Autor: Sinova, Justino. 
   El límite de las incompatibilidades     
 
 Diario 16.    17/01/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

OPINIÓN JUSTINO SINOVA

El límite de las incompatibilidades

Hacía falta aplicar la ley de incompatibilidades para poner un freno a la

extensión del abuso. Pero tan nefasto puede ser imponer la ley a rajatabla, sólo

leyendo su letra y sin captar su espíritu, como prescindir de ella. Un grave

error sería que las incompatibilidades cegaran el ejercicio intelectual.

CRONICAS DEL CAMBIO

El presidente del Congreso de los Diputados, Gregorio Peces-Barba, ha tenido un

curioso enfrentamiento con su partido, el PSOE. Dispuesto a seguir impartiendo

sus clases mañaneras en la Facultad de Derecho, el prólogo de siempre a sus

dedicaciones políticas, se ha encontrado con una tosca y burocrática oposición.

Miembros de su partido estaban dispuestos a que abandonara las aulas con el

argumento de que todo su tiempo disponible es para el Congreso, hasta que Peces-

Barba ha llegado a amenazar con la dimisión si se le imponía la condición

rastrera de abandonar toda actividad intelectual universitaria.

Al final se ha llegado a la solución de autorizarle sus clases sin derecho al

sueldo docente y, aunque sería discutible esta condición, se ha esquivado una de

las consecuencias desgraciadas de la necesaria ley de incompatibilidades que, si

trata de evitar los abusos y obtener la dedicación de los cargos públicos, no

busca, claro está, el control de la inteligencia y el saber.

La batalla ganada por el presidente del Congreso es uno de los más importantes

sucesos de estos primeros tiempos del cambio, porque una aplicación literal de

la ley de incompatibilidades puede conducir hacia el empobrecimiento cultural.

Desde siempre, la Universidad y la política han sido espacios de actividad

entrelazados que se han beneficiado mutuamente. No se entiende, sino como

producto de una obcecada pasión por la letra de la ley, la pretensión de separar

ahora tajantemente esos dos mundos, como si de la noche a la mañana, modificando

el rumbo de la historia de la cultura, pudieran vivir independientemente.

Un dudoso lujo

Los juristas más finos y más preocupados por el progreso social han hecho

siempre una interpretación progresista del espíritu de la ley y no es posible

imaginar que la norma de incompatibilidades pueda trazarse la meta de acotar el

ejercicio intelectual. Por el contrario, la sociedad debería ocuparse de que los

políticos no dejen de acudir a la Universidad, porque no debe estar permitido a

la Universidad el dudoso lujo de prescindir de la inteligencia. Y aquí no hay

que hacer distinciones políticas; tan nocivo es para la Universidad privarse del

catedrático Peces-Barba como del catedrático Manuel Fraga.

Lo mismo cabría decir de la conexión necesaria de otras actividades

profesionales con la Universidad. Cuando la Universidad va sacudiéndose las

viejas ataduras, cuando empieza a perder, por ejemplo, su ofuscación por las

oposiciones y mira hacia los profesionales más valiosos de cada disciplina, no

se la puede imponer un concepto chato de las incompatibilidades como para

desterrarla a los eriales de la sociedad.

La ley de incompatibilidades no puede someter a norma el ejercicio de la

inteligencia o la creatividad, lo cual sería no sólo una pretensión boba sino

también un atentado a la salud mental de la sociedad. Y se podría dar lugar a

una inquietante extravagancia: pasar de una situación de abuso, como la que

trata de corregir la ley de incompatibilidades, a la formalización de unas

injusticias.

Los periodistas

A mí me preocupa, pasando a un asunto conectado con el empleo de las facultades

mentales, la rigidez con que han empezado a aplicar las incompatibilidades en

televisión y en radio. El ejercicio del periodismo, salvo que uno quiera

voluntariamente someterlo a un horario —lo que yo siempre discutiré—, exige una

dedicación tenaz y constante. El trabajo del periodista no termina cuando recoge

los papeles de su mesa. Yo podría dar una lista —podrían hacerlo otros muchos—

de grandes periodistas que están siempre, de un modo u otro, trabajando.

Lo que el periodista puede hacer, a la hora de establecer una relación laboral,

es contratar con su empresa una dedicación constante o parcial; es decir: pactar

la entrega de todo su trabajo o sólo una parte, modalidad esta que no significa

necesariamente que el periodista cuelgue su ser profesional en el per-

chero cuando se cumple el término de su dedicación concertada.

Pero lo que no debe estar permitido a nadie es obligar al periodista a cerrar el

fluido de sus capacidades cuando está fuera de su tiempo pactado de trabajo,

como sería aberrante tratar de limitar el trabajo del escritor. El periodista

debe disponer de la oportunidad de dar salida al producto de su trabajo,

cumpliendo con la dedicación que ha pactado en su empresa y respetando el lógico

principio de no acudir a la competencia. Aplicando con criterio estajanovista

las incompatibilidades en televisión y en radio estatal, se puede llegar al

absurdo de prohibir a un redactor escribir y publicar poesía o al error de

prescindir de Luis del Olmo, conductor de uno de los programas más escuchados de

Radio Nacional y hoy condenado al silencio en esa longitud de onda.

Una conocida periodista afectada por las incompatibilidades de televisión me

comentaba el otro día ´que los artículos que escriba en una noche de insomnio va

a tener que leerlos a sus amigos, porque en su medio no tendrán salida. Esto es

lo absurdo de las necesarias incompatibilidades: poner límites a la creatividad.

Tan absurdo como sería obligar a un ilustre catedrático al esperpento de

impartir sus clases de primera hora de la mañana en la sala de estar de su casa

porque después tiene trabajo en el Parlamento.

 

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