Un líder claro para una política confusa     
 
 Diario 16.    22/01/1983.  Página: 1,2. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

EDITORIAL

Un líder claro para una política confusa.

La aparición de Felipe González en TVE ha confirmado su talla, su carisma y su

credibilidad como líder nacional y representante de un sector social amplísimo

que aspira a un cambio con moderación .y a una moderación que no suponga

parálisis, sino relanzamiento en la economía y en la política española.

Sin embargo, las explicaciones del presidente del Gobierno no han respondido a

las expectativas de credibilidad despertadas por el PSOE con la efigie de Felipe

González. Y no es plausible que la buena imagen del presidente se traduzca en

acciones eficaces de gobierno ni en proyectos sociales que lo complementen.

Un líder claro para una política confusa.

Es, indudablemente valioso, un mensaje apoyado reiterativamente en la moral y en

la moralidad; ahora bien, un mensaje moral —que es un mensaje «finalista»— no es

un mensaje «político», es decir, sobre los «medios necesarios» para alcanzar los

«fines» que se persiguen. Desgraciadamente, el mensaje del presidente ha

confirmado una esquizofrenia ideológica que puede llevarnos a adorar a Felipe y

a detestar al Gobierno que preside, cosa que, un país no puede permitirse

durante cuatro años.

El momento álgido de su discurso como líder español ha estado en su referencia

al»País Vasco. Cuando se apela a la ciudadanía y a la vergüenza moral para

sustituir la retórica por la dignidad ante la muerte y el chantaje, no caben

subterfugios, y es de rigor decir que.no se ha visto en toda la transición una

imagen de España tan estrictamente identificable con la libertad de una España

digna de su historia como la ofrecida por Felipe González.

Pero es lamentable qué el presidente del Gobierno tenga que quemarse «tan

pronto» para sustituir las evidentes deficiencias que en materia de

planificación económica se observan en la acción de gobierno. No es de recibo

que se esté protagonizando un espectáculo tan «inmoral» como el «escándalo

Balbín»

mientras el presidente predica moralidad en materia fiscal y laboral.

La impresión de una política económica de «parcheo», continuadora de las leyes

de UCD que aplica sin necesidad el PSOE, revela una inercia legislativa y una

falta de planificación desgraciadamente alejadas de cualquier «cambio».

Al hablar del «déficit público», el presidente no se ha referido a una cuestión

básica para ajustar el presupuesto a los planes de empleo e inversión: la banda

salarial, hoy´ pura incógnita. Del mismo modo, no conviene hinchar las cifras

del déficit con cantidades no consignadas en el presupuesto, pero sí activas y

actuantes en la economía nacional.

El fraude fiscal tiene una realidad parecida. No todo está en Suiza: la mayor

parte se invierte, y no es el remedio del déficit público. La inspección de

Hacienda no reparará nuestra falta de recursos. Y la reducción real en las

cuotas de la Seguridad Social ha quedado tan mermada con el aumento de las

prestaciones, que sigue siendo una espada de Damocles sobre empresarios y

trabajadores.

En cuanto a política exterior, los límites de la ambigüedad se están

sobrepasando ampliamente. Pensar que podemos renunciar a Europa si atentan

contra nuestra «dignidad nacional» es olvidar el Acuerdo Preferencial, que

abastece a buena parte de nuestras industrias. Y pensar que los universitarios

españoles pueden exportarse a países con un paro universitario como el de México

es sencillamente demagógico.

El ímpetu pacifista de Felipe González y su credibilidad moral está sosteniendo

a un Gobierno vacilante en política exterior, en lo civil y en lo económico.

En síntesis, estamos donde estábamos el 29 de octubre: ante una gran

personalidad y una incógnita de Gobierno. El problema es saber hasta dónde puede

progresar una esperanza sin satisfacciones que no sean puramente morales.

 

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