Homilía de monseñor Guerra Campos en Cuenca. 
 La muerte de Franco despertó en muchos la fe adormecida     
 
 El Alcázar.    30/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 30. 

Homilía de monseñor Guerra Campos en Cuenca

´U M1MTE DE MCO DESPMTO EN MUCHOS LAEE ADORMECIDA"

En la Santa Catedral Basílica de Cuenca se celebró un solemne funeral por el

alma del Generalísimo Franco, al cumplirse el primer aniversario de su

fallecimiento, y en memoria de todos jos españoles que ofrendaron su vida por

España.-

Asistieron, juntamente con el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento,

Don Antonio Casas Ferrer; el Gobernador Militar, Don Luis Modet García;

Presidente y Fiscal de la Audiencia, Diputación Provincial, Ayuntamiento de la

Capital, Consejo Provincial y Local del Movimiento, todos. estos en Corporación,

Representaciones, Entidades y una masiva afluencia de público que con su

presencia en la Catedral testimonió´ sinceramente el pesar, sentimiento y

respeto hacia el Caudillo de España

FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE.

El Obispo de la Diócesis, Monseñor Guerra Campos, que ofició la ceremonia,

auxiliado por el Cabildo Catedralicio, pronunció la siguiente homilía:

"Hace un año Francisco Franco, Caudillo y Jefe del Estado de España rindió su

vida •• ante el Altísimo»

Celebramos el misterio de la muerte junto a Cristo, muerto y resucitado. El es

quien lo ilumina. Por El esta reunión no es un simple recordatorio. Los hermanos

muertos en El siguen presentes en la familia que cree en la victoria del amor y

de la vida «obre la muerte.

Familia que, en este caso, es casi toda España, la cual lloró a Franco como a un

padre. Porque, como dije entonces, el homenaje respetuoso de un pueblo a su

gobernante tenía la misma vibración conmovedora de un duelo familiar. Y en el

medio millón de personas que desfilaron con veneración emocionada ante el cuerpo

insepulto pudimos comprobar (y así lo han reafirmado estudios sociológicos) una

impresionante tonalidad religiosa.

El que podamos reunimos en torno al Señor presente en la Eucaristía es la más

alta razón para no relegar al olvido ni dejar en un pasado, cada vez más remoto,

a los hermanos difuntos. Cristo —el que después de morir vive resucitado— es la

-garantía de que es posible entrar en comunión real con los que han muerto

unidos a El.

Avivemos nuestra fe. Por su parte, la evocación y la misteriosa presencia de

Francisco Franco nos ayuda a levantar nuestro corazón cristiano. Vivió Í murió

como hijo fiel de la Iglesia. Decenios de su vida, y su modo de´ asumir la

enfermedad y la muerte, corroboran las palabras de su mensaje final: "En el

nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la

Iglesia, en cuyo seno voy a morir". (Profesión de fe tan inusitada que debería

hacer felices a todos los creyentes y a los pastores de la Iglesia).

Es notorio que la muerte de Franco´ despertó en muchos la fe adormecida. ´Su

tumba en él Vallé dé los Caídos no sólo es ´visitada con amor, sino ´que es,

para muchos, manantial de fe y esperanza recobradas: allí se vuelven a

Jesucristo, al que habían abandonado durante años, y acuden a los Sacramentos de

la vida inmortal. Manifestación singular de el Espíritu de vida, que la Iglesia

peregrinante ha de registrar en su corazón).

DEDICACIÓN A LA FAMILIA ESPAÑOLA

De la fe por Franco vivida y profesada sabemos que brotaba su dedicación al bien

de la gran familia española. Lo muestra su testamento espiritual, que en su día

fue leído junto a este altar y en las demás iglesias de la Diócesis, «como

homenaje extraordinario a quien hizo posible en España la continuidad de la

predicación y del culto de la santa Iglesia Católica». Aún resuena en nuestros

oídos su mensaje:

espléndida profesión de fe en Cristo y en la Iglesia; finura evangélica, en el

perdón y en el agradecimiento; consejos de gobernante cristiano, invitando a la

unidad, a la vigilancia, a la promoción de la justicia en la comunicación de

bienes económicos y culturales; generosidad, propia de un buen servidor y padre

de la Patria, al transferir el afecto y el apoyo qué • le habían rodeado a aquel

a quien él mismo había designado, con el asentimiento de las Cortes, sucesor

suyo en la Jefatura del Estado a titulo de Rey.

