Según el cardenal Enrique y Tarancón. 
 La Iglesia no apoya la existencia de la Democracia Cristiana en España     
 
 Informaciones.    27/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

SEGÚN EL CARDENAL ENRIQUE Y TARANCON

La Iglesia no apoya la existencia de la Democracia Cristiana en España

MADRID, 27 {INFORMACIONES).

LA jerarquía eclesiástica, por boca del presidente de la Conferencia Episcopal,

cardenal Enrique y Tarancón, no respalda la existencia de una Democracia

Cristiana en España.

En su «.Carta cristianas de esta semana, titulada «¿Partidos políticos

cristianos? dentro de la. serie «Los cristianos y la política, el cardenal

Enrique y Tarancón afirma:

«Existen en Europa partidos políticos que se llaman cristianos. Incluso el

titulo de "Democracia Cristiana" es como una marca registrada que expresa una

ideología y una postura políticas reconocidas fácilmente por todos. En España

existen también varios grupos que asumen para si ese título y esa denominación.

No tengo inconveniente en admitir que en la iniciación de ese movimiento, y en

su consolidación, han Intervenido la jerarquía eclesiastica, al menos con su

aprobación. Y que, quizá por ello, siguen pensando algunos cristianos que es

este "el camino que señala la Iglesia" para la participación de los católicos en

la política.

Comprendo perfectamente las razones que movieron a los católicos y aun a los

obispos, en aquellas circunstancias concretas, a promocional partidos políticos

confesionales. Como me explico —y Justificó plenamente— que en siglos anteriores

se presentase como ideal el "Estado confesional", como lo ha sido casi siempre

el nuestro, para mantener • y defender la unidad católica de España.

Pero en cuestiones prudenciales, que no lleven consigo afirmaciones dogmáticas —

como son las actuaciones en el campo político—, no se puede presentar nunca como

principio inalterable cualquier realidad histórica, aunque haya sido promovida y

defendida por la jerarquía. Lo que puede ser licito y hasta conveniente, quizá

necesario, en un momento histórico, teniendo en cuenta la mentalidad y la

psicología de los hombres y el clima socio-religioso de una nación o de un

continente, puede no ser conveniente en otra época histórica, en otro clima

social, o en una coyuntura especial de un pueblo determinado.

Y lo que yo me pregunto ahora es si en el año 1976, después del Concilio

Vaticano II, y cuando "el género humano se halla hoy en un periodo nuevo de su

historia", y en la situación actual de España —en la que, no lo olvidemos,

vivimos una etapa de transición política desde un Estado confesional— es

conveniente que exista un partido con el apellido de cristiano. Y se lo

preguntan también , muchos creyentes, que agradecerían una palabra clarificadora

de sus obispos.

El Concilio propone un principio claro y terminante: "La comunidad política y la

Iglesia son independientes y autónomas". Lo cual significa que la Iglesia como

tal —el cristianismo— no puede estar ligada a ningún régimen político y menos,

evidentemente, a una tendencia política que ineludiblemente ha de ser germen de

división.

Los españoles, en su inmensa mayoría, son alérgicos actualmente a la

intervención de la Iglesia en el campo político, porque creen que la Iglesia se

ha valido del Poder para defender sus intereses específicos.

Los hombres en general —y los católicos seglares, en particular»— son hoy muy

conscientes de que la iniciativa y la responsabilidad en los problemas

temporales les pertenece a ellos y que pueden j deben actuar en ese campo "con

absoluta libertad", siempre que permanezcan fieles a las exigencias de su fe.

Todo aquello, pues, que pueda ´dar la impresión de que el cristianismo —o la

Iglesia— pretende el poder político, o de que la Iglesia, aunque sea

oficiosamente, actúa en ese campo, sería actualmente un peligro.

Los esfuerzos realizados por la jerarquía española para aclarar esos criterios

resultarían baldíos. .

También dice el Concilio, hablando dé las opciones temporales de los cristianos,

que "a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la

autoridad de la Iglesia", ya que dentro de la fidelidad del Evangelio caben

soluciones distintas —y hasta divergentes— para los problemas temporales. - Y un

partido que se presenta como confesional —cristiano— siempre ofrece el peligro

de que sea considerado como portavoz de la jerarquía o como la expresión genuina

la única— del Evangelio. Lo cual seria sencillamente funesto.

En ´España, además, aun los no practicantes se sienten impulsados por

sentimientos cristianos, casi sin darse cuenta, por fuerza de una tradición

plurisecular, y los practicantes, difícilmente se ponen de acuerdo en las

soluciones políticas. La Iglesia no debe dar la impresión de que se vincula a un

determinado partido ni que ambiciona el Poder para "imponer a todos" sus

postulados evangéligos.»

27 de diciembre de 1976

 

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