Autor: Sagrera, Martín. 
   De S a X: La obsecena censura     
 
 Diario 16.    19/01/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

OPINIÓN

19 enero-83/Diario 16

MARTIN SAGRERA

Sexólogo

De «S» a «X»: La obscena censura.

La primera medida que ha tomado la flamante dueña oficial de nuestra

cinematografía es. establecer una nueva clasificación para las películas

llamadas pornográficas. Pero el cambio de la «S» por la «X» no es sino una

metáfora de la política censora y carca del nuevo Gobierno, que atenta contra

algo tan íntimo como la libertad individual.

El recién estrenado Gobierno de Felipe González parece dispuesto a imponer el

plan trazado por UCD, pero que ésta no se atreviera a llevar a la práctica:

restablecer la censura cinematográfica. Se suprimiría la calificación «S»,

absolviendo a las películas de violencia y relegando a un infierno las

pornográficas, que estarían sólo al alcance de los demás ingresos y más

«urbanizados». No puede ser más... gráfica la nueva marca de la censura: una

tachadura, una X, un aspa, una cruz de San Andrés que exhibe las vergüenzas de

nuestra mutilada sexualidad... y libertad.

Antes se llamaban despreciativamente «libertinos» a los que propugnaban la

libertad económica, política y sexual; conseguidas en apariencia la primera, con

el liberalismo económico, y la segunda con la democracia parlamentaria, el

intento por reprimirlas todas suele comenzar por la más débil, menos reconocida

y asentada: la libertad sexual. Los reaccionarios de todo tipo montan campañas

contra los «libertinos» que la defienden. En la misma España, se justificó la

rebelión franquista como una lucha contra la pornografía, anticoncepción,

etcétera. De ahí que todo amigo de la libertad, todo verdadero demócrata, deba

defender cualquiera de las libertades, «aunque» sean sexuales: si se permite que

se castre la libertad sexual, las demás, no durarán mucho. Ya Tocqueville decía

que en la libertad de expresión «no hay términos medios: si se empieza a

restringir, se acaba bajo los pies de un déspota».

El tabú

Insistamos en ellos, porque muchos españoles y su Gobierno parecen estar contra

toda censura... siempre que no se trata de algo realmente inmoral es decir,

sexual. Ahí todavía estamos en el terreno de lo absoluto, sagrado, separado,

tabú, en que no rigen, pues, ni las reglas democráticas. Mal asunto para la

misma democracia, pues que lo sexual, como la libido, lo abarca todo, según

decía Freud, que fue a su vez censurado por su indecencia, como Darwin y otros

científicos, y como los movimientos políticos —del liberalismo al comunismo— y

sociales —de la eugenesia al feminismo—. «La acusación de obscenidad suele ser

utilizada para cubrir otras causas (ajenas a las sexuales) que el censor

rechaza: toda clase de teorías políticas, filosóficas, sociales, médicas,

religiosas y raciales han sido condenadas en una u otra época como obscenas» (A.

Ellis).

Por supuesto, también fue rechazado en distintas épocas por obsceno el arte no

europeo, el grecorromano, renacentista, Goya, Gaugin, Picasso, etcétera, como

fueron prohibidos casi todos los grandes literatos y, hasta hace muy poco en

España, muchos grandes cineastas. El maniqueísmo distingue, en efecto, lo

artístico de lo erótico; cuando ya se valora este último, lo erótico de lo

pornográfico; después distinguir el porno «blando» del «duro». El cambio es muy

rápido. Hace "poco, Gebhard definía lo pornográfico como «lo deliberadamente

diseñado para producir una fuerte excitación sexual», añadiendo el «fuerte» a la

definición antes admitida. Hoy, Sagarín debe añadir «de un modo socialmente

inaceptable», porque ya se admite que" sea fuerte en ocasiones. Las distinciones

son arbitrarias, incomensurables, no substantivas, porque, en realidad, «lo

erótico es lo del rico; lo pornográfico, lo del pobre>> (Berlanga); o «lo

erótico es lo que me excita a mí; lo pornográfico, lo que te excita a ti» (E.

Willis).

