Autor: Anaut, Alberto. 
   La música del presidente     
 
 Diario 16.    29/01/1983.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La música del presidente

Alberto ANAUT

Ha ido con la lección aprendida a su puesta de largo ante el mundo empresarial.

Ayer, Felipe González se jugó el todo por el todo delante de los empresarios. Y

ganó. No hubo goleada, porque no se trataba de una batalla, pero la verdad es

que habla que ver al presidente sentado entre Claudio Boada y José María Aguirre

Gonzalo, recibiendo los aplausos de la flor y nata del mundo empresarial. El

problema, el único problema que tuvo ayer Felipe se llamaba Rafael Termes,

naturalmente. Porque antes de la llegada

del presidente del Gobierno, el portavoz de la Banca habla hecho la critica más

demoledora de la situación. Con los datos en la mano, Termes pintó un panorama

económico, tan negro, que asustó. Y lo hizo planteando una fuerte crítica al

Gobierno socialista. «Yo no sé si el presidente del Gobierno conocía estas

cifras —dijo entre el murmullo de los empresarios—, pero como presidente del

Gobierno tenía la obligación de conocerlas.» Nunca entre los empresarios se

había oído una cosa igual. Fue la única batalla.

Porque la verdad es que en la mesa presidencial de APD los Boada, Moya, Ferrer,

Foncillas, Fondorrona, Garrigues, Figueras... no le iban a plantar cara al

presidente. Y mucho menos, naturalmente, Aguirre Gonzalo —presidente de Banesto—

que mientras el sector bancario clama contra el déficit del Estado, se dedicaba

a pedirle al oído a Felipe González que aumentara en 350.000 millones de pesetas

más las inversiones del sector público para este año. Lo que supondría,

naturalmente, trasladar esa

misma cifra al déficit. El presidente del Gobierno se supo ganar ayer a los

empresarios. Estuvo sensato, brillante, discreto, preocupado, comprensivo,

firme, esperanzado y, sobre todo, sincero. Con un discurso que llama de

«moralina» pidió a los «vips» de la economía española que arrimaran el hombro

para sacar adelante el país y salvar la crisis. Esquivó las preguntas más

comprometidas con habilidad y machacó —teniendo por testigo a personas de la

talla de Tejero, Juan Liado, Cerón, Manuel de la Concha o Fuentes Quintana— las

posturas más tópicamente tradicionales de algunos empresarios que eligen la vía

rutinaria de la crítica.

Felipe fue directo a por Segurado —al que tenía sentado justo enfrente— y le

reprochó, aunque sin nombrarle la irresponsabilidad de iniciar una guerra contra

el Gobierno que podría llevar al país a cuatro años más del túnel económico.

Sacó las cartas sobre la mesa y jugó a fondo, porque Felipe sabe que en una

guerra abierta los empresarios también tendrían mucho que perder. Y dice que ése

no es el camino.

Ofrecía a cambio, el diálogo. Levantó murmullos y aplausos, sobre todo cuando

aseguró que «no iban a fracasar en su intento de crear ochocientos mil nuevos

puestos de trabajo, sobre todo porque los empresarios le iban a ayudar».

Cómo sería la cosa que hasta le gustó a Luis Olarra, que ya es gustar.

Tuvo enfrente a los grandes del mundo económico, pero la verdad es que no lo

tuvo tan difícil. Y lo notó desde el mismo momento en que al entrar en la sala

los empresarios se pusieron en pie y prorrumpieron en una Sorprendente ovacion.

 

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