Autor: Dávila, Carlos. 
   El tono moral y las deficiencias     
 
 Diario 16.    22/01/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Carlos Dávila

El tono moral y las deficiencias.

EN un tono moral convincente y con una fórmula periodística inadecuada, el

presidente ocupó ayer tres cuartos de hora en transmitir al ciudadano español su

permanente y muy rentable —eso hay que decirlo pronto— mensaje de esperanza, un

mensaje que ya no podía ser, por fuerza, idéntico al que impartía en sus tiempos

de oposición y campaña. Quizá por eso, la innegable convicción que se desprende

de sus palabras y su intención de hacer creíbles sus pensamientos, sus ideas y

sus planes, no tuvieron la fuerza de otras veces. Faltó la precisión, a mi

juicio, y, fundamentalmente, un profundo análisis del estado de los grandes

problemas y de sus posibles soluciones.

No basta, por eso, con las grandes frases y Felipe González las prodigó. La

televisión recogió siempre los primeros planos, a modo de cartel electoral, los

planos en los que el presidente se «comunica» más fácilmente con sus

interlocutores, pero esta vez sólo había uno, vacilante, que no supo o no quiso

plantear rudamente las graves cuestiones pendientes. Un ejercicio de moderación

que el señor González no le tiene por qué agradecer, porque él, sobre todo, es

un experto en el juego en corto, en la réplica inteligente a la pregunta

agresiva, y en la respuesta comprometida a la pregunta impertinente.

Media hora estuvo íntegramente dedicada a la crisis económica. El presidente

huyó de dos tentaciones igualmente posibles: el achacar todos los males a la

«difícil situación heredada», una deplorable definición que sólo acarreará

problemas a este Gobierno, y el insistir demasiado en sus promesas electorales,

sobre todo cuando ha transcurrido el suficiente tiempo como para que el

ciudadano de a pie haya caído en la cuenta que tales promesas no suelen sufrir

milagros inmediatos. El presidente no utilizó, pues, fórmulas mágicas, se limitó

a hacer un llamamiento a la solidaridad, que va. a resultar difícilmente

inteligible para el español parado, para el que espera el primer empleo, para el

que tiene graves problemas de seguridad o para el que ha sido declarado

«incompatible», aunque forme parte de esa mínima —según parece— porción a los

que el presidente pidió perdón por la injusticia.

Felipe González se centró en el análisis inteligente de las incompatibilidades,

el gran tema del momento. Salió adelante con una verdad a medias: la ley no es

nuestra, la ley es de la derecha, de UCD, de Alianza y de Convergencia. El

argumento, dialécticamente irrepochable, es insuficiente, porque no recoge los

proyectos inmediatos que sí son de este Gobierno y que ya han levantado ampollas

y las primeras críticas en el Partido Socialista, en el que se teme —lo decía el

presidente del Senado— la avenida de los más incapaces, sustitutos de los que se

van a casa porque no están dispuestos a gastarse en la práctica política o

funcionarial.

El presidente, sin embargo, debía decir esto. Era su razón y la utilizó

hábilmente. No pudo decir que las cosas hayan mejorado desde que, hace siete

semanas, se sentara por primera vez en la Moncloa. ¿Van peor?; nos quedamos sin

saberlo porque el entrevistador no quiso plantearle la «siguiente pregunta», la

fórmula periodística segura en cualquier entrevista múltiple o en una

convencional conferencia de prensa. La lástima es que todos nos creímos que la

entrevista no estaba preparada, ni siquiera «negociada», pero todos sospechamos

que había una inteligencia tácita entre ambos interlocutores.

DURANTE toda la entrevista tuve personalmente la impresión de que existe una

disfunción, una evidente diferencia de comportamientos entre Felipe González,

alguno de sus consejeros y sus seguidores fidelísimos. Al punto que podría

decirse que lo malo del presidente son sus intérpretes, alguno de los cuales,

por ejemplo, no ha sabido interpretar su orden de no interferir para nada en la

televisión pública, maltratada por la estolidez supina de unos ejecutivos

incapaces y embusteros. Felipe González salió como pudo del amable trance en que

le puso Ramón Colón cuando abordó tímidamente el tema crucial que ha puesto en

jaque la credibilidad del Gobierno.

El presidente confía en sacarnos del atolladero de la crisis y pide que no

disminuya la esperanza. En adelante, deberemos saber cómo va a hacerla, ya que,

según reconoció, ninguna de las medidas tomadas hasta ahora es suficiente para

hacerlo. Este, a mi parecer, fue el gran déficit de la entrevista: la falta de

planes claros y concretos. Salvo —eso parece ya comprobado— en un punto clave:

el terrorismo, en el que el Gobierno (no sé si un vicepresidente) ha dado

muestras —eso es indudable— de tener una política específica que reponde a lo

que ayer decía el presidente: Nada contra la unidad de España. Lo demás —eso

pudiera inferirse de sus palabras— puede hablarse.

 

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