Aparte de otras justificaciones partidistas y, en cuanto tales, descalificadas

en una sociedad democrática como motivo para una represión oficial, se ha

argumentado para coartar la pornografía y la sexualidad en general el «peligro

moral» de transgresiones sexuales. Pero las comisiones oficiales establecidas

por los Gobiernos de Estados Unidos, Francia, etcétera, después de amplios

estudios, incluso experimentales (Universidades de Carolina del Norte y

Hamburgo), llegaron a la conclusión unánime de que con la pornografía no sólo no

crece desordenada e incontrolablemente la actividad sexual, sino que ella

constituye un desahogo bastante satisfactorio e inocuo de la misma. Lo mismo

muestra la experiencia mundial de los campos nudistas, que hemos descrito en «El

descubrimiento del hombre». Y la prueba de fuego, la despenalización de hecho de

la pornografía en diversos países, ha llevado a un muy notable descenso en el

número de delitos sexuales en Dinamarca, Suecia y Francia. Y lo mismo ha

ocurrido en España, desde 1975, con el «destape».

Educación

Se comprende, pues, que con un material histórico, clínico y estadístico de

extrema solidez, los más prestigiosos sexólogos recomienden la pornografía como

método de educación sexual. Así, en Francia, Meignant; en Estados Unidos, tanto

Masters y Johnson como Money, y Vrewer explica cómo en 20 hospitales ingleses

las películas pornográficas, hipócritamente confiscadas en las aduanas, son

utilizadas con resultados terapéuticos positivos.

Por eso, en España, Castilla del Pino deseaba, en 1977, que hubiera todavía diez

veces más revistas de destape, para acelerar la desrepresión sexual. Esto nos es

urgente no sólo para que siga disminuyendo nuestra criminalidad sexual, sino

porque nuestras encuestas y otras (como la de la Universidad de Heidelberg) han

mostrado la relación entre la represión sexual y el fanatismo y extremismo

político (de derechas e izquierdas), y en un país en que esos extremos golpean y

matan parecería, pues, muy necesario fomentar y subvencionar mucho el cine

pornográfico, como ya propusiera el´ sueco Ullerstam.

Pero, por desgracia, aquí no estamos, ni de lejos, en la socialdemocracia sueca,

en donde la TV proyecta pornografía, pero veta un Pato Dónald que se divierte

asustando o torturando a animales más pequeños, ya que se ha demostrado que

presentar la violencia conduce a la violencia. En España se va a seguir

permitiendo y estimulando el recrear morbosamente escenas, detalladas e

interminables de violencia y sadismo (aunque sea para denunciar a los «malos»,

como en «El crimen de Cuenca», de la actual directora de Cinematografiad, pero

se penalizarán las escenas de amor y placer que hacen, por el contrario,

disminuir la criminalidad. «¡Pobre país en el que los instrumentos de la

generación pasan por ignominiosos, y los de destrucción por honorables», decía

el «espadachín» francés-Bergerac... ¿Cómo quejarnos después de ir formando, con

esta política, una nación de criminales asexuados? (S. Wilson).

Antidemocracia

En efecto: esa censura nos será particularmente dañina, porque, por ser más

débil nuestra democracia, tenderá todavía más que otras a extenderse a otros

campos, y porque, por ser censura sexual, impedirá nuestro desahogo y desarrollo

en este campo, en donde nuestra miseria llega, como vemos, más al crimen que en

otras partes. Crear una censura requiere formar una gran fuerza de inquisidores,

a cuya cabeza se ponen quienes creen deber saber más que los demás, y quienes

creen que el contacto constante con lo pornográfico no les corromperá como a los

demás, y con razón, pues ya están desequilibrados, hasta el punto de tener que

disfrazar sus necesidades sexuales con la «noble excusa» sádica de reprimir la

sexualidad de los demás.

No: si las películas pornográficas son malas — y muchas lo son, como producto de

una sociedad eróticamente tan deficiente--, reivindicamos el derecho a no ir a

verlas, pero no que nos impidan la entrada unos siniestros reprimidos, para

quienes todo es sucio, como «todo es limpio para los limpios». Pero esos

censores no son en el fondo sino instrumento de todos los que viven de la

explotación y de la violencia (incluso para condenarla y reprimirla), que

quieren mantener esta sociedad que haga la guerra y no el amor, la lucha por la

vida y no la cooperación, el duro trabajo y no el placer creador.

 

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