Autor: Míguez, Alberto. 
 Los cien días del Gobierno. Política exterior. 
 Muchas palabras y escasa claridad     
 
 ABC.    11/03/1983.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

VIERNES 11-3-83

ABC / INFORME

Política exterior

Muchas palabras y escasa claridad.

PROBABLEMENTE fue la acción exterior del Gobierno socialista el sector más

castigado por la crítica en estos cien días de prueba. El ministro Fernando

Moran prefirió responsabilizar del chaparrón crítico a no se sabe qué oscuras

fuerzas de la reacción organizadoras de una campaña —«clarísima», acaba de

declarar— contra su gestión y contra el proyecto que promueve.

Desde que llegó al Palacio de Santa Cruz, el ministro Moran multiplicó sus

declaraciones, intervenciones ante las Cámaras, conferencias y ruedas de Prensa.

No parece, sin embargo, que estos esfuerzos —dirigidos sin duda a comunicar con

claridad a la opinión pública su proyecto exterior o, lo que parece que no es lo

mismo, el proyecto exterior del Gobierno— se hayan visto coronados por el éxito:

hace apenas unos días el canciller español reconocía que «la gente no entiende

la política exterior. Primero porque no puede ser explicada en todos sus

detalles, y, en segundo lugar, porque es una política muy matizada». De modo que

cuando Jos medios de comunicación inmersos en «la campaña» critican la gestión

del ministro o bien es que no la han entendido (lo que le sucede por otra parte

a todo el mundo, según él mismo reconoce) o bien lo hacen movidos por motivos

inconfesables.

La verdad es en es estos cien días el ministro de Asuntos Exteriores ha hecho

gala de una verborrea incontrolada o mal controlada. Algunas de sus afirmaciones

fueron imprudentes, ambiguas y contradictorias. Y no logró con sus repetidas

intervenciones públicas ilustrar a los ciudadanos ni tranquilizar a nuestros

aliados occidentales.

No puede decirse que la diplomacia del cambio careciera de un proyecto, o de un

vademécum de principios. Moran los ha repetido con ligeras variantes en sus

intervenciones; acusando a quienes los contestan de «enanos», «casticistas»,

«aislacionistas», y otros epítetos de parecida envergadura. Ampliar los márgenes

de nuestra autonomía exterior, mejorar las relaciones con nuestros vecinos,

sostener el equilibrio en el Magreb, estabilizar Marruecos, apoyar los proyectos

de paz y cooperación en tos foros internacionales, mantener relaciones

privilegiadas con Latinoamérica, defender la aplicación de los derechos humanos,

etcétera, son los pivotes de este edificio. Pero en la mayoría de los casos la

política que debía derivarse de tales principios se ha quedado en los márgenes

gestuales, verbales o simbólicos.

Entre la dispersión de intenciones y la enunciación altisonante de objetivos,

los temas puntuales de nuestra acción exterior fueron asumidos así:

• OTAN: El primer viaje del ministro Moran fue a Bruselas, para asistir a la

reunión de cancilleres de la OTAN. Ante un público cortés y atento el

representante español anunció la voluntad de paralizar nuestra integración en la

organización militar del Tratado Atlántico. Moran dijo allí y repetiría hasta la

saciedad que pese a ello España seguiría siendo un «aliado fiel, sólido y

cooperador», al tiempo que reiteraba la voluntad del Gobierno para evaluar las

necesidades estratégicas de España y la realización de un referéndum para

decidir nuestra permanencia en la organización atlántica. Pese a estos

enunciados, España ha dejado en la práctica de participar en los trabajos de la

OTAN, también en los ajenos a la organización militar. No informó, por ejemplo,

a sus aliados de la profunda reforma de sus Fuerzas Armadas, no hizo causa común

con los 15 países atlánticos en la Conferencia de Madrid y, probablemente, no

participará en la reunión del Comité de Planes nucleares, que se iniciará el día

22 en Portugal.

• CEE. Las visitas reiteradas del ministro de Asuntos Exteriores y del

secretario de Estado, Manuel Marín, a las capitales europeas en los últimos dos

meses, se cancelaron con magros resultados. Pese al optimismo erreductible de

ambos, los obstáculos de antaño siguen obstruyendo nuestro camino hacia la

Europa económica: política agrícola, pesca, reordenación industrial. Moran

adelantó una fecha para la adhesión (segundo semestre de 1984) y cuenta con el

apoyo de la RFA para potenciarla en los próximos meses. Pero las cosas siguen

estando como estaban hace un año. Con el agravamiento del problema pesquero.

• GIBRALTAR. La apertura incondicional y peatonal de la verja «por razones

humanitarias» (en realidad estaba abierta por estas razones desde julio pasado)

constituye un gesto polémico y, probablemente, inevitable, que según algunos

facilitará las negociaciones con los ingleses: el canciller Pym prometió

reunirse con Moran esta primavera para dialogar sobre el contencioso (en el

Palacio de Santa Cruz prefieren decir «negociar», pero en Londres no son

demasiado propicios a esta fórmula). Está por ver si hay posibilidad de

negociación aunque haya encuentro con una apertura parcial que Jossua Hassan

acaba de denunciar y con las elecciones británicas en puertas. La Declaración de

Lisboa, que el actual Gobierno heredó, sigue siendo interpretada de forma

contradictoria en Madrid y en Londres.