Alumbrados por la fe, caldeados por unas palabras rebosantes de fe, aquí venimos

a orar.

Pedimos por Franco, para que el Señor le conceda su compañía, pues el mismo

Jesús, poco antes de morir lo pidió para sus discípulos: «Padre, quiero que,

donde yo esté, también éstos estén conmigo».

Y, reforzando nuestra súplica, podemos alegar la hermosa proclamación que leemos

en el Apocalipsis: «Dichosos los que mueren en el Señor, porque sus obras los

acompañan».

EN SERVICIO DE DIOS Y DEL PUEBLO

La obra y las obras de Franco, en servicio de Dios y del pueblo, están bien

patentes. Y en cuanto a las convicciones y actitudes que las inspiraron, las

revelaciones de aquellos que convivieron con él muestran una singular y honrosa

coincidencia entre el Franco de las declaraciones públicas y el Franco de las

confidencias.

Confesó a Cristo y a la Iglesia, no sólo por ser la fe católica un hecho social

dentro del pluralismo ideológico, sino por sus valores de verdad, de vida, de

auténtica libertad y esperanza.

Se identificó con la fe de su pueblo. Un pueblo que había padecido el

"despotismo ilustrado" de tantos hombres públicos, empeñados en cambiar una fe

que despreciaban y en conformar la mente y el corazón de los ciudadanos a su

propia imagen y semejanza; -un pueblo tratado como menor de edad o retrasado

mental, aturdiéndolo, éso´ sí, con, ]tdd^ ´suerte´de halagos y > solicitaciones

democráticas.´

Consolidó a España con la ejemplaridad de su vida cotidiana.

Se propuso —como debe ser.

pero como pocas veces se intenta ya que la ley de Dios, proclamada por el

Magisterio de la Iglesia, inspirase las leyes e instituciones públicas. Afirmó,

por tanto, la trascendencia de la´ persona humana por su raíz divina, único modo

de afirmar la verdadera libertad. Ante un Congreso de trabajadores´ en 1945

expuso su programa de un Estado «católico, eminentemente social, constituido,

sobre la. base de cuanto nos une, en el que todos los españoles son iguales ante

la ley y tienen acceso a los puestos del Estado, que por considerar al hombre,

como portador´ de valores eternos, ampara su libertad y la dignifica». La clave

y la síntesis de las intenciones y los esfuerzos de Franco como creador de un

Estado nuevo se formuló una y otra vez con estas palabras: «unir lo nacional con

lo social, pero todo bajo el imperio de lo espiritual, es decir, de la ley de

Dios».

En el gran duelo familiar del Palacio de Oriente han ^destacado los´

observadores el predominio numérico de ´personas • v familias modestas, no

privilegiadas, sólo agradecidas a las realizaciones y a la preocupación de

Franco en favor de todos. Él consiguió con tenacidad librar a los humildes de la

miseria.y de´las coacciones d_el odio o del partidismo estéril. Promovió el

desarrollo de bienes económicos y culturales que —a pesar de desajustes, efecto

de la debilidad humana o de la complejidad de las fuerzas concurrentes-^- son

patrimonio fecundo para todos. Todo el pueblo ha dado un salto adelante. Por

primera vez los trabajadores, antes casi desvalidos o juguete de agitadores y de

promesas electorales, han hallado protección y garantías de sus derechos y una

posibilidad de participación sin ficciones suplantadoras.

Dio a la Iglesia la libertad de continuar la predicación y el culto, que habían

sido interrumpidos sistemáticamente a sangre y fuego por la persecución marxista

o libertaria. Favoreció la1 misión espiritual de la Iglesia, con respeto a su

independencia y aprecio de su fecundidad social. Le facilitó posibilidades de

actuación personal, mayores a veces que su capacidad de aprovecharlas. Abogó

siempre, con benevolencia y paciencia, por la concordia en las relaciones entre

.la Iglesia y el Estado.

