolente curiosidad. ¿Con esperanza? Por qué no. Incluso los

españoles, entre los que formo, más o menos radicalmente opuestos a los

planteamientos socialistas. Sencillamente porque —repito— estamos fatigados y

predispuestos a cualquier nueva palabra de vida eterna. Se dijo en tiempos que

España había cansado a la Historia. Cierto. Ahora es la Historia la que tiene

radicalmente cansinos a los españoles. Cansinos y anhelantes de cualquier

solución sugestiva. Esa es su tarea, señores del PSOE. Una tarea auténticamente

nacional, por primera vez en su biografía como partido.

No sé si se me va a acusar, tras lo anterior, de apresurado turiferario del

poder de turno. No haría, al fin y al cabo, más que seguir la nutrida y

envilecedora estela de tantos neosocialistas como se alumbran hoy cada día. Pero

no es eso. Quítenselo de la cabeza los que así puedan pensar. Hablo, con el más

absoluto impudor, desde una ideología nuclearmente joseantoniana. Una ideología

difícil de llevar, desde luego, por incómoda, que no he podido quitarme de

encima, sino todo lo contrario, desde que la pura emoción de los años duros se

transformó en mí en teorema, no sólo válido sino necesario. Una ideología, por

último, notablemente coincidente con la del PSOE en bastantes aspectos

finalistas.

Lo siento, pero no he sido capaz de cambiar. Por mucho que me haya empeñado no

he encontrado razones exhibibles para ello. Las cosas, pues, claras.

Tan claras como para afirmar sin ambages que en negar esa dosis de coincidencia,

en rechazar a priori todo componente razonable en el socialismo, en la

desviación casi brutal de lo que nació con vocación de síntesis ha estado el

fracaso.

— llamemos a las cosas por su nombre— de la aventura apenas esbozada de las

camisas azules. Así les ha ido, y así les va a algunos de sus presuntos

continuadores de plantilla, empeñados en arrumbar la categoría y ejercer sólo,

con pretensiones de permanencia, unas formas históricamente anecdóticas. Dicho

queda.

No seguiré por ahí, sin embargo. No seguiré vertiendo en el comentario mi dosis

personal de reproches, casi de ácidos jugos gástricos. Vayamos a lo que importa.

Vayamos al ahora. Es decir, al futuro.

Decía que algunos o bastantes —no lo sé— españoles no socialistas contemplan el

porvenir inmediato con una benevolente expectativa que quizá pudiera

calificarse, incluso, de cautelosa esperanza. Ni les conviene defraudarles,

señores del PSOE, ni les conviene tampoco creer demasiado en el carisma

electoral. Suelen ser pasajeros los tales carismas, cuando sus beneficiarios no

conectan de verdad con la entraña de su pueblo. Tengan en cuenta que lo único

que realmente se ha dado es el «no es esto», es decir, un gigantesco voto de

castigo al «esto» que hay, pero nada más. Y que es preciso, por tanto, edificar

el «esto sí es» compartido. Ahí está, señores, la peliaguda cuestión que se les

ha venido a las manos.

Ya sé, ya sé que se me va a acusar, por lo que viene ahora, de arriesgado

intérprete de mi pueblo, pero me atrevo a ello. Si me equivoco, no tienen por

qué preocuparse, señores socialistas. Si no es así, más les valdría hacerlo.

Ustedes verán.

Son pocas, muy pocas, las cosas que desean mayoritariamente —pienso— los

españoles, aunque en ese mayoritariamente quepan desde luego variaciones en cada

uno de los puntos que siguen. Veamos, los españoles —supongo que incluida buena

parte de los votantes del PSOE— quieren:

— una España unida y sin fisuras;

— la ausencia de toda componente intemacionalista condicionante;

— el mantenimiento activo de unos valores sustantivos: familia, dignidad,

verdad;

—la recuperación de una moral social y personal hoy desmanteladas;

—el respeto, por lo menos, a la filiación divina del hombre. Quizá no se sepa

bien dónde está Dios, pero sí, y muy bien, dónde no puede estar en modo alguno.

No se equivoquen en este aspecto.

— una justicia social, por supuesto, capaz de sustentar la auténtica libertad

del hombre. De ahí, de su ausencia, se ha derivado sobre todo —piénsenlo— el «no

es esto» que acaba de aflorar arrollador. No de otras cosas.

Y por último, pero no le echen en saco roto.

—el respeto también a la Historia como fue o, por lo menos, el silencio, y nunca

la alegre y desvergonzada remodelación a la inversa, capaz de abrir llagas.

Habría, supongo, bastantes dispuestos a guardársela en su pura intimidad. No les

busquen las cosquillas, por favor. Se equivocarían.

Pero este ciudadano —pensarán los señores socialistas— lo que nos propone es su

esquema, no el nuestro. Así es, pero ténganlo en cuenta y no se confundan.

Tengan en cuenta que muchos arriaríamos bastantes cosas si ustedes consiguen

todo eso. Sin pedir, desde luego, derechos de autor. Y aunque ello comportara

graves desgarraduras íntimas. Sí ustedes nos lo dan, se lo aseguro, seremos

perfectamente capaces de colgar de la escarpia de lo entrañable incluso nuestras

propias biografías, aunque dolorosamente, eso sí.

Temo mucho, sin embargo, que no sea ese el caso. Estoy seguro, desde luego, de

que posiblemente no venga la ruptura déla cautelosa esperanza de los aspectos

puramente socio-económicos a que acabo de referirme. Ahí van a cumplir,

probablemente, si se atreven, aunque tampoco estoy del todo cierto, sin que mi

duda contenga la menor incitación radicalista facilona. Ustedes van a fallar en

principio —Dios quiera que no— en casi todo lo demás. En todas esas llamadas

superestructuras que quizá sigan empeñados en devaluar. Harán mal, de verdad,

harán mal. Volveríamos a empezar, se lo aseguro. Y no debiera tratarse de eso.

Ese es, señores socialistas, su problema. Y ahí puede estar, señores

socialistas, su gloria.

FILOXENO

 

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