• FRANCIA. La reunión ministerial de Saint Cloud (París) «relanzó globalmente»

las relaciones con el vecino del Norte. La realidad posterior ha demostrado, sin

embargo, que tal relanzamiento tenía bastante de ilusorio. Los «pactos de

familia» con el Gobierno francés han sido contestados —y no sólo por la

oposición, también en el seno del propio Gobierno— en aspectos concretos:

cooperación en el Magreb e Iberoamérica, política mediterránea, lucha contra el

terrorismo, Mercado Común, etcétera. Las matizaciones posteriores del propio

Moran no han servido, sin embargo, para templar los ánimos ni para borrar la

imagen, probablemente falsa, de sumisión a tos proyectos exteriores galos.

• ESTADOS UNIDOS. La firma del protocolo adicional -al Convenio de Amistad y

Cooperación con Estados Unidos parece haber reducido las tensiones con nuestro

principal aliado, pese al carácter simbólico e inocuo del protocolo en cuestión.

Obviamente Estados Unidos contempla con inquietud el lento despegue español de

la OTAN. La prevista visita de Felipe González a Washington en junio podría

disipar los malos entendidos, aunque existe por parte americana una confesada

intención de obviar conflictos con el Gobierno de los «jóvenes nacionalistas» de

Madrid.

• MARRUECOS El viaje del ministro de Asuntos Exteriores español a Rabal en

diciembre sirvió para curar recelos y despertar proyectos. El jarro de agua fría

vendría posteriormente cuando la Unión de Parlamentarios Árabes, reunida en

Rabal, apoyó la reivindicación de Ceuta y Mejilla. El tono pasional de los

medios de comunicación españoles y marroquíes, así como la respuesta moderada de

los Gobiernos, puso de manifiesto la voluntad bilateral de no provocar

conflictos inútiles al tiempo que la fragilidad de unas relaciones siempre

difíciles. Posteriormente, la visita de una Delegación económica española

compuesta por dos ministros, se saldó sin resultados. La visita oficial del

presidente González podría ayudar a que se superase la situación actual. Pero

previamente serían precisos ciertos acuerdos de principio en un tema incómodo y

agobiante: la pesca. La reconciliación argelino-marroquí obligará al Gobierno a

replantearse con seriedad su proyecto de «equilibrio inestable» en la región e

impondrá una política de realidad y no de palabras. Hasta ahora han sobrado

gestos y han faltado proyectos de cooperación y entendimiento. La anunciada

Conferencia del Mediterráneo, propuesta por Mitterrand, es ahora una patata

caliente en manos del Gobierno español.

• IBEROAMÉRICA. La pródiga retórica segregada por los líderes socialistas

españoles, antes y después de la victoria electoral, no ha podido disimular la

flaqueza de las iniciativas puestas en circulación hasta ahora. No ha habido una

política para Iberoamérica en los cien días. Hubo, sí, gestos humanitarios a

favor de los desaparecidos, y reuniones de inspiración dudosa, que pretendieron

sustituirla.

El remozamiento de las relaciones con la Unión Soviética, el nuevo talante

neutralista en la Conferencia de Madrid, nuestra nula presencia en África negra,

la inexistente política hacia China y Extremo Oriente, la perpetuación del

cáncer guineano, la polémica participación en la Conferencia de Países No

Alineados, la disfuncionalidad orgánica en los varios centros de decisión, son

temas que merecerían, también comentario y análisis.

Asunto de importancia y significación ha sido .y será la ,«gran movida

diplomática» prevista para el mes de junio y que se concretará en el

nombramiento de 50 nuevos embajadores (algunos de ellos «políticos») y la

consiguiente destitución de otros tantos. Y resulta difícil en la mayoría de los

casos detectar las motivaciones, aunque el ministro del ramo haya ofrecido

ciertas claves, ejemplificando el caso de Washington: «En los nombramientos lo

primero que me he propuesto —declaraba Moran a la revista "Mayo"— es eliminar de

los puestos de confianza a aquellas personas que, aun siendo buenos

funcionarios, no están psicológicamente muy adaptados al cambio. El caso de Nuño

Aguirre de Cárcer, ex embajador en Washington, es un ejemplo en este sentido. El

es un gran profesional, pero en los últimos años ha sido un militante de la

integración de España en la organización militar de la OTAN. Mantenerle en

Washington podía hasta crear a los norteamericanos la sensación de que nada

había cambiado. Por eso se ha enviado a los Estados Unidos a otro alto

funcionario que, aunque ha negociado el tratado con ese país, es un

nacionalista.»

Alberto MIGUEZ

 

< Volver