INSPIRACIÓN CRISTIANA DE LA EDUCACIÓN

Lo más delicado de la vida social es la inspiración cristiana de la educación:

el reconocimiento práctico del derecho que, según proclama el Concilio Vaticano

II, tienen los niños y los jóvenes no a una ficticia enseñanza neutra sino a ser

estimulados en el aprecio y la asimilación de los. valores morales y én´el

coriqcimie^fq ´y él amor, de Dios. -Permitir, y facilitar la actuación, que´le,

corresponde en esté campo es para la Iglesia la suprema expresión de su

libertad. El Episcopado Español acaba de propugnar y reclamar esos derechos de

los educandos, de los padres y de ella misma, lamentando programas" que ya se

anuncian en contra de los mismos. Pues bien: esos derechos los ha poseído ,y.

los posee todavía la Iglesia por obra de Franco, no .sé si plenamente

agradecidos y aprovechados, pero con una amplitud que no tiene par en el mundo

entero. No parece lícito que. a quien procuró tutelar tales derechos —frenando

las agresiones que padecían— se le mencione como una sombra etí - la libertad,

mientras se halaga a los que se proponen nuevamente agredirlos.

Más bien, hemos de reconocer delante del Señor que el hermano por quien oramos

ha sido en la historia uno de los máximos bienhechores de España y de la

Iglesia. Después de conducir a final feliz la agnustiosa lucha de España por

sobrevivir, fue gran restaurador de las libertades reales del pueblo y de la

Iglesia. Por ello no sería inadecuado resumir su obra en favor de España con un

sólo título: Libertador.

Que estas obras le acompañen y —libre también en su persona de todo mal— goce en

el Señor la libertad de la vida perfecta.

LA BENDICIÓN ESPECIAL DE JUAN XXIII

Estas obras de fe han sido reconocidas por la Iglesia. Desde el principio el

papa Pío XII proclamó . que "la protección legal dispensada a los supremos

intereses religiosos y sociales" era "conforme a las enseñanzas de la Sede

Apostólica ".

En 1972 había de recordar Franco:: "todo cuanto hemos hecho y seguiremos

haciendo en servicio de la Iglesia lo hacemos de acuerdo con lo que nuestra

conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso ni siquiera el

agradecimiento". Ecuánime en la hora de los halagos y en la hora de las

reticencias. Pero ahí están las manifestaciones emitidas acerca de él por Papas,

y Obispos. Por su contenido y persistencia —he escrito hace dos años—

difícilmente se podrían encontrar otras semejantes en relación con ninguna

persona viviente en los últimos siglos.

Vino luego un tiempo de silencios y veladuras en algunos sectores. Cuando él

gobierno de Franco se acercaba a su fin el que os habla —que en treinta años

nunca había hecho declaraciones públicas, ni orales ni escritas, respecto a él,

creyó necesario por justicia recoger el testimonio de sus hermanos mayores´ en

el episcopado, consciente de que la verdad y la justicia están por encima de

cualquier oportunismo o cálculo de futuro.

Varios Prelados revelaron en noviembre de 1975 -este hecho bien atestiguado. .Un

día el Papa Juan XXIII encargó expresamente a un Cardenal de la Curia romana que

en su visita a Franco le trasmitiese una bendición especialísima y le asegurase

la gran estima y cariño que el Papa le tenía, añadiendo que por ciertas

circunstancias "no podía decir públicamente" su sentir. Franco escuchó este

mensaje en posición militar de firme y con lágrimas de emoción. Después de su

muerte unos cincuenta obispos han vuelto a decir públicamente su sentir. Los

Boletines oficiales de las Diócesis españolas contienen un florilegio

extraordinario, que en algún caso alcanza calidad hagiográfica.

