Autor: Fernández Armesto, Felipe (AUGUSTO ASSÍA). 
 Carta abierta. 
 La reproducción de las contradicciones     
 
 Ya.    15/03/1983.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Caria abierta.

La reproducción de las contradicciones.

Querido director.

Yo no tengo, en mi fuero interno, la más remota duda de que los socialistas

están sinceramente preocupados por instalar en España un sistema de libertad y

darle al país un tinte europeo que le aproxime a los otros países en los que el

Partido Socialista se ha convertido en la otra rueda de turno con los

conservadores. De esto no me queda la menor duda. Lo que, a medida que veo so

acelerada actuación, me está intranquilizando cada vez más es el recuerdo de sus

antiguos compañeros que, entre las dos guerras, fueron conducidos a

contradicciones, las cuales acabaron con los propios partidos socialistas en

Rusia, en Alemania, en Austria, en Italia y aquí mismo, en España. No es sólo

que, en la política internacional, por ejemplo, hayamos caído exactamente en los

mismos errores que cayo, durante los años de la década del veinte, el Partido

Socialista alemán de entonces o el inglés de la catástrofe del año 24, el

italiano que provocó el fascismo, el austríaco que acabo siendo desalojado a

cañonazos de la hermosa y ejemplar «ciudad obrera» levantada por el municipio

socialista en Viena. Es más que eso.

A mí, que viví parte de aquellos períodos socialistas europeos y las

consecuencias de otros, lo que, con aire de razonabilidad, estamos naciendo aquí

me parece que es la reproducción de las contradicciones, entre un ideologismo

rígido, con lo que todo era justificado; un reglamentarismo ingenuo, del que se

asumía que era el «ábrete sésamo» social, y un amor irreflexivo por la libertad

utópica, que hicieron imposible la gobernación de Europa entre las dos guerras.

Ignoramos el socialismo de después de la última guerra, que, convertido a la

socialdemocracia, ha sido un éxito en Alemania, en Inglaterra, en Austria, por

doquiera, sin excluir ni siquiera Francia, y que podía convertirse en un éxito

aquí, ahora, para imitar el socialismo fracasado de entre las dos guerras que

llevó al comunismo y al fascismo.

Para cualquiera que sepa algo de Europa y se haya tomado el trabajo de estudiar

la evolución y la experiencia socialista durante los últimos sesenta años, ¿cómo

es posible, señor director, que a estas alturas salgan nuestros socialistas con

un proyecto tan absurdo, anacrónico y desacreditado como el que pretende someter

a unidad las discrepancias, dentro del Partido Socialista Obrero Español, a base

de reglamentarlas?

Por un lado, nuestros socialistas proclaman la libertad del señor Castellano, y

por otro declaran nada menos que lo siguiente, que copio del periódico «El

País»: «No podrán (el señor Castellano y los demás compañeros del grupo

crítico), no podrán criticar en los medios de comunicación externos al partido,

ni las resoluciones de los congresos nacionales, ni la labor del Gobierno, ni

los acuerdos de la comisión ejecutiva o de los comités regionales.»

¿Se da usted cuenta la confusión de que hay que ser víctima cuando puede creerse

que ese acuerdo, alcanzado en la conferencia socialista, entre la tendencia

oficial y la crítica, es una forma de convivencia libre en vez de una aplicación

mecánica del reglamentarismo estéril en que se hundió el socialismo marxista? Yo

le recordaba a usted el otro dáa al zar Alejandro II, cuando dijo que en Rusia

todo el mundo era libre de decir lo que se le antojara, «con la sola condición

de que lo que se le antojara» coincidiera con la opinión del propio Alejandro

II.

El zar creía de buena fe, probablemente, que esto era libertad.

¿Es ,1a del zar la libertad que don Alfonso Guerra le ha concedido, para

suprimir las discrepancias, a sus compañeros los señores Gómez Llórente y

Castellano? Lo más grave de todo es que esto está teniendo lugar cuando lo que,

en la conferencia de los últimos días, el PSOE llama «corrientes organizadas»,

aunque existieron y fueron reconocidas en los partidos socialistas europeos de

entre las dos guerras, no han tenido cabida en ninguno de los partidos europeos

después de la ultima, con excepción del inglés.

Lo de Wehner, en Alemania, fue una tendencia, pero no fue «organizada». El grupo

llamado Tribune, por el nombre de la revista que es su órgano, es el único

«organizado» que ha habido (en Inglaterra) desde los «independentistas» de los

años veinte (pues Bevan no tuvo tampoco nunca «organización»), y es,

precisamente, al que se debe (conjuntamente con la demoledora labor izquierdista

de Wedgwood Benn) la descomposición en que ha entrado, ahora, el laborismo

inglés, el cual está en peligro de verse desbaratado.

Meter en la jaula y domesticar a sus críticos no digo yo que este mal. Lo que no

está bien es hacerlo tan mal, con procedimientos ya periclitados y que hacen

mofa de la libertad.

¿Qué es, señor director, una libertad que comienza por impedir que se ponga en

tela de juicio nada de lo que haga y haya decidido el partido? De esa misma

libertad que nuestros socialistas le conceden a sus críticos también gozan,

además de los subditos de Alejandro II, los fascistas, los comunistas, los

devotos del «advenimiento del séptimo día» y los ciclistas. ¿Es que el general

Franco le impedía a nadie la libertad con tal de que no criticasen las «leyes

fundamentales» o el Movimiento? A fe mía que yo no veo cuál es la libertad que

el Partido Socialista le va a conceder, después de hoy, al recto espíritu, la

seria ideología y los firmes propósitos marxistas del profesor Gómez Llórente

que no le concediera ya el general Franco.

Lo que pasa es que para tener libertad dentro de un partido, el partido en que

uno tiene que estar es conservador. Nadie le pidió nunca a Churchill, entre el

año 29, cuando los conservadores perdieron las elecciones, y el año 39, cuando

Hitler desencadenó la guerra, ninguna clase de responsabilidades por los

discursos que Churchill pronunciaba por el mundo entero contra la política

internacional de Baldwin, primero, y después, de Chamberlain. O por los

artículos con que avisaba en los periódicos de todo el mundo, incluyendo «La

Vanguardia», sobre el doble y común peligro del nazismo y el comunismo. Ahora

mismo, Mr. Heath no ahorra flagelaciones contra la política de Mrs. Thatcher,

tanto internacional como nacional, y no por eso se le ocurre a nadie amenazarle

con echarle del Partido Conservador. El Partido Conservador inglés es el único

europeo donde (ahí sí) hay «tendencias organizadas». Basta con mencionar el Club

21 y el Monday Club, compuestos los dos por parlamentarios, a los que si alguien

decidiera, en cualquier asamblea o conferencia, lo que pueden criticar y lo que

no pueden criticar, la risotada se oiría en la calle de Ferraz.

A mi modo de ver, señor director, y le agradezco que usted me lo permita decir,

lo que está pasando aquí, y lo que la conferencia socialista de estos últimos

días pone una vez más de manifiesto, es que, habiéndole añadido a nuestra

idiosincrasia, así como a nuestra intolerancia, la mezcla del amor por la

libertad, que late siempre, aunque pocas veces se impone, en el corazón de los

españoles y, todos esos elementos, el reglamentarismo y el perfeccionismo que

los socialistas arrastran de la época de la preponderancia marxista, aquí

corremos el peligro, cada vez más vehemente, de armarnos el lío como el que se

armaron los italianos (Mussolini era un socialista), los ingleses poco después,

los alemanes, los austríacos o el que nos armamos nosotros aquí (no se olvide

tampoco que también el señor Carrillo era un socialista e hijo de un socialista,

nobilísimo, por cierto). Lo que los socialistas hicieron respecto a su sector

crítico es una mofa de la libertad, y la libertad, tan generosa en otros

aspectos, no suele ser excesivamente comprensiva para los que de ella se mofan.

Augusto ASSIA

 

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