La paz vuelve a estar amenazada con aterradoras destrucciones     
 
 Ya.    15/12/1976.  Página: 22. Páginas: 1. Párrafos: 32. 

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INFORMACIÓN RELIGIOSA

15-XII-76

La paz vuelve a estar amenazada con aterradoras destrucciones

"La vida y la paz brotan de la naturaleza misma de las cosas, pero aún no brota

ni de la lógica del pensamiento ni de la conducta de los hombres" • "Denunciamos

el falso y peligroso programa de la carrera de armamentos y la secreta

competición por la superioridad bélica entre los pueblos" 9 "Loor al esfuerzo

para eliminar esta absurda guerra fría"

"Todo delito contra la vida es un atentado contra la paz" O "La paz Inferior no

es posible por vía de sofismas egoístas" "Donde reina la violencia, desaparece

la verdadera paz" "Es necesaria la ayuda de Dios para superar los .conflictos

humanos" • "El discípulo de Cristo puede descubrir el mensaje trascendente de la

paz"

Mensa/e de Su Santidad Pablo VI para la celebración de la Jornada de la Paz del

primero de enero de 1977 Pallo VI se ha adelantado este año en la publicación

del mensaje de la Jornada de la Paz, prevista en toda la Iglesia para, el día 1

de enero de 1977. Se conmemora ahora el décimo aniversario de esta fiesta

religiosa. La jornada de 1977 tiene por lema "Si quieres la paz, defiende la

vida". El texto íntegro de este impártante discurso -es el siguiente:

"¡Hombres ilustres y responsables!

¡Hombres innumerables y desconocidos!

¡Hombres amigos! Una vez más, décima vez, nos dirigimos a vosotros, estamos con

vosotros. En el alba del nuevo año 1977 estamos a vuestra puerta y llamamos

(cfr. Apoc. 3, 20). Abridnos, por favor. Somos el Peregrino de costumbre, que

recorre los • senderos del mundo, sin canearse jamás ni perder el camino. Hemos

sido enviado para traeros el anuncio de siempre; somos el profeta- de la paz.

Sí; paz, paz, vamos gritando, como mensajero de una idea fija, de una idea

antigua, pero siempre nueva por la necesidad presente que la reclama como un

descubrimiento, como un deber, como una dicha. La idea de la paz parece un dato

adquirido, como expresión equivalente y perfectiva de la civilización. No hay

Civilización sin paz. Pero, en realidad, la paz nunca es completa ni segura.

Habéis observado cómo hasta los logros del progreso pueden convertirse en causa

de conflictos, y de qué proporción. No Juzguéis superfluo, y por ello aburrido,

nuestro mensaje anual en favor de la paz.

Sola y victoriosa

En el cuadrante de la psicología de la humanidad, la paz ha marcado, después de

la última guerra mundial, una hora de fortuna. Sobre las inmensas ruinas,

distintas, ai, en los diversos países, pero universales, finalmente se ha visto

dominar, sola, victoriosa, la paz. E Inmediatamente las obras, las instituciones

propias de la paz han brotado como vegetación de primavera; muchas de ellas

perduran y florecen sin cesar; son las conquistas del mundo nuevo; y. el mundo

hace bien de estar orgulloso y querer conservar la eficiencia y el desarrollo de

las mismas ; son. las obras y las instituciones que marcan un nuevo peldaño en

el progreso de la humanidad. Escuchemos ahora por uri instante una voz

autorizada, paterna y profética, la de nuestro venerable predecesor el Papa Juan

XXIII:

• "La convivencia humana, venerables hermanos y amados hijos, es y tiene que ser

considerada, sobre todo, como una realidad espiritual: como comunicación de

conocimientos en la luz de la verdad, como ejercicio de derechos y cumplimiento

de obligaciones, como impulso y reclamo hacia el bien moral, como noble disfrute

en común de la belleza en todas sus legítimas expresiones, como permanente

disposición a comúnicarlos unos, a los otros lo mejor de sí mismos, como anhelo

de una mutua» y siempre más rica asimilación de valores eslirituales. Valores en

los que encuentren su perenne vivificación y su orientación de fondo las

manifestaciones culturales, el mundo de la economía, las instituciones sociales,

los movimientos y las teorías políticas, los ordenamientos jurídicos y todos los

demás elementos exteriores en los que se articula y se expresa la convivencia en

su incesante desenvolvimiento" (encíclica "Pacem

. in terris;, 11 abril´1963; "Acta apostolicae Sedis", 55, 1963, página 266).

Nuevas amenazas

Pero esta fase terapéutica de la paz cede el paso a nuevas contestaciones, bien

como residuo de renovadas contiendas, sólo provisionalmente apagadas, bien como

fenómenos históricos nuevos que nacen de las estructuras sociales en continua

evolución. La paz vuelve a estar amenazada, primeramente los sentimientos de los

hombres, después en contestaciones parciales y locales, más tarde en" espantosos

programas de armamento, que calculan en frío el potencial de aterradoras

destrucciones, superiores incluso a nuestra misma capacidad de traducirlas en

medidas concretas. Surgen por todas partes tentativas, dignas de grandísimo

elogio, para conjurar semejantes´ conflagraciones. De todo corazón deseamos que

prevalezcan. sobre los inconmensurables peligros a los que dichas tentativas

tratan de poner un remedio preventivo.

Esto no basta

¡Hombres, hermanos! Esto no •basta." El concepto de la- paz, como ideal que

dirige la actividad efectiva de la sociedad humana, parece sucumbir ante la

fatal fuerza superior de la incapacidad del mundo a gobernarse en la paz y con

la paz. La paz no es un hecho autógeno, aunque hacia él tienden los impulsos

profundos de la naturaleza humana; la paz es el orden, y al orden aspiran todas

las cosas, todos los hechos, como a un destino preconstituido, como a una razón

de ser preconcebida, pero que se realiza en concomitancia y en colaboración con

multitudes de factores. Por eso la paz es un vértice que supone una interior y

compleja estructura de soporte; es «orno un cuerpo flexible que debe ser

sostenido por un esqueleto robusto. Es una construcción que debe su estabilidad

y su excelencia al esfuerzo sostenedor de causas y condiciones, que a veces le

faltan, y aun cuando las tiene, no siempre cumplen la función que les ha sido

asignada para qué la pirámide de la paz sea estable, tanto en su base como en su

cúspide.

Frente a este análisis de la paz, que confirma su excelencia, su necesidad y

que, ai mismo tiempo, revela «u Inestabilidad y fragilidad. Nos reafirmamos

nuestra convicción: la paz es un deber; la paz es posible. Este es nuestro

mensaje repetido, que hace suyo el Ideal de la civilización, que se- hace eco de

las aspiraciones de los pueblos, Conforta la esperanza de los hombre* humilde* y

débiles y ennoblece con la justicia la seguridad de los fuertes. Es el mensaje

del optimismo, es el presagio del porvenir. La paz no es un sueño, no es una

utopía, no es una ilusión. No es tampoco la fatiga de Sisifo: no, la paz puede

ser prolongada y fortalecida; puede escribir las más bellas páginas de la

historia no sólo con los fastos del poder y la gloría, sino mucho más aún con

los mejores fastos de la virtud humana, de la bondad popular, de la prosperidad

colectiva, de la verdadera civilización: la civilización del amor.

Es un deber

¿Es verdaderamente posible? Si, lo es, lo debe ser. Pero seamos sinceros: la

paz, repetimos, es un deber, es posible, pero no sin el concurso de muchas y no

fáciles condiciones. E] discurso sobre las condiciones de la paz—nos damos bien

cuenta de ello—es muy difícil y largo. No nos atrevemos a afrontarlo ahora.

Lo dejamos a log expertos. Pero Nog no queremos callar un aspecto que es sin

duda primordial. Nos basta por el momento recordarlo y recomendarlo a la

reflexión de Jos hombres buenos e inteligentes. Se trata de lo siguiente: la

relación de la paz con la concepción que el mundo tiene de la vida humana.

Paz y vida: son bienes supremos en el orden civil, y son bienes correlativos.

¿Queremos la paz?´ ¡Defendamos •la vida!

Este binomio "paz y vida" puede parecer casi una tautología, un "slogan"

retórico; pero no lo es.

Representa una conquista, por la que fie ha combatido sin cesar a lo largo, del

camino del progreso humano; un camino que no ha llegado todavía a eu meta final.

¡Cuántas veces, en la dramática historia de la humanidad, el binomio "paz y

vida" encierra no un abrazo fraterno, sino una lucha feroz de los dos términos!

La paz se busca y se conquista con la muerte y no con la vida; y la vida se

afirma no con la paz, sino con la lucha, como un triste destino necesario para

la propia defensa.

Poz y vida

El parentesco entre la paz. y la vida parece brotar de la naturaleza misma de

las cosas; pero no siemprej ni brota • todavía de la lógica del pensamiento y dé

la conducta Üe los hombres. Y • esta es, si queremos comprender, la dinámica del

progreso humano, la paradoja y la novedad que Nos debemos afirmar para el año de

gracia de 1977 y para siempre. Pero no es fácil, no es sencillo lograrlo porque

demasiadas objeciones, formidables objeciones custodiadas en el inmenso arsenal

de las pseudo-convicciones, de los prejuicios empíricos y utilitarios, de las

llamadas razones de Estado o de las costumbres históricas y

tradicionales oponen, aun hoy día, obstáculos que parecen insuperables. Con esta

trágica conclusión: si paz y vida pueden ilógica pero prácticamente separarse,

se perfila en el horizonte del futuro una catástrofe que, en nuestros días,

podría resultar inconmensurable e irremediable, tanto para la paz como para la

vida.

Hiroshima es un documento terriblemente elocuente y un paradigma espantosamente

profético a este respecto Si, por una fatal hipótesis, la paz se concibiera como

disociada del connatural respeto a la vida, podría imponerse como un triste

triunfo de la muerte; vienen a la mente las palabras de Cornelio Tácito:

"...ubi solitudiném faciunt, pacem appellant" ´("Vida de Agrícola", 30). Y

recíprocamente: ¿se puede exaltar con egoísta y casi idolátrica preferencia la

vida privilegiada de algunos a costa de la opresión o de la supresión de los

otros? ¿Es esto paz?

LA CLAVE DE LA VERDAD

Para encontrar la clave de la veruad en este conflicto que de teórico y moral se

convierte en trágicamente real, que profana y tiñe de sangre aún hoy día tantas

páginas de la convivencia humana, hay que reconocer sin duda el primado de la

vida, como valor y condición de la paz. Esta es la fórmula: "Si quieres la paz,

detiende la vida." La vida es el vértice de la paz. Si la lógica de nuestro

actuar parte de la sacralidad de_^ la vida, la guerra, como medio normal ,y

habitual para la afirmación del derecho y, por tanto, de la paz, queda

virtualmenie descalüicada. La paz no es sino la superioridad incontestable del

derecno y, en definitiva, la feliz celebración de la vida.

Aquí podríamos seguir citando ejemplos indefinidamente, lo mismo que no tiene

fin la casuística de las aventuras, o por mejor decirlo, de las desaventuras, en

que la vida está puesta en juego de cara a la paz.

Nos hacemos nuestra la clasuicación que, en tal sentido, ha sido presentada

teniendo en cuenta "tres imperativos, esenciales". Para lograr la paz´auténtica

y feliz es necesario, según estos imperativos: "defender la vida, cuidar la

vida, promover la vida".

La política de loa grandes armamentos entra inmediatamente en cuestión. La vieja

sentencia que ha hecho y hace escuela en política: "si vis pacem, para bellum"

no se puede admitir sin radicales reservas (cfr. Lúe. 14, 31). Con la sincera

audacia de nuestros principios, denunciamos así el falso y peligroso programa de

la "carrera de los armamentos", de la secreta competición por la superioridad

bélica entre los pueblos. Aunque, por una sobreviviente y feliz cordura, o por

tácito pero de hecho tremendo "brazo de hierro" en el equilibrio de las

mortíferas fuerzas contrarias, no estalla la guerra (¡qué guerra sería!), sin

embargo, cómo~ no lamentar el derroche de medios económicos y de energías

humanas para conservar a cada Estado su coraza de armas cada vez-más costosas,

cada vez más eficientes, en perjuicio de los balances escolares, culturales,

agrícolas, sanitarios, civiles: la paz y la vida soportan pesos enormes e

incalculables para mantener una paz fundada sobre la perpetua amenaza a la vida,

como también para defender la vida mediante una constante amenaza a la paz.

Fórmula falaz

Se dirá: es inevitable. Puede serlo en una concepción tan imperfecta aún de la

civilización. Pero reconozcamos, al menos, que este desafío constitucional que

la carrera de los armamentos establece entre la vida y la paz es una fórmula,

falaz en sí misma y que, por tanto, ha de ser corregida, superada. Loor, pues,

al esfuerzo ya iniciado para reducir y, al fin, para eliminar esta absurda

guerra fría, resultado del progresivo aumento del respectivo potencial bélico de

las naciones, como si éstas tuviesen que ser, sin tregua, enemigas entre sí, y

como si fuesen incapaces de darse cuenta de que tal concepción de las relaciones

internacionales tendrían un día como resultado la ruina del país y de

¡numerables vidas humanas.

Pero no es sólo la guerra la que mata la paz. Todo delito contra la vida es un

atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la conducta del pueblo,

tal como está ocurriendo frecuentemente hoy, con horrible, y a veces legal,

facilidad, con la supresión de la vida naciente, con el aborto. Se suelen

invocar en favor del aborto las razones siguientes: el aborto mira a frenar el

aumento molesto de la población, a eliminar seres Condenados a la malformación,

al deshonor social, a la miseria proletaria, etc.; da la impresión de

beneficiar, más bien que perjudicar, a la paz. Pero no es así. La supresión de

una vida naciente o ya dada a luz viola, ante todo, el principio moral

sacrosanto, al que debe hacer siempre referencia la concepción de la existencia

humana: la vida humana es sagrada desde el primer momento de su concepción y

hasta el último instante de su supervivencia natural en el. tiempo. Es sagrada.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que queda excluida de cualquier arbitrario

poder supresivo, que es intocable, digna de todo respeto, de todo cuidado, de

cualquier debido sacrificio. Para quien cree en Dios es espontáneo, es debido

por ley religiosa trascendente; e incluso, para quien no tiene esta suerte de

admitir la mano de Dios protectora y desagraviadora de todo ser humano, es, y

debe ser, intuitivo, en virtud de la dignidad humana, este sentido de los sacro,

es decir, de lo intocable, de lo inviolable, propio de una existencia humana

viva. Lo saben, lo sienten aquellos que han tenido la desventura, la culpa

implacable, el remordimiento siempre renaciente de haber suprimido

voluntariamente una vida; la voz de la sangre inocente grita en el corazón de la

persona homicida con desgarradora insistencia; la paz interior no es posible por

vía de sofismas egoístas. Y si lo es, un atentado contra la paz, es decir,

contra el sistema protector general del orden, de la humana y segura

convivencia, en una palabra, contra la paz, ha sido perpetrado, yida individual

y paz general están siempre unidas por un inquebrantable parentesco. Si queremos

que el orden social creciente se asiente- sobre principios intocables, no lo

ofendamos en el corazón de su esencial sistema: el respeto a la vida humana.

También en este sentido, paz y vida son solidarias en la base del orden y de la

civilización.

Numerosas ofensas

El discurso puede prolongarse sometiendo a examen las numerosas formas en que la

ofensa a la vida parece convertirse en costumbre, las maneras de delincuencia

colectiva, para asegurarse la complicidad del silencio o la de enteros sectores

de ciudadanos, para hacer de la venganza privada un vil deber colectivo, del

terrorismo un fenómeno de legítima afirmación política o social, de la tortura

policial un método eficaz de la fuerza pública que no mira ya a restablecer el

orden, sino a imponer vina innoble represión. Es imposible que la paz

florezca,donde la Incolumidad de la vida se halla comprometida hasta este

extremo. Donde reina la violencia, desaparece la verdadera paz. Por el

contrario, donde los derechos del hombre son profesados realmente y reconocidos

y defendidos públicamente, la paz se convierte en la atmósfera alegre .y

operante de la convivencia social.

Documentos de nuestro progreso civil son los textos de los compromisos

internacionales en favor de la tutela de los derechos humanos, de la defensa del

niño, de la salvaguardia dé las libertades ~fundamentales del hombre. Son la

epopeya de la paz, en cuanto son un escudo que defiende la vida. ¿Son

completos?" ¿Son observados? Todos nosotros nos damos cuenta de que la

civilización se manifiesta en tales declaraciones y que encuentra en ellas el

aval de la propia realidad, plena y .gloriosa, si esas declaraciones pasan a las

conciencias y a las costumbres; realidad escarnecida y violada si quedan en

letra muerta.

Es necesaria la fe

¡Hombres, hombres de la madurez del siglo XX! Vosotros habéis firmado las cartas

gloriosas de vuestra plenitud humana ya conseguida, si tales cartas son

verdaderas; habéis sellado vuestra condena moral ante la historia, si ellas son

documentos -úe veleidades retóricas o de hipocresía jurídica. El metro está ahí:

en la ecuación entre paz verdadera y dignidad de la vida.

Acoged nuestra imploración suplicante: que tal ecuación se lleve a efecto y que

sobre ella se eleve una nueva cúspide en el horizonte de nuestra civilización de

la vida y de la paz: la civilización, decimos una vez más, del amor.

¿Queda dicho todo?

No, falta por resolver una cuestión: ¿cómo realizar este programa de

civilización? ¿Cómo hermanar de veras la vida y la paz?

Respondemos en términos que pueden parecer inaccesibles a cuantos encierran el

horizonte de la realidad en la sola visión natural. Hay que recurrir a ese mundo

religioso que Nos llamamos "sobrenatural". Es necesaria la fe para descubrir ese

sistema de eficiencias que intervienen en el conjunto de las vicisitudes

humanas, en las que se injerta la obra trascendente de Dios y que las habilita

para efectos superiores, imposibles humanamente hablando. Hace falta la

religión, la viva y verdadera, para hacerlos posibles. Hace falta la ayuda del

"Dios de la paz" (Fil. 4,9).

La palabra de Cristo

Dichosos .nosotros si conocemos esto y lo creemos, y dichosos si, de acuerdo con

esta fe, sabemos descubrir y poner en práctica la relación existen entre la vida

y la paz.

Porque existe una excepción capital al razonamiento expuesto más arriba, el cual

antepone la vida a la paz y hace depender la paz de la inviolabilidad de la

vida: es la excepción que se verifica en aquellos casos en que entra en juego un

bien superior a la misma vida. Se trata de un bien cuyo valor desborda el valor

de la vida misma, como la verdad, la justicia, la libertad civil, el amor al

prójimo, la fe... Entonces interviene la palabra de Cristo: "Quien ama la propia

vida (más que estos bienes superiores), la perderá" (cfr. Jn. 12, 25). Esto

demuestra que así como la paz debe ser considerada en orden a la vida y que así

como el ordenado bienestar asegurado a la yida debe desembocar en la paz misma,

la armonía que hace ordenada y feliz, interior y socialmente1 a la existencia

humana, así también esta existencia humana, esto es, la vida, no puede ni debe

sustraerse a las finalidades superiores que le confieren su primordial razón de

ser:

¿Para qué se vive? ¿Qué es lo "que da a la vida además de la ordenada

tranquilidad de la paz su propia dignidad, su plenitud espiritual, su grandeza

moral y también su finalidad religiosa? ¿Se habrá perdido quizá la paz, la

verda.dera paz, cuando en el área de la vida se haya dado carta de ciudadanía al

amor en su más alta expresión que es el sacrificio? Y si el sacrificio entra

verdaderamente en un designio de redención y de título meritorio para una

existencia que trasciende las formas y las medidas temporales, ¿no recuperará

esta existencia, a nivel superior y eterno, la paz, su verdadera y centuplicada

paz de la vida eterna? (cfr. Mat. 19,29). El que es discípulo dé la escuela de

Cristo puede comprender este lenguaje trascendente (cfr. Mat. 19, 11) ¿Y por qué

no podríamos ser nosotros esos alumnos? Cristo "es nuestra paz" (cfr. Ef. 2,

11).

Así lo descamo de corazón a todos aquellos a quienes, con nuestra bendición,

llega este mensaje nuestro de paz y de vida.

Vaticano, 8 de diciembre de 1976. Paulas PP. VI

 

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