La Iglesia no enjuicia una gestión política en lo que tenga de contingente y

opinable. Un hijo de la Iglesia, cuando actúa en el orden político, lo hace bajo

su propia responsabilidad. Pero la Iglesia alaba a quien se inspira en los

principios cristianos, se^ entrega con amor al servició del pueblo", respeta´ y"

favorece su1 propia misión espiritual. Por eso la Iglesia sintió a Franco_ como

muy suyo, al igual que, sin entrar en análisis históricos, sigue teniendo por

muy suyos al rey San Luis de Francia y al Rey San Fernando de España.

VALORES QUE HAY QUE MANTENER

Nuestra oración supone la confianza en que • aquel por quien suplicamos pueda

también ayudarnos en nuestra vida de peregrinos. El, que tantas veces oró ante

el Señor velado en el Santísimo Sacramento, interceda ahora ante el Señor-

descubierto, para que en España se mantengan aquellos valores que, por exigencia

de la condición humana, iluminada por la Revelación cristiana, son imperativos

en todo tiempo, cuales quiera que sean los modos cambiantes en el campo de la.

gestión política. Los resumo en cuatro.

1. Reconocimiento de Dios. Franco pidió en el Congreso Eucarístico

Nacional de Valencia, el año 1972, que España "se mantenga firme en la fe...,

fiel a su tradición católica". Con respeto a la legítima libertad de los

individuos, la sociedad ha de honrar a Dios, y preservar y fomentar un clima

propicio para la fe y la adoración. No me cansaría de repetir el gran deseo de

los obispos españoles sobrevivientes en 1937: "Quiera Dios_ ser en España el

primer bien servido, para que la nación sea verdaderamente bien servida".

2. Reconocimiento de la Ley de Dios en la acción política. Un alto número de

normas y decisiones operativas en la vida pública dependen de la apreciación de

circunstancias y de las preferencias legítimas de los interesados. Importan en

su origen la participación de los ciudadanos. Pero este sólo tiene sentido

humano dentro del acatamiento a valores supremos, implícitos en la Ley de

Dios, fuente y garantía de la dignidad, la vocación y la esperanza del hombre.

Estos valores morales no pueden quedar a merced del oleaje de las opiniones ni

de posturas agnósticas o escépticas. La autoridad y todos los que tienen

responsabilidad social han de tener la gallardía de profesarlos y

tutelarlos y promoverlos en el orden educativo. Si no, el que gobierna se

priva de su radical legitimidad, que viene de Dios; y la vida social se rebaja a

ser un bullir anormal de fuerzas, donde pierde sentido y deja de ser sincera la

apelación a palabras tan solemnes como persona, dignidad, derechos

inalienables. Es . la aceptación de la primacía del deber, como reflejo de_

una vocación y una misión intransferibles, lo que da grandeza moral y libertad

al hombre.

3. Sentido espiritual de la Patria. La nación es más que un agregado de

individuos que conciertan según el propio arbitrio sus relaciones. Es una

comunidad organizada, que ha recibido un patrimonio; que ha de conformar y

respetar un ambiente moral —« como de-familia dilatada» — donde los ciudadanos

puedan lograr su desarrollo armónico; ejerce una «paternidad» ,

inseparable de una tradición viva y creadora, que las generaciones sucesivas

nutren y se transmiten. Es Patria. Que no falte a las nuevas generaciones esta

herencia. Que se respete la prioridad de las exigencias de la moral familiar y

la educación cristiana de la juventud.

4. Vigilancia. Como este tesoro está expuesto a los negadores y los

salteadores, y no menos a la desidia imprevisora de sus custodios, bueno es

que resuene una palabra del mensaje postumo de nuestro hermano Francisco

Franco; palabra valiente, llena de realismo y sinceridad, al advertir lo que

todo el mundo sabe, pero que a veces se disimula en ciertas manifestaciones

(para tener que reconocerlo después patéticamente en otras): "Los enemigos de

España y de .la civilización cristiana están olerta. Velad también vosotros".

El Señor nos lo dice éñ su Evangelio: "Velady orad".

Que Francisco Franco y todos los que han muerto en las manos del Padre al

servicio de España vivan felices en la Paz de Cristo".

 

< Volver