Autor: Urbano, Pilar. 
 Los cien días del Gobierno. 
 Sosegad la marcha     
 
 ABC.    11/03/1983.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ABC INFORME

Los cíen días del Gobierno

Hilo directo

¡SOSEGAD LA MARCHA!

EN ese libro de Margarita Yourcenar que ha sido, y es, de cabecera del

presidente del Gobierno, dice el emperador Adriano: «Como correspondía, preparé

un informe oficial sobre mis actos... He mentido allí lo menos posible; de todas

maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos

hechos.»

Para que el pueblo sepa «que el Gobierno gobierna», el PSOE ha editado un

pequeño tomo-balance de los primeros «cien días». Tomar el libro como acerico

para clavar en él alfilerazos críticos sería demasiado fácil. Bastaría enganchar

frases como las de Alfonso Guerra: «En muy pocos días hemos hecho, si acaso,

demasiado...», «Podemos equivocamos, pero estamos tornando decisiones»; del

portavoz parlamentario socialista, Sáenz Cosculluela «... No ha habido un

Gobierno que gobierne tanto y tan intensamente en tan poco tiempo. El Gobierno

está trabajando a ritmo trepidante... Ha tomado tantas decisiones y de tanta

trascendencia...»; o del propio Felipe González: «Sí, se han tomado muchas,

muchísimas decisiones, con un esfuerzo de trabajo titánico... Si yo tuviera que

recomendarles algo a los ministros, en este momento, sería que sosegaran la

marcha de las decisiones, que es trepidente...» El empuje, el caudal y alcance

de las decisiones tomadas, el ritmo trepidante y el tiempo escaso de cien días

subrayan con elocución un hecho social palpable: el pueblo siente ya la

extrañeza alarmante de «estar demasiado gobernado». Transmitir esa sensación no

es, en sí, ni bueno ni malo: es sólo un síntoma... de juventud que se estrena en

el Gobierno, de nuevos ricos en el Poder; de bisoñez recién llegada al mando.

Con todo, sería deseable, exigible y esperable que, en los segundos «cien días»,

el Gobierno alardee menos de «tomar muchas decisiones», y, en cambio, avale

mejor que «las decisiones adoptadas son buenas». Este Gobierno no tiene razón

ninguna para precipitarse. Y ésta es la crítica «preocupada» que vengo oyendo de

su gestión, desde ribazos tan distantes como un Santiago Carrillo, un Ferrer

Salat o un Adolfo Suáréz. Y no tiene razón para gobernar con prisas, porque con

202 diputados y 136 senadores no se le puede derribar en las Cortes. Por tanto,

ha de durar los cuatro años, y esa seguridad debe serenarle. Hace unos días, en

vísperas del debate parlamentario «Rumasa», Alfonso Guerra enviaba, este

mensaje-oral a Ruiz Mateos: «No hay nada que hablar. Tenemos 292 votos.» Razón

de «peso». Nada que objetar. Son votos legítimos. Pero empalmemos ese «recado»

con esta declaración de Felipe González: «Lo que sí está intentando hacer el

Gobierno es tomar decisiones con absoluta independencia; se asume el riesgo del

error o del éxito, sin sentirse sometido a la presión de unos o de otros. Es

decir, se rescata un valor extraordinario para el Poder Ejecutivo. .» Salta a la

vista un acusado trazo político del «cambio», que va más allá de la colaboración

«derecha» o «izquierda» de tos gobernantes: en estos cien días hemos asistido ya

a una importante mutación funcional: del parlamentarismo, al gubernamentalismo.

Dicho de otro modo: ahora todo es Gobierno. Pero... el Gobierno no es todo. Ni

somos todos. Y, sin embargo, ha de serlo de todos.

Cuando «durar» no es mérito, porque hay hegemonía y omnipresencia en unas y

otras instituciones, celebrar los «cien días» no puede ser una efemérides. Y

menos el fin de una tregua. Aquí no cabe concebir la relación Gobierno-

gobernados como una guerra. Hay que dejar gobernar. Y dentro de cuatro años es

el pueblo quien «tome una decisión» cara a las urnas. Esa es la hora del

verdadero balance.

Quiere este Gobierno que en España no suceda aquel «vuelva usted mañana» de

Larra: «De momento podría decirse "vuelva usted esta tarde"...», dice el libro

del PSOE. Pero ya hay ciudadanos que se estremecen ante esa «trepidación»,

cuando desde el Poder se les dice: «¡Lástima no viniera usted ayer!» Y es que,

de regreso a Adriano, «tener razón demasiado pronto es lo mismo que

equivocarse». La política exige una larga aptitud para la paciencia. Los

estragos de los impacientes pueden ser irreparables calamidades. Bueno es, pues,

el consejo de González a sus ministros: «¡Sosegad la marcha!» Yo no puedo

escribir, honestamente, que de la euforia del 28-O se haya pasado al desencanto.

Pero sí que ha crecido, y mucho, ese «sindicato verde» de los perjudicados, de

los preocupados... Y aún nos quedan mil trescientos sesenta días de prepotencia

«puño y flor».

Pilar URBANO